Se llaman estupefacientes aquellas sustancias que producen estupor. El estupor es el nombre fino de la embriaguez, de la ebriedad, de la borrachera. Se dice que alguien está o quedó estupefacto cuando se muestra atónito, sorprendido, sin saber qué decir o qué hacer, incapaz de razonar rectamente.
 
 El alcohol es el estupefaciente más conocido y, hasta ahora, el de más amplio consumo. Otros estupefacientes son la mariguana, la cocaína, la morfina, la heroína y una larga lista de sustancias sintéticas. El tíñer, ciertos pegamentos, y diversos solventes son utilizados igualmente para producir embriaguez. A los estupefacientes se les conoce también con el nombre genérico de drogas o narcóticos.
 
Las drogas, estupefacientes o narcóticos son conocidos desde tiempos muy lejanos. La cerveza tiene una antigüedad de al menos cinco mil años. Y lo mismo puede decirse de la mariguana.
 
Pero, salvo el alcohol, el consumo de drogas no era hasta épocas más o menos recientes una cosa común. No se trataba de mercancías de uso generalizado y menos todavía de consumo universal. Su consumo estaba circunscrito a determinados sectores sociales: delincuentes, vividores, soldados del más bajo rango y miembros de la farándula.
 
Hoy las cosas son muy diferentes. Existe una gran y creciente demanda de narcóticos distintos al alcohol. Y es tan grande su consumo, que éste ya es considerado un problema de salud pública. Como el alcoholismo o el tabaquismo.
 
Con el fin expreso de reducir el consumo de drogas distintas al alcohol, el gobierno de Felipe Calderón decidió emplear al Ejército y a la Armada. Y luego de casi seis años de utilizar el recurso castrense, el resultado neto, visible y comprobable es que el consumo de narcóticos distintos del alcohol no sólo no ha decrecido, sino que se ha incrementado.
 
De este sostenido incremento se presentan cada día nuevas evidencias. Según lo demuestra la más reciente Encuesta Nacional de Adicciones, en los últimos diez años se duplicó el número de jóvenes consumidores de drogas distintas al alcohol. Y cabe destacar que de esos diez últimos años, seis corresponden al gobierno de Felipe Calderón, caracterizado por la más feroz represión de la producción, tráfico y consumo de ese tipo de estupefacientes de que se tenga memoria y registro históricos.
 
La Encuesta Nacional de Adiciones, a cargo de los institutos nacionales de Salud Pública y de Psiquiatría es un instrumento estadístico y sociodemográfico de carácter oficial, por lo que cabe mirarlo con cierta reserva, pues normalmente este tipo de estudios tienden a maquillar a conveniencia las cifras y las tendencias reales.
 
Pero incluso con esa reserva, es innegable el aumento del consumo de drogas ilícitas, sobre todo entre la población juvenil. Y también entre la femenina. Y ese incremento en el consumo se da tanto en la mariguana como en la cocaína. Y lo mismo el consumo que su incremento son esencialmente de carácter urbano. Y conviene recordar que a comienzos del siglo veintiuno México es un país fundamentalmente urbano y en creciente y acelerado proceso de una mayor urbanización.
 
 Seis años de brutal represión militar demuestran sobradamente que el consumo de drogas no decrece, sino que crece, a pesar de la persecución castrense. O judicial o policiaca o moral o religiosa. Y ya debería ser evidente que nadie conoce ni se ha inventado un mecanismo capaz de reducir el consumo de productos que, por razones de cualquier tipo y no obstante ser enormemente dañinos, son apetecidos, deseados, demandados por una persona o por miles de millones de ellas. Si perseguir y condenar no sirve, ¿no sería mejor despenalizar, como en los casos del tabaco y del alcohol?