Ya se conoce el resultado, favorable a Barack Obama. Mitt Rommey admitió su derrota. Si no hay cosas extrañas, el 20 de enero aquél comenzará su segundo mandato. Los aspectos salientes, vistos desde una perspectiva argentina.
 
 Los estadounidenses se habrán ido a dormir tranquilos el martes 6, felices la mitad por la victoria de Obama y con alguna irritación algo menos de la otra mitad, que sufragó por Rommey.
 
 Para los demócratas, ver y escuchar al ganador decir que “lo mejor está todavía por venir”, casi que los emocionó. Lo mismo con la imagen de la linda familia presidencial, porque para los yanquis es lindo ver la familia “unita”, aún cuando a algunos con sentimientos racistas le hiciera un poco de ruido que la foto del matrimonio y sus dos hijas de piel morena.
 
 Sin embargo también para esos norteamericanos, según el marketing electoral, es bueno saber que la familia del presidente esté supuestamente sólida. Lo que suceda después en el Salón Oval (u Oral, en tiempos de Bill Clinton con la becaria Mónica Lewinsky, eso ya es otra historia).
 
 Los resultados son ya bien conocidos pero se repiten sus números gruesos: el demócrata obtuvo 58 millones de votos, el 49,9 por ciento, y alcanzó 303 delegados del Colegio Electoral (le alcanzaba con un piso de 270 votos propios). El republicano se alzó con 56 millones de votos, el 48,3 por ciento, y 206 delegados.
 
 Rommey felicitó al ganador y pidió a los votantes republicanos que “recen por él”, como buen mormón. Lo que no garantizó es que las bancadas republicanas en el Capitolio y los gobernadores de este partido le vayan a hacer la vida menos áspera al reelecto.
 
 Por su parte Obama agradeció a todos y felicitó a la fórmula perdedora, que había llevado a cabo una “campaña ardorosa”, según dijo. Y, en lo único concreto de estas salutaciones y formalidades, manifestó que entre los dos partidos hay muchas cosas en común. Que no están tan divididos como parece. Es cierto. Como ilustraron Rudy y Paz en su caricatura del diario Página/12 hace unos días, un musulmán le dice a otro algo: “demócratas y republicanos te bombardean igual, pero los demócratas después se sienten un poco mal”.  Vaya si tienen tantas cosas en común. “Los comunes denominadores” alguna vez aludidos por Raúl Alfonsín en la política local.
 
 En el fetichismo que caracteriza a las elecciones estadounidenses, se ratificó la importancia de Ohio. Parece cosa de locos, pero el que no gana allí no llega a la Casa Blanca. Por la ley de la oferta y la demanda, los votos de ese estado se cotizaban a precio millonario y, en consecuencia, los dos estados mayores gastaron allí fortunas. Confirmando lo sostenido por LA ARENA, ayer Ernesto Semán escribía desde Nueva York que las dos maquinarias derrocharon la increíble suma de 6.000 millones de dólares. Ernesto es uno de los dos hijos de Elías Semán, dirigente de Vanguardia Comunista desaparecido en “El Vesubio” en agosto de 1978.
 
 Lo que no sabía este cronista, y sí lo detalló esa nota de Página/12, es que esa millonada no se dilapida en forma pareja en los 50 estados. Como el que gana en uno se lleva todos los delegados, cuando la suerte está previamente echada, el otro partido no pone allí ni un dólar, considerándolo una mala inversión. Los 6.000 millones se volcaron básicamente en 20 estados en disputa. Otra amarga lección de la plutocracia del Norte.
 
 No es para envidiar
 
 Aquella democracia para ricos es puesta por los politicólogos argentinos como un buen ejemplo universal.
 
 No hay tal cosa, por más que el discurso de la victoria de Obama hiciera la apología de una nación diversa. Dicho sea de paso, subrayó, “protegida por las mejores fuerzas armadas”, esas que bombardean a Afganistán, Irak, Pakistán y otros países.
 
Que hayan gastado semejante cantidad de millones de dólares en una lid limitada a dos partidos pro-empresarios, no es una cualidad a imitar. La Comuna de París en 1871 proclamó un gobierno obrero y “barato”. El imperio los tiene a precios altísimos, de Wall Street.
 
 Aún en una competencia acicateada por la TV, los fondos millonarios en juego, etc, las elecciones en EE UU no superan por mucho el techo del 50 por ciento de participación. Votaron 130 millones de personas sobre un total de 250 millones.
 
 ¿Responsables? Las dos agrupaciones. La republicana, que creía aumentar sus chances a menor cantidad de votantes, demoró cuanto pudo el tiempo de votar, con largas colas y muchos plebiscitos estaduales. Y la demócrata, que defraudó las mayores expectativas de 2008, cuando Obama y el cambio habían enamorado a muchísima gente. Esta no ardía en ganas de ir a votar por otros cuatro años. Al final muchos lo deben haber hecho ante el espanto de un Rommey que podía actuar como un carnicero y no un cirujano a la hora de hacer los recortes ante la crisis.
 
 Aunque Clarín, La Nación, Perfil y otros medios monopólicos entren en estado de orgasmo al hablar de la democracia estadounidense, la verdad es que tiene bastante que aprender, incluso de la argentina. Y eso que a ésta le faltan unas cuantas materias para recibirse de participativa.
 
 Pero allá el voto es optativo y aquí obligatorio; allá la elección es indirecta porque al presidente lo eligen en el Colegio Electoral y aquí directa, desde 1994. Y la diferencia a favor del sistema argentino aumenta, pues los gastos de campaña corren por cuenta del Estado, lo que tiende a emparejar relativamente las chances de varios partidos, a diferencia de las autorizaciones norteamericanas para que las empresas puedan cotizar a los dos candidatos sumas millonarias. ¿Más a favor de Argentina? El voto joven, recientemente aprobado. Y en perspectiva, el de los extranjeros con dos años de residencia; en cambio en EE UU, si sos extranjero sos sospechoso de delincuente, en particular en Arizona y otros estados con legislación xenófoba. En vez de votar, te botan. Te deportan. Te destruyen la familia.
 
 Expresiones de deseos
 
 Al oficializarse su victoria, a Obama le han llegado solicitudes muy bien intencionadas. La cancillería ecuatoriana, por ejemplo, lo exhortó a aprobar una reforma migratoria que regularice la situación de más de 10 millones de seres humanos que no tienen estatus legal. Los amigos de la solidaridad con Cuba, por su parte, le demandan que libere a los 5 héroes cubanos presos en EE UU desde 1998. En el frente interno, millones de sus votantes, que le extendieron con dudas el crédito, están pendientes de que la Casa Blanca reactive la economía y del empleo, con una tasa de desocupación del 8 por ciento (que si se midiera como en Francia, sostenía el corresponsal de Página/12, en realidad sería del 20).
 
 Son todas expresiones de buenos deseos y legítimos reclamos, para el caso que el reelecto les haga caso omiso.
 
 Este cronista no tiene buen pronóstico sobre lo que pueda o quiera hacer Obama en este tiempo futuro. “Que lo mejor está por venir” suena a lindo eslogan, pero no se compadece con el balance político del cuatrienio, a la luz de la buena salud que goza la crisis económica, el récord de extranjeros deportados, la continuidad del bloqueo contra Cuba, los pedidos de sanciones a países como Argentina en el seno de la OMC, las guerras inconclusas en Irak y Afganistán, que en el primer caso la publicidad del oficialismo dio falsamente como concluida, la agresión a Libia y la inferencia en Siria, etc.
 
 Lo bueno que tiene la política, nacional e internacional, es que a veces en corto tiempo arroja pruebas dando la razón a una u otra hipótesis. El próximo 13 de noviembre, exactamente a una semana de la reelección, se votará en Naciones Unidas sobre el bloqueo contra La Habana. ¿Acaso Obama cambiará las instrucciones de siempre a su representante Susan Rice para que esta vez vote en contra del bloqueo? No. No lo hará y en parte esa política de agresión contra la isla está emparentada con la elección, donde el presidente ganó por ajustado margen en La Florida. No se querrá malquistar con parte de esos votantes, en su mayoría favorables a seguir verdugueando a Cuba. Esa isla, Venezuela, Bolivia y otros países latinoamericanos no verán mejoradas sus situaciones, a la luz del comicio en EE UU. En los tres debates televisados hubo una sola referencia, demagógica, a la región, y fue del perdidoso Rommey.
 
 Algunos se las verán igual o peor, nunca mejor, como Cuba. Es que fueron reelectos los representantes republicanos de la mafia cubano-americana de La Florida, Ileana Ros-Lehtinen y Mario Díaz Balart. También fue ungido el senador Ted Cruz, de ese mismo palo, por Texas, que se suma así a otro senador de la misma calaña, Marco Rubio. Finalmente, otro costado negativo de las elecciones vistas desde una perspectiva latinoamericana es el resultado del plebiscito simultáneo en Puerto Rico. El 61 por ciento votó por convertirse en el estado 51 del imperio; el estado libre asociado tuvo el 33 por ciento y la opción por la independencia sólo el 5.
 
 Desconsolados, René y los muchachos de Calle 13 deben estar por pedir refugio político en Caracas, Quito o Buenos Aires. Es muy doloroso, pero por un tiempo más, Cuba y Puerto Rico no serán “de un pájaro las dos alas”.