Nuestro país, así como es excepcional en geografía e historia, también cuenta con una riqueza cultural en todos los ámbitos.

 Hemos aportado hombres y mujeres ilustres, escritores, poetas, artistas, músicos, héroes y mártires; incluso licores y cafés son considerados de los mejores del mundo, nuestra cultura culinaria es exquisita y nuestras tradiciones muy arraigadas, a pesar de la penetración fuerte de otras culturas.

Acabamos de conmemorar el día de los muertos. Fueron cientos, millones de personas adornando o “coronando” sus panteones, degustando platos especiales, según sea el lugar y el origen de cada familia. Algunas, no muchas, lograron su fiambre, se reunieron los parientes alrededor de la mesa a saborear tan exquisito invento. Otros fueron espectadores del incomparable arte de los barriletes, un festival que llegó al número 113. Unos más se vistieron de gala y participaron en la carrera de cintas y en Villa Nueva, Guatemala, los vecinos repitieron el tradicional desfile de “fieros”. Ayote, jocotes, torrejas, buñuelos acompañaron las anécdotas y los recuerdos de nuestros seres que han partido para siempre, pero que no se mueren porque están en nuestras mentes y en nuestros corazones.

En otras latitudes tienen distintas formas de celebrar, también muy arraigadas. En México, las ofrendas, verdaderas obras de arte, inculcadas desde los hogares y en las escuelas, que lucen asombrosas en oficinas públicas, en museos de culturas populares, en las casas y en cualquier rincón donde quepa la calaverita. La muerte se celebra, no tiene la misma connotación que para nosotros. Los altares de muertos con las fotos de los difuntos y sus comidas y bebidas favoritas son reproducidos en diversidad de formas artísticas. Los niños van a pedir calaverita ataviados con disfraces.

Pero hoy quiero referirme a otra tradición en estas mismas fechas. Me refiero a la conmemoración de Halloween, donde las brujas ocupan un lugar trascendental, a quienes yo, sin duda, reivindico. Su satanización está ligada con la histórica discriminación y exclusión de nuestro género. Leyendas, imaginaciones, películas, mentiras y oprobios se han difundido profusamente para horrorizar a la humanidad. Casualmente las brujas son mujeres, por lo menos las feas y las malas. Desde siglos atrás, si alguna mujer destacaba en algo, había que descalificarla. Cosas horrorosas se les endilgaban. Si eran poseedoras de saberes, se les repudiaba. Si eran curanderas, médicas o tenían éxitos, había que oscurecerlos. Eran herejes, hechiceras, malvadas y responsables directas o indirectas de las maldades que ocurrían en las comunidades.

Con crueles juicios arbitrarios y sumarios se les ahorcó, quemó en hogueras, se les ató a árboles en noches heladas en los bosques, se les desnudó, se les exhibió en jaulas, se les ejecutó colectivamente, en fin, se les arrebató la vida y su dignidad. Las brujas se convirtieron en una obsesión colectiva. Hasta los cuentos para niños tienen su bruja mala.

Las brujas, entiéndase las mujeres diferentes, a esas a las que hoy en día se les intenta ofender con ese calificativo, fueron víctimas inocentes de la injusticia, de la verdadera maldad y del temor a sus conocimientos.

En este mundo en que nos ha tocado vivir, lleno de sobresaltos, injusticias, exclusiones y desigualdades, las mujeres seguimos, como las brujas, aportando a la humanidad. No hay que seguir difamándolas para intentar empequeñecer nuestras contribuciones. ¡Vivan las brujas, una versión rebelde de las sumisas hadas!

Guatemala, 5 de noviembre de 2012.

Ileana Alamilla, periodista guatemalteca, es directora de la Agencia CERIGUA – http://cerigua.info/portal/