A menos de tres meses del comicio, la campaña levanta vuelo en Estados Unidos. Los republicanos completaron su fórmula, bien corrida a la derecha. Y los espera Barack Obama, también derechoso pero no tanto.
 
Los republicanos vienen remando de atrás, porque no están en el poder, y lograron ungir hace meses a quien será proclamado en forma oficial en la convención partidaria de Tampa, La Florida. Es el ex gobernador de Massachusetts, Mitt Rommey, quien a fines de abril quedó como el único aspirante, tras la deserción de los otros tres (Newt Gingrich, Ron Paul y Rick Santorum).
 
Rommey tiene una fortuna personal de 250 millones de dólares, anclada en paraísos fiscales a resguardo de entidades que husmeen su procedencia. Buena parte de esa plata provino de la compra de empresas quebradas, su puesta en valor y reventa a precios ventajosos, con fuga de las ganancias.
 
¿Y los empleados de esas firmas fallidas? Ese no fue su problema. Una vez consagrado como el precandidato para pulsear con Barack Obama, el ex gobernador comenzó su proselitismo. Al mismo tiempo él y su equipo afinaron la punta del lápiz para escribir el nombre de su compañero de fórmula.
 
En ese momento se especuló que podría ser el senador por Florida, Marco Rubio, un furioso anticubano; o la ex secretaria de Estado de la administración Bush, Condoleezza Rice. Al final fue elegido Paul Ryan, presidente del Comité Presupuestario de la Cámara de Representantes, adonde llegó como diputado por Wisconsin.
 
Ryan es conocido por sus posiciones extremas en lo económico-social y sus propuestas de 2009 de hacer recortes presupuestarios en todos los programas sociales con la idea de equilibrar las cuentas a como dé lugar. Pasaría a degüello los programas de salud Medicare y el Seguro Social.
 
Para el aspirante a vice está muy bien que a algunas personas les vaya muy bien y a otras muy mal, justificando tal fractura social en la habilidad o pereza de la gente. “Damos igualdad de oportunidades, no de ingresos”, dice. El ajuste que propugna es criticado por Obama y sus adversarios como “darwinismo social”, o sea la sobrevivencia de los más aptos. El resto debería prácticamente desaparecer, devorado por la más profunda crisis del sistema capitalista desde los ´30. Esto ya le provocó críticas de los obispos católicos, disconformes con esa óptica tan poco cristiana.
 
Paradojalmente, o no tanto, esa ideología poco humanista la practica quien se precia de miembro activo de la iglesia, de casi diaria comunión. Golpeándose el pecho, Ryan se anota en las campañas contra el aborto, las parejas gays e investigaciones científicas sobre células madre.
 
Lo que se dice, un perfecto intérprete de los dogmas ultra conservadores de su agrupación, del Tea Party, que animó la última elección legislativa de medio mandato en 2010 y logró arrebatar a los demócratas el control de la Cámara de Representantes. En esta época de crisis, con 5 millones de desocupados extras desde 2008 para aquí y con una tasa de desempleo del 8,2 por ciento, la receta de “RR” (Rommey-Ryan) es explosiva para la población estadounidense. Y por cierto, para el mundo.
 
Obama adelante
 
El apuro republicano por completar la fórmula y darle una inyección de juventud y propuestas radicalizadas, bien de derecha, fue una respuesta a algunos sondeos que los daban abajo. Reuters-Ipsos le atribuyó al actual mandatario una intención de voto del 49 por ciento y el 42 para el republicano.
 
Para remontar esa correlación de fuerzas los estrategas del partido opositor concibieron la idea de unir más su fuerza propia, satisfaciendo la presión del lobby del Tea Party. Éste proponía como vice al senador Rubio o al diputado Ryan. Era una condición no sólo para reunificar fuerzas, luego de ciertas críticas suyas a Rommey por ser supuestamente “centrista” o tibio en sus ataques a Obama. El anuncio de que el representante de Wisconsin completaría la fórmula calmó esas aguas. El Tea Party está encantado con el binomio y aportará en política como en millones de dólares para estos poco menos de tres meses que faltan para el 6 de noviembre.
 
De todas maneras, el corrimiento a la extrema más derechista de la fórmula es un arma de doble filo. En el país no prevalecen las fuerzas progresistas y combativas, pero la continuidad de la crisis económica, con sus funestas consecuencias en el empleo y el nivel de vida, pueden constituir un ambiente donde haya mucho rechazo a la idea de “RR” de hundir el bisturí hasta el hueso de los más débiles.
 
El presidente Obama y su equipo festejaron la opción política adoptada por el partido opositor que quiere desbancarlos de la Casa Blanca. Es que frente a ese “darwinismo social” extremo, los demócratas se reubican en un centro supuestamente “sensible” a mejorar las condiciones de millones de hogares de clase media y baja. Estos podrían beneficiarse si el Estado logra recortar las rebajas de impuestos que beneficiaron a las capas más ricas de la población, decididas en tiempo de Bush. Y más aún si Obama persuade al Congreso de aprobar mayores contribuciones a esas capas más favorecidas, que supuestamente irían a engrosar partidas sociales y de educación. No se trata sólo de discursos más o menos favorables a reanimar la economía, que ha bajado unos pocos grados su alta fiebre de crisis pero sigue convaleciente. Ocurre con algunas medidas concretas que generan polémica entre los dos candidatos, como la ley de reforma sanitaria promovida por el presidente en 2010 y que va entrando en vigor por etapas hasta 2014. La norma reclama que cada persona tenga un seguro de salud y de esa manera se supone irá resolviendo la carencia de tal cobertura para algo más de 30 millones de ciudadanos. La derecha republicana se opuso tanto como pudo a esa ley y eso que su redacción final moderó los aspectos positivos. La considera un despilfarro y una exagerada intervención del Estado. Rommey anunció que si gana las elecciones una de las primeras medidas será derogarla, lo que significó incurrir en una contradicción. Es que durante su gobernación en Massachusetts había promovido una ley similar.
 
Votos y plata
 
El partido de gobierno realizará su convención el 6 de setiembre próximo en Charlotte, Carolina del Norte. Y allí proclamará a Obama para un nuevo período, no se sabe acompañado por quién. Algunas versiones indican que Hillary Clinton podría ocupar ese lugar, pero otras apuestan a que la esposa del ex presidente se reservará para el turno presidencial de 2016.
 
Algunas estadísticas, ya citadas, arriesgan que el candidato demócrata va punteando en la intención de voto, pero esa “fotografía” de hoy no asegura nada. Falta todavía casi un trimestre para que se abran las urnas y eso es mucho tiempo.
 
Si es por la crisis económica, con un presidente que lleva cuatro años gobernando, esa circunstancia objetivamente favorece las chances de la oposición. Rommey suele cerrar los actos preguntando al público si está mejor o peor que hace cuatro años. La mayoría debe estar algo peor o directamente peor.
 
Pero, paradojalmente, la receta de un ajuste brutal –como se desprende de las propuestas republicanas- favorece que un público preocupado por la crisis preste mejor atención al programa de Obama. Suena más en sintonía con medidas que reactiven la economía y no tanto a los intereses de Wall Street. El hundimiento de Grecia y España es un espejo que puede mostrar a millones de estadounidenses que la línea extremista de Rommey puede hundirlos aún más hondo de lo que están en la actualidad.
 
Dicho en otros términos, ante la inhumana y salvaje política de RR, Obama puede parecer el mal menor, para algunos, o el “progresista” para otros.
 
Los votos no están decididos claramente en dirección de uno ni otro candidato, se trata de una pelea relativamente pareja, aunque este cronista cree que –al sopesar las dos propuestas bien diferenciadas- puede ir consolidándose la tendencia a una victoria de Obama, clara pero no abismal.
 
En forma contradictoria con ese posible resultado en votos, Rommey viene punteando la competencia por la recolección de dinero de aportistas privados.
 
En junio pasado el republicano colectó 106 millones de dólares para gastar en la elección, en tanto el demócrata “sólo” 71 millones. En la primera semana de julio el opositor colectó otros 35 millones de dólares y el presidente en ejercicio quedó otra vez atrás.
 
Ese mayor caudal de millones puestos por personas y empresas privadas a uno y otro candidato también puede ser un índice de que Rommey cuenta con mayor aval de los sectores más concentrados de la economía. No significa que Obama sea el candidato “de los pobres” ni mucho menos. En este cuatrienio se marchitó su figura como “esperanza” de cambio. Hoy es simplemente un candidato de derecha que luce mