Coincido con Sismondi en la idea de que la economía es una ciencia moral.
 
Esta conclusión del autor ginebrino pasa por la discusión de los límites éticos de la ganancia y de la necesidad social de una justa distribución de la riqueza.
 
Desde la perspectiva marxista habría que ver críticamente la tesis sismondiana, sin embargo, creo que en las actuales circunstancias hasta las propuestas reformistas tienen carácter revolucionario.
 
La construcción del socialismo tiene esa problemática intrínseca: la contradicción de armonizar la producción de bienes y servicios suficientes para una vida material gratificante, con la prédica de unos nuevos valores espirituales que pugnan por abrirse paso en la madeja de egoísmos que es el mercado capitalista.
 
Visto a la inversa, el socialismo no será posible hasta que esos nuevos valores espirituales guíen la producción y distribución de bienes en la sociedad. He allí el meollo de un proyecto que irremediablemente es a largo plazo.
 
En la visión mecanicista del marxismo, es el “ser social” quien determina “la conciencia”, pero la experiencia ha demostrado que esta prelación no surte efecto de manera instantánea. El sistema capitalista tiene sus herramientas ideológicas muy bien desarrolladas para manipular la conciencia, no sólo de clase –en clave sociológica- sino, incluso, la conciencia como especie humana, que en vez de proteger sus condiciones naturales para existir, está dispuesta a destruirlas para complacer las apetencias del capital.
 
El cambio social emerge de las crisis, pero las crisis ni los meros cambios de superestructura, son condición suficiente para que se produzcan las revoluciones. Porque revolución que no se sostiene, se extingue en ese infinito baúl de los recuerdos que es la historia.
 
Tal es la coyuntura crucial del proceso venezolano, caracterizada por la complicación estructural e inducida de variables macroeconómicas, fiscales, monetarias y cambiarias, en intersección con graves distorsiones microeconómicas que amenazan con desbarrancar el nivel de vida de la familia trabajadora.
 
Un campesino de la frontera me dijo hace unos días: “Entre Cadivi y el bachaqueo van a acabar con este país”. Su pesimismo es el reflejo de su indefensión ante la crueldad del mercado; más, su brevísimo diagnóstico, sintetiza magistralmente el drama de nuestra economía: mandan la corrupción y el rebusque.
 
El mayor peligro es que por estos atajos del lucro se llega rapidito a la “legitimidad” del delito. El sueldo mensual de un trabajador industrial o un profesor universitario, se lo gana un “comerciante informal” en un par de horas. La trocha fronteriza y el “resuelve” callejero son más rentables que el esfuerzo productivo disciplinado; saldo pésimo para una nación, para las nuevas generaciones y para el socialismo.
 
En ese submundo lúgubre la especulación y la coima son apenas verrugas en la profunda descomposición que engendra nuevas clases poderosas a partir de la ganancia mal habida: narcotráfico, mafia, sicariato, paramilitarismo sobrevuelan como buitres la patria que ven desfallecer.
 
En el escenario de corregir las desviaciones imperantes, tiene que haber sanciones para los “bachaqueros” gigantes que se robaron en un año más dólares de los que tenemos en reservas internacionales.
 
Le corresponde al Estado impedir que continúe el imperio de la economía criminal; para lograrlo tiene dos tareas: dar el ejemplo y aplicar la justicia. Sería la mejor política económica.
 
Ildefonso Finol es constituyente venezolano.