Europa pasa por un duro examen de raíces y de mirarse en sí misma en el pasado, presente y futuro. El sur europeo se empobrece y se queda en la vereda de su historia, cuando el norte europeo sigue nomás con su ritmo heredado de desarrollo, progreso y post-industrialización. Pero el escenario apocalíptico es preocupante por los resurgimientos de nacionalismos que se suponía estaban ya superados. Los nacionalismos europeos son intolerantes, extremistas y pueden suceder con ellos todo lo posible e inimaginable. La segunda guerra mundial en parte fue resultado de esos escenarios nacionalistas extremos. La culta y civilizada Europa se lanzó al vacío de la degradación y la destrucción total. Desde entonces sabemos que las pintas y las poses de lo culto y refinado, encubren hipocresías y comportamientos oscuros con aires de civilización y progreso. Pues Europa empieza a quedarse atrás en su desarrollo, frente a otros escenarios como el asiático, latinoamericano o hindú. Sus profundas contradicciones internas no le dejan brotar y seguir siendo el continente de la esperanza. Sus desarrollos desiguales e injustos, le frenan totalmente y en estos años sus cataclismos sociales y destrucción de los Estados del bienestar son las noticias cotidianas. El empobrecimiento de sus poblaciones es acelerado y cruel. La dependencia de sus políticas con las órdenes de Washington es indignante; pero no les preocupa a sus élites cada vez menos europeas y con menos margen de reinventar sus historias.
 
Es increíble ver y contemplar a las poblaciones europeas que no reaccionan ante la arremetida de sus gobernantes insensibles. El triunfo del modelo de capitalismo depredador ha dado sus resultados: la castración de sus poblaciones, el adormecimiento y total enajenación. Con semejante empobrecimiento y desocupación de jóvenes y viejos, en América del Sur se producirían las revoluciones más normales. Colgaríamos a los gobernantes en plazas públicas, con todo derecho y legitimidad. Pero Europa está olvidando su pasado rebelde y creativo, combativo y provocador. Sus filósofos son adornos de museos y salones de café de viejos inservibles e inútiles. Europa ha sido adormecido y envenenado con la idea de que ya no se puede hacer nada, que todo ya está hecho. Para los europeos es mejor quedarse rendidos y pobres o humillados. El sistema ha vencido. Los grupos de poder financieros han destruido Europa, en nombre de negocios turbios globales que sólo han enriquecido nuevas oligarquías sin patria ni fronteras, destruyendo tejidos nacionales y sociales a escalas globales. En nombre del euro y la añorada comunidad económica europea, los países como Alemania e Inglaterra han sometido a los países pobres de la periferia europea, al grado de la humillación y el despojo. Y entonces los fantasmas del pasado empiezan a brotar otra vez, como respuestas a tanta insensibilidad de las élites gobernantes: nacionalismos, fascismos y racismos.
 
Europa resbala nomás a la incertidumbre y la locura de sus propios fantasmas. El modelo de acumulación egoísta y eurocéntrico les empieza a cobrar factura: los bárbaros y las periferias de pobreza europeas y no europeas reaccionan ante la soberbia y la marginación; a pesar del letargo europeo, el empuje de las poblaciones marginales indudablemente serán imparables e impredecibles. Europa ha dejado de ser el centro cultural, económico y político de la tradición  clásica histórica. Sus obsoletas instituciones y cada vez más atrasadas y menos competitivas, deben hacer frente a regiones más dinámicas y creativas del mundo. Las novedades tecnológicas y científicas también ya no son asuntos europeos, sino de otras regiones del mundo. En definitiva Europa deja de ser el faro que fue durante siglos, a pesar de sus terribles fracasos, de la modernidad, la civilización occidental y las ideas. Ahora debe empezar a sobrevivir y lamerse las heridas que deja en sus poblaciones, cada vez más pobres y sin futuro posible. Porque sus élites han perdido el sentido de la dirección social y política, optando obscenamente por los negocios fáciles de las finanzas oscuras, que ganan de la nada y engañando a su propia gente, en desmedro del trabajo, del ahorro correcto y transparente y la claridad del modelo. Élites que han jugado un rol a la sombra de los intereses norteamericanos; pero en contra de ellos mismos.
 
La culta, moderna y civilizada Europa pierde velocidad en su propio modelo. Y pierde creatividad en todas las áreas que ella misma ha inventado: revolución, revueltas, rebeldías y filosofía de las preguntas sobre el sentido de la existencia humana. Con poblaciones domesticadas por el modelo, al extremo de soportar pobreza y humillación, pues lo que le espera a la culta y civilizada Europa es sólo tragedia griega y muerte por inercia. En fin. Las sorpresas que da la vida. No habernos movido al compás de ese fracaso occidental, nos ayudó mucho a entender sobre nosotros mismos: esa es nuestra ventaja comparativa por el sur. Esperemos que nuestras élites no sean miopes y tontas como las europeas.
 
La Paz, 24 de febrero de 2015.