Hace cuatro años, por estas mismas fechas, Barack Obama se aprestaba a ganar con comodidad la presidencia de los Estados Unidos, en unas elecciones marcadas por el hartazgo de las guerras de rapiña imperial desatadas por George W. Bush en Afganistán e Irak, en el marco de su guerra terrorista contra el terrorismo, y por supuesto, por el impacto de una crisis económica que, poco a poco, mostraría su verdadero rostro de crisis del sistema capitalista y, en un sentido mayor, de crisis de civilización.
 
En virtud de su muy cultivada retórica y de la parafernalia del marketing político que lo respaldó, el primer presidente afroamericano se presentaba al mundo como una promesa tras el oscuro episodio de la era Bush. Palabras como cambioesperanza y poder dominaron su campaña y sus discursos en los mítines, mientras la obamanía –expresión de la cultura política pop o de consumo– se apoderaba de la sociedad global de masas. Y no faltaron presidentes, entre ellos algunos latinoamericanos, que peregrinaron -serviles- a Washington para obtener su fotografía con  el nuevo mister president.
 
Ha pasado el tiempo y muchos acontecimientos insospechados ocurrieron en este período: pese al multimillonario rescate de los bancos y la élite financiera privada con fondos públicos, la crisis recrudeció en Estados Unidos, donde la desigualdad en la distribución de la riqueza se sitúa ya en los índices de 1928 (el 1% de la población controla el 40% de la riqueza). Para sorpresa de la opinión pública mundial, y sin mérito alguno del favorecido, Obama recibió el premio Nobel de la paz en 2009: un reconocimiento que trocó en ironía macabra con el lanzamiento de nuevas campañas imperialistas en Libia y Siria (Irán será el trofeo de caza del vencedor de las elecciones del próximo 6 de noviembre), y más aún cuando, en el auge de la llamada Primavera Árabe, los Estados Unidos realizaron una defensa cínica y a ultranza de sus aliados en las  petromonarquías sauditas, campeonas en la violación de derechos humanos.
 
Semejante expediente lo coronan dos de las decisiones más controversiales del presidente Obama: la ejecución sumarísima de Osama Bin Laden, viejo aliado devenido en terrorista y diablo de ocasión;  y el respaldó con armas, dinero y logística al derrocamiento de Muammar Gadafi y su asesinato a manos de combatientes mercenarios. En las oficinas de la Casa Blanca, todavía resuenan los ecos de la risa perversa de Hillary Clinton celebrando la muerte del líder libio, en un episodio que, como lo expresó el analista argentino Atilio Borón, puso en evidenciala putrefacción moral del imperio.
 
También hace cuatro años, y atendiendo  la solicitud de un periódico costarricense, elaboramos un  artículo sobre los que, desde nuestro punto de vista, constituían los principales desafíos de la agenda latinoamericana del presidente Obama, si efectivamente el mandatario electo quería que su gestión fuese algo más que un dato en el historial del gatopardismo (“cambiar para que nada cambie”).
 
En esa ocasión, enumeramos los desafíos como preguntas: ¿pondría fin a la política guerrerista hacia América Latina, manifiesta en el Plan Colombia II, el Plan Mérida, la reactivación de la IV Flota y la aplicación de la doctrina de guerra preventiva -bajo la forma de la doctrina Uribe- como ocurrió en Ecuador en el 2008?  ¿Atendería el presidente la recomendación de los 400 académicos estadounidenses que le solicitaron iniciar un proceso de diálogo con Cuba? ¿O recrudecería el bloqueo criminal contra ese país?
 
¿Cómo manejaría la contradicción entre la defensa de los intereses estadounidenses, con la construcción del socialismo del siglo XXI en los países del bloque andino? ¿Se atreverá a renegociar los tratados de libre comercio, y abrir con ello una vía de acción política para los movimientos sociales de México y América Central? ¿Competiría la política de cooperación internacional estadounidense con los fondos solidarios del esquema del ALBA, o la multimillonaria inversión hecha por Brasil, en los últimos años, en prácticamente toda América del Sur? Y de hacerlo, ¿qué principios inspirarían esta cooperación?
 
Hoy, a las puertas de una nueva elección, cuando el presidente Obama y el candidato del Partido Republicano, Mitt Romney, se disputan el poder formal de la mayor potencia bélica del planeta, es claro que esas interrogantes quedaron sin solución y, más bien, se mantuvo y profundizó el estado de cosas establecido por las dos administraciones del halcón Bush.
 
América Latina no figuró como prioridad formal de la política exterior del gobierno de Barack Obama. No obstante, de manera informal y solapada cuando así fue necesario, la Casa Blanca y el Departamento de Estado continuaron sus tradicionales prácticas de desestabilización y conspiración contra los procesos políticos progresistas y nacional populares de la región: dos golpes de Estado en Honduras y Paraguay; maniobras desestabilizadoras en Bolivia, Ecuador y Argentina; y una feroz campaña mediática, dirigida especialmente contra Cuba y Venezuela, nos hicieron recordar que el precio de la independencia y el fortalecimiento de la unidad regional es todavía muy alto. Y que el imperialismo no cederá un ápice en esa batalla.
 
Algunas encuestas sugieren un empate técnico entre los dos candidatos, hasta antes de la devastación del huracán Sandy. Resta por ver lo que sucederá en los próximos días. Si Obama triunfa, y por los antecedentes, será casi un hecho que las relaciones interamericanas mantendrán el doblez y el injerencismo disfrazado de poder inteligente de los últimos años. Si, por el contrario, es Romney quien triunfa, el panorama para nuestra América será todavía más nefasto, pues el republicano no ha tenido ningún reparo en proclamar a viva voz sus intenciones: destruir a la Revolución Cubana y a la Revolución Bolivariana.
 
En definitiva, cambiarán o no los métodos, pero los objetivos de dominación sobre América Latina se mantendrán intactos.  Para eso debemos estar preparados.
 
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica