En un artículo publicado en TomDispatch[1], Michael Klare compara la dependencia mundial de los combustibles fósiles con la adicción a las drogas.  Si bien la analogía no es nueva (recuerda que el propia George W. Bush declaró en 2006 que “América es adicta al petróleo”), pocos analistas han extendido esta analogía para explorar cómo “nuestra creciente dependencia del petróleo genera comportamientos cada vez más erráticos y autodestructivos”, como el "pensamiento delirante" típico con un grado avanzado de adicción.  Como ejemplo, Klare cita a responsables políticos y periodistas normalmente confiables, cuando argumentan que el aumento de la producción energética en Estados Unidos (gracias al fracking) le permitirá a ese país asumir actitudes de “bravucón ", para ganar influencia en el ámbito de las relaciones internacionales.  El planeta necesita una desintoxicación urgente, argumenta en el artículo, del cual recogemos aquí extractos.
 
La evidencia más convincente de que la adicción a los combustibles fósiles ha llegado a una etapa crítica se encuentra en los datos oficiales de Estados Unidos sobre las emisiones de dióxido de carbono.  El mundo ahora emite 150% más dióxido de carbonode lo que era el caso en 1988, cuando James Hansen, entonces director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, advirtió al Congreso que el planeta se estaba calentando como consecuencia del "efecto invernadero ", y que la actividad humana –principalmente en la forma de emisiones de carbono provenientes del consumo de combustibles fósiles– era la causa más probable.
 
Si una preocupación razonable por el destino del planeta primara sobre nuestra dependencia de los combustibles fósiles, podríamos esperar encontrar, sino una reducción en las emisiones de carbono, cuando menos una disminución en la tasa de aumento de las emisiones, en el transcurso del tiempo.  En lugar de eso, la Administración de Información sobre Energía de Estados Unidos (EIA por sus siglas en inglés) prevé que las emisiones globales seguirán aumentando a un ritmo intenso durante el próximo cuarto de siglo, llegando a 45,5 mil millones de toneladas métricas en el año 2040 –más del doble del volumen registrado en 1998, cuyo efecto, según una mayoría de científicos, bastaría para convertir nuestro planeta en un infierno–.  Si bien rara vez se lo reconoce como tal, ésta es la definición de la autodestrucción inducida por la adicción.
 
Para muchos de nosotros, la adicción al petróleo está incrustada en nuestra vida cotidiana en diversas formas, sobre las que ejercemos poco control.  Por ejemplo, debido al desmantelamiento sistemático del transporte público y su desfinanciamiento (junto con la colosal subvención de carreteras), hemos desarrollado (en EE.UU.) una alta dependencia de vehículos propulsados por petróleo, y es muy difícil para la mayoría de quienes vivimos fuera de las grandes ciudades imaginar una alternativa práctica a conducir un auto.  Cada vez más personas, es cierto, tratan de dejar este hábito a nivel individual, al adquirir vehículos híbridos o totalmente eléctricos, mediante el uso de transporte público cuando sea posible, o con el ciclismo, pero que sigue siendo una gota en el océano.  Se necesitará a futuro un esfuerzo monumental para reconstruir nuestro sistema de transporte para que sea amigable con el clima.
 
Para el equivalente a lo que podríamos considerar cómo el 1% en el ámbito de la Big Energy, la adicción a los combustibles fósiles se deriva de la fiebre de la riqueza y el poder: algo que es mucho más difícil de resistir o deconstruir.  El petróleo es el producto más lucrativo del planeta y representa una fuente enorme de riqueza e influencia para los grupos dominantes de los países que lo producen, sobre todo Irán, Irak, Kuwait, Nigeria, Rusia, Arabia Saudita, Venezuela, los Emiratos Árabes Unidos y Estados Unidos.  No es que todos los líderes de estos "petro-estados" sacan beneficio personal de la acumulación de los ingresos del petróleo, pero sin duda alguna reconocen que su capacidad de gobernar o de permanecer en el poder se apoya en su capacidad de respuesta frente a intereses energéticos fuertemente establecidos, como en su habilidad para destinar los recursos energéticos de la nación para ganar ventaja política y estratégica.  Esto es igualmente cierto para Barack Obama, quien ha secundado la cruzada de la industria energética a favor de incrementar la producción doméstica de petróleo y gas, como lo es para Vladimir Putin, quien ha tratado de ampliar la influencia internacional de Rusia mediante un aumento de las exportaciones de combustibles fósiles.
 
