La derecha política chilena ha sufrido un serio revés en las últimas elecciones municipales. La pérdida de comunas y figuras emblemáticas atestigua el retroceso. Sin embargo, sospechamos que el fracaso es mucho mayor. Si nos atenemos a la burbuja de aquella fracción del electorado que emitió su sufragio, los resultados ya son desastrosos, pero si pensamos en el “electorado oscuro”, aquella masa ausente e invisible, pero que ejerce su fuerza de gravedad, el fracaso es inconmensurable.
 
Hay un doble fracaso de nuestra derecha, por una parte, al interior de la burbuja, no ha sido capaz de convocar a un electorado que le dio el triunfo al actual mandatario, Sebastián Piñera hace apenas algunos años. Pero, hay además un “fracaso histórico” profundo cuyo mejor emblema es la caída del alcalde de Providencia en la Región Metropolitana, Cristián Labbé, ex “Boina Negra” y agente de la DINA, A esto se agrega, desde luego, la inmensa masa de abstenciones.
 
Con la salida de Labbé, uno de los últimos bastiones del pinochetismo es barrido del espacio público. El abstencionismo, por su parte, resulta ser un bofetón a toda la institucionalidad construida sobre la “constitución de facto” heredada de la dictadura militar de Pinochet.  El proyecto pseudo democrático de la derecha chilena que ha sido administrado durante décadas por la Concertación ha perdido su pretendida legitimidad en las urnas. Una amplia mayoría de chilenos se ha negado a participar en el rito electoral, descalificando la institucionalidad construida por la extrema derecha bajo la forma de una democracia pos autoritaria.
 
Este rotundo fracaso se da, precisamente, cuando la derecha está en el gobierno, poniendo paños fríos a la atmósfera triunfalista que hacía soñar a algunos con una reelección de ese sector político. El “electorado oscuro”, mezcla de indiferencia, apatía y resistencia, no presagia nada bueno para una derecha que ha sabido sobrevivir al amparo de un orden judicativo constitucional que, con la clara complicidad concertacionista, le ha servido de paraguas para prolongar su poder político y económico.
 
Nuestra sociedad, impulsada por las nuevas generaciones, ha llegado a un punto en que exige que los logros económicos se distribuyan de manera más equitativa y las grandes decisiones políticas sean más participativas, incluyendo las voces de los movimientos sociales. Ya no les satisface un orden político administrado por partidos ajenos a la ciudadanía y una economía que concentra la riqueza en muy pocas manos. Es evidente que para alcanzar un país tal es fundamental modificar la actual constitución y restituir al Estado muchas de sus atribuciones reguladoras y fiscalizadoras. En pocas palabras, otro país es posible solo a condición de abandonar el neoliberalismo.
 
Álvaro Cuadra es Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS