El 28 de octubre de 1922, 90 años atrás, varios centenares de miles de italianos marcharon desde los más remotos lugares del país hacia las principales ciudades. Una incalculable multitud tomó las calles de la histórica Roma y puso fin a la sucesión de débiles gobiernos que se habían ido alternando en los tres años posteriores al Tratado de Versailles que estableció las pautas que debían regir sobre el planeta, en particular sobre Europa. El 30, ante la realidad, el rey Vittorio Emanuele III convocó al jefe de los movilizados, Benito Amilcare Andrea Mussolini, el hijo de un viejo luchador socialista que lo había bautizado Benito como homenaje al presidente aborigen mexicano Benito Juárez.
 
Durante algo más de dos décadas Mussolini, que tuvo en su gabinete a Agostino Rocca, el fundador del Grupo Techint en la Argentina, gobernó Italia con mano dura, que es lo que generalmente se recuerda, pero también generó enormes transformaciones que mejoraron notablemente las condiciones de vida de millones de trabajadores implementando una legislación laboral que perduró en la propia Italia hasta los recientes retrocesos productos de la crisis y que fue tomada como ejemplo en diferentes países, entre ellos la propia Argentina como en lo relacionado con la protección especial para mujeres y menores y el régimen de reserva del puesto de trabajo para las embarazadas.
 
A lo largo de su vida Mussolini fue modificando su pensamiento y así pasó de su original socialismo a convertirse en líder del sector más radical de ese partido, el maximalismo, y concluir encabezando un nacionalismo popular autoritario con el que llegó al poder. Sus delirios de reconstruir un moderno imperio romano que incluyera, amén de Italia, a los Balcanes, Egipto, Etiopía, Libia, Somalía y Túnez junto con las zonas originalmente italianas reclamadas a Francia como la isla de Córcega, patria de Napoleón Bonaparte, y Niza, patria de Giusseppe Garibaldi. Un sueño imposible que lo llevó a involucrarse en la Segunda Guerra Mundial asociado a la Alemania hitleriana. No casualmente el emblema del fascismo era la réplica de uno de la vieja Roma.
 
Precisamente a diferencia de Adolf Hitler, al que despreciaba intelectualmente, Mussolini fue un hombre culto, al punto de haber sido en 1908 profesor de francés en Oneglia, ciudad genovesa sobre el Adriático, en la que existe un gran monumento al prócer argentino Manuel Belgrano, ya que de allí era oriundo el progenitor de éste. Oneglia también había sido la cuna del almirante Andrea Doria, héroe de las guerras contra Barbarroja en el Mediterráneo y del escritor Edmundo de Amicis, el autor de la famosa obra “Corazón”. Y en 1904, el futuro Duce, en su condición de ateo, mantuvo un importante debate con el religioso Alfredo Tagliatella durante el que debatió sobre la existencia o no de Dios. Algo parecido al que algunos años después mantuvieron en la Argentina el tribuno santafesino Lisandro Nicolás De la Torre con el sacerdote Gustavo Franceschi. Su confrontación con la iglesia también la dejó asentada en su novela satírica anticlerical “La amante del cardenal”.
 
También la masonería fue objeto de sus cuestionamientos y en tal sentido en 1914 hizo aprobar una estigmatización por parte del Partido Socialista en la que también se sancionó a la Iglesia Católica. A pesar de ello, Mussolini, nacido en Forli, en la Emilia Romagna, sobre el mar Adriático, en 1929, a través de negociaciones desarrolladas por su hermano Adriano con el cardenal Pietro Gasparri, cedió a dicho culto un espacio en el centro de Roma para la creación del estado de El Vaticano conducido por el papa; espacio donde se encuentran los principales edificios históricos del catolicismo, como la Basílica de San Pedro.
 
Su llegada al gobierno fue favorecida por los principales grupos económicos que veían ante sí el riesgo del crecimiento de las izquierdas, sobre todo tras la Revolución Bolchevique que cinco años antes había llevado al poder en el imperio de los zares al comunista Vladimir Illich Ulianov (Lenin). El fascismo (unidad), su proyecto, se apoyó en buena medida en las visiones del alemán Friedrich Nietzsche, en quién se basó cuando escribió su libro “La filosofía de la fuerza”. Es que su llegada al poder se inició en el desarrollo de grupos armados llamados “fasci de combattimento” (grupos de lucha) los que ya un par de meses antes de “La marcha sobre Roma” se habían apoderado de los municipios de Ancona, Bolzano, Génova, Livorno, Parma y Trento.
 
En materia de política internacional tuvo un criterio centrado en sacar ventajas para Italia y así en la Primera Guerra Mundial se incorporó al ejército italiano como simple soldado llegando a ser cabo, pero al mismo tiempo operaba como agente del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Ello hizo que en su momento fuese expulsado transitoriamente del Partido Socialista en 1914 ya que éste se había pronunciado por la neutralidad. No fue casual que aún durante la SGM y su confrontación bélica con el RU mantuviese buenas relaciones secretas con el gobierno de este país encabezado por Winston Churchill. Por otro lado en 1924 estableció relaciones diplomáticas con el gobierno comunista ruso y en 1943, cuando las cosas se habían puesto mal para el Eje de Alemania, Italia y Japón, aliado con Bulgaria, Eslovaquia, Hungría, Rumania y Yugoslavia, le propuso a Hitler hacer las pases con la ya Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, cosa que el jefe del gobierno alemán rechazó.
 
Un gran historiador italiano ligado al socialismo, como fuera Renzo de Felice, en su tetralogía sobre Mussolini financiada por la colectividad judía italiana, mostró las claras diferencias entre el fascismo, el nazismo y otras expresiones del autoritarismo de derecha. En su libro “I ebrei” (Los hebreos), uno de los cuatro, por ejemplo, marcó las diferentes características de la situación de los judíos italianos frente a lo sucedido en la Alemania nazi, puntualizando que la gran persecución recién se desató cuando en 1943 ingresaron al país las tropas alemanas una vez que el Duce había perdido el poder real y se había convertido en un simple fantoche de Hitler. Su autoritarismo había hecho que se controlase el periodismo y se persiguiese a los opositores los que en algunos casos fueron enviados a la cárcel y en su mayoría al “confino” (obligación de vivir en pueblos rurales en los que se debía asistir a dar el presente diario a las autoridades).
 
Como contrapartida, y es lo que le ganó la adhesión de las grandes mayorías, estableció normas de higiene y de seguridad en el trabajo; normas de protección especial para las trabajadoras y los menores en las empresas; la obligación de respetar las pautas salariales pudiéndose sólo negociar individualmente para otorgar premios, y la creación de centros de capacitación para el “dopolavoro” (después del trabajo), aunque en 1926 eliminó el derecho de huelga y creó el Ministerio de las Corporaciones que pasó a reglar esas cuestiones. En 1934 estableció la reglamentación para licencias pre y post parto para las embarazadas y la obligación de las empresas de mantener jardines de infantes cuando entre su personal hubiese más de 50 mujeres. Esto ultimo, en buena medida, ligado a la idea de ampliar la población en el marco del sueño imperial.
 
Mussolini, que había nacido el 29 de julio de 1883, luego de ser depuesto por el rey que nombró en su reemplazo al general Pietro Badoglio, y abandonado por buena parte de la conducción fascista, debió retirarse al norte y allí, como satélite alemán, creó la República de Saló a orillas del Lago di Garda. Pero el 28 de abril de 1945, en Giulino di Mezzegra, fue capturado por el ejército partisano. Los gobiernos aliados, en particular Churchill, querían rescatarlo vivo, pero fue ejecutado junto con su pareja Clara Petacci, por el guerrillero Walter Audisio. Así concluyó oficialmente una historia en la que hizo crecer Italia y mejoró la vida de la población bajo una forma autoritaria pero luego se embarcó en un proyecto inviable que lo llevó a aliarse con Hitler y llevar a la muerte a una buena cantidad de italianos. Sin embargo hay otra versión más reciente y es que en verdad fue ejecutado por comandos del RU porque Churchill no lo quería vivo para que, hecho prisionero, contase cosas inconvenientes, y una vez muerto su cadáver fue entregado a los partisanos para que lo colgasen y sometiesen al escarnio público.
 
Fernando Del Corro es docente en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires y miembro del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego.

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