Altos funcionarios de estos países saben mejor que la mayoría de nosotros que el cambio climático severo se nos viene encima, y que sólo una fuerte reducción de las emisiones de carbono puede prevenir sus efectos más destructivos.  Sin embargo, los funcionarios de gobiernos y corporaciones están tan atados a los beneficios de los combustibles fósiles –o a las ventajas políticas que se derivan de controlar el flujo de petróleo– que son totalmente incapaces de superar sus ansias de alcanzar cada vez mayores niveles de producción.  Como resultado, si bien el presidente Obama habla a menudo de su deseo de aumentar la dependencia de la nación frente a la energía renovable, en la práctica ha adoptado un plan energético en todos los frentes que garantiza un aumento en la producción de petróleo y gas.  Algo similar se aplica a casi todas las demás figuras importantes del gobierno.  Periódicamente rinden homenaje a la necesidad de aumentar la tecnología verde, pero siguen dando prioridad a una mayor producción de petróleo, gas y carbón mineral.  Hasta 2040, de acuerdo con las predicciones de la EIA, estos combustibles podrían todavía suministrar las cuatro quintas partes de la oferta total de energía del mundo.
 
Este sesgo a favor de los combustibles fósiles sobre otras formas de energía –no obstante todo lo que sabemos sobre el cambio climático– sólo puede entenderse como una especie de delirio del carbono.  La evidencia de esta patología se encuentra en todo el mundo y de mil maneras, pero aquí hay tres ejemplos inequívocos de nuestra etapa avanzada de adicción.
 
1. La decisión de la administración Obama de permitir que BP reanude la perforación petrolera en el Golfo de México.
 
Luego de que el gigante energético BP (antes British Petroleum) se declara culpable de negligencia criminal en el desastre de la plataforma Deepwater Horizon de abril de 2010, que dejó un saldo de 11 personas muertas y un colosal derrame de petróleo, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) suspendió el derecho de la empresa a adquirir nuevos permisos de perforación en el Golfo de México.  La prohibición fue ampliamente vista como un importante revés para la empresa, que durante mucho tiempo había tratado de dominar la producción en aguas profundas del Golfo.  Para recuperar el acceso al Golfo, BP demandó a la EPA y aplicó otras formas de presión para influir en el gobierno de Obama.  Finalmente, el 13 de marzo, después de meses de cabildeo y negociaciones, la Agencia anunció que a BP se le permitiría reanudar la licitación de nuevos convenios de arrendamiento, siempre y cuando se adhiera a una lista de restricciones supuestamente estrictas.
 
Los funcionarios de BP consideraron el anuncio como una gran victoria, que permitiría a la empresa reanudar la frenética búsqueda de nuevos yacimientos de petróleo en aguas profundas del Golfo.  "El acuerdo de hoy permitirá al inversor más grande de América a competir de nuevo por contratos y arrendamientos federales", dijo el presidente de BP America, John Mingé.  Varios observadores de la industria del petróleo prevén que la compañía adquirirá ahora muchos convenios adicionales de arrendamiento en el Golfo, o que incrementará su ya sustancial presencia en la zona.  "Con este acuerdo, es realista esperar que el Golfo de México puede ser un activo clave para las operaciones de BP no sólo para la presente década, sino potencialmente para las décadas venideras", comentó Stephen Simko, un especialista en petróleo de la empresa de analistas de inversiones Morningstar.
 
El interés de BP, entonces, está bastante claro; pero ¿cuál es el interés nacional en todo esto?  Por cierto, el presidente Obama puede afirmar que el aumento de la perforación podría agregar unos pocos cientos de miles de barriles diarios a la producción nacional de petróleo, además de unos pocos miles de nuevos puestos de trabajo.  Pero, ¿será que realmente el presidente pueda asegurar a nuestros hijos o nietos que, al permitir el aumento de la perforación en el Golfo, está haciendo todo lo posible para reducir la amenaza del cambio climático, como prometió hacerlo en su último discurso del Estado de la Unión?
 
2. La ofensiva republicana para promover la construcción del oleoducto Keystone XL, como una respuesta a la crisis en Ucrania
 
Si la administración Obama sueña ilusamente en poder presionar a Putin gracias a la exportación de gas natural líquido (GNL) a Europa[2], la respectiva ofensiva impulsada por ciertos republicanos clave, para lograr la aprobación del oleoducto Keystone XL desde las arenas bituminosas, pone de cabeza cualquier noción de sensatez.  Keystone, como se recordará, es concebido para transportar bitumen diluido, denso en carbono y altamente corrosivo, de las arenas de alquitrán de Athabasca, en Alberta, Canadá, a refinerías de la Costa del Golfo.  Su construcción se ha retrasado debido a preocupaciones por la amenaza que plantea para las fuentes de agua que se encuentran a lo largo de su trayecto y por lo que ayudará a aumentar las emisiones globales de dióxido de carbono.
 
Debido a que Keystone atraviesa una frontera internacional, su construcción debe recibir la aprobación, no sólo del Departamento de Estado, sino del propio Presidente. Los republicanos y sus aliados conservadores desde hace mucho tiempo defienden el oleoducto, como un repudio a lo que consideran la excesiva deferencia gubernamental ante las preocupaciones ambientales.  Ahora, en medio de la crisis de Ucrania, de pronto presentan la eventual aprobación del oleoducto como una señal de la decisión estadounidense de resistir los movimientos agresivos de Putin en Crimea y Ucrania.
 
¿Alguien realmente cree que Vladimir Putin se dejaría influenciar por un anuncio de la Casa Blanca de que permitirá la construcción del oleoducto Keystone XL?  El gobierno de Putin ya se enfrenta a sanciones económicas significativas y otras maniobras punitivas, pero nada de esto le ha impedido perseguir lo que él parece creer son los intereses fundamentales de Rusia.  ¿Por qué, entonces, tomaría siquiera en consideración la eventualidad de que EE.UU. adquirirá una mayor parte de su petróleo de Canadá y menos de México, Nigeria, Venezuela, y otros proveedores extranjeros?
 
Además, sugerir que la aprobación de Keystone XL de alguna manera reforzaría la resolución de Obama y le inspiraría a adoptar medidas más duras contra Moscú, es incurrir en lo que los psicólogos llaman "pensamiento mágico".  Si Keystone transportara cualquier otra sustancia que el petróleo, resultaría risible la afirmación de que su construcción afectaría de alguna manera la toma de decisiones presidencial o los acontecimientos en las fronteras de Rusia.  Sin embargo, tan grande es nuestra veneración por el petróleo, que terminamos por creer en tales milagros.  Ésta es otra expresión del delirio del carbono.
 
3. El caso de los $ 20 mil millones esfumados
 
Por último, consideremos la desaparición de $ 20 mil millones en ingresos petroleros del tesoro nigeriano.  En Nigeria, donde el ingreso promedio es de menos de $ 2.00 por día y muchos millones de personas viven en la pobreza extrema, la desaparición de esa cantidad de dinero es un motivo de extrema preocupación.  Si se utilizaran para el bien público, esos 20 mil millones dólares podrían haber proporcionado educación básica y atención de salud para millones de personas; podían ayudar a aliviar la epidemia del SIDA y a impulsar el desarrollo en las zonas rurales pobres. Pero con toda probabilidad, la mayor parte de ese dinero ya se ha encaminado a las cuentas bancarias en el extranjero de funcionarios nigerianos bien conectados.
 
La desaparición fue revelada por primera vez en febrero, cuando el gobernador del Banco Central de Nigeria, Lamido Sanusi, dijo a una comisión de investigación parlamentaria que la Corporación Nacional Nigeriana de Petróleo (NNPC) no había cumplido con la transferencia del producto de las ventas de petróleo al tesoro nacional, como lo requiere la ley.  Nigeria es el principal productor de petróleo de África y los ingresos de su producción petrolera no reclamados por los socios extranjeros de la NNPC deben depositarse en las arcas del Estado.  Con precios del petróleo en torno a los $ 100 por barril, teóricamente Nigeria debería acumular decenas de miles de millones de dólares por año a partir de las ventas de exportación.  Sanusi fue despedido de inmediato por el presidente Goodluck Jonathan por transmitir la noticia de que la NNPC había estado reportando al Banco Central ingresos sospechosamente bajos por el petróleo, privando al Estado de ingresos vitales y amenazando la estabilidad de la moneda de la nación.  La única explicación plausible, opinó, es que los funcionarios de la compañía estarían desviando la diferencia.  "Una cantidad sustancial de dinero se ha ido", declaró al New York Times.  "Yo no estaba hablando sólo de números.  Demostré que se trataba de una estafa".
 
Si bien la magnitud del desfalco llama la atención, su existencia no es de extrañar.  Desde que Nigeria comenzó a producir petróleo hace unos 60 años, un pequeño grupo de oligarcas empresariales y gubernamentales ha controlado la asignación de los ingresos petroleros, usándolos para comprar clientelas políticas y asegurar sus propias fortunas privadas.  La NNPC ha sido un lugar especialmente fértil para la corrupción, ya que sus operaciones son en gran parte inmunes a la inspección pública y las oportunidades de estafas son gigantes.
 
Aquí, entonces, vemos otra forma, igualmente flagrante, del delirio del carbono: la adicción a la riqueza petrolera ilícita, tan profunda como para colocar la solvencia y el bienestar de 175 millones de personas en situación de riesgo.  El presidente Jonathan ahora ha prometido investigar las acusaciones de Sanusi, pero es poco probable que una porción significativa de los $ 20 mil millones faltantes vuelva algún día a la tesorería de Nigeria.
 
Curar la adicción
 
Estos ejemplos del delirio del carbono indican cuán profundamente está arraigado en la cultura global.  En EE.UU., la adicción al carbono está presente en todos los niveles de la sociedad; pero más alto se sube en los círculos empresariales y gubernamentales, más avanzado está el proceso.
 
Sólo será posible disminuir el ritmo del cambio climático una vez que esta aflicción se identifique, se trate y se neutralice.  La superación de la adicción individual a sustancias estupefacientes nunca es una tarea fácil; resistir a nuestra adicción al carbono no resultará más fácil.  Sin embargo, cuanto antes replanteemos la problemática climática como un problema de salud pública, similar a la adicción a las drogas, más pronto seremos capaces de forjar estrategias efectivas para evitar sus peores efectos.  Ello significa, por ejemplo, proporcionar programas e incentivos para quienes busquemos reducir nuestra dependencia del petróleo, e imponer sanciones a quienes se resisten a esa transición o activamente promuevan la adicción a los combustibles fósiles.
 
La desinversión de las acciones en combustibles fósiles sería, sin duda, una manera de parar la adicción en seco.  Implicaría sacrificar expectativas de futuras recompensas de la posesión de dichas acciones, a la vez que privaría a las empresas de combustibles fósiles de nuestros fondos de inversión y, por ende, de nuestro consentimiento para sus actividades.
 
Pero una forma de desintoxicación del carbono de más largo alcance debe llegar con el tiempo.  Al igual que con todas las adicciones, el primer paso, y el más importante, es reconocer que nuestra adicción a los combustibles fósiles ha llegado a una etapa tan avanzada como para representar un peligro directo para toda la humanidad.
(Traducción ALAI)
 
Michael T. Klare es profesor de estudios sobre la paz y la seguridad mundial en Hampshire College y autor, recientemente, de The Race for What’s Left.
 


[2]  Ver: “U.S. Hopes Boom in Natural Gas Can Curb Putin”, New York Times, 05/03/2014,  http://nyti.ms/1fomAXa

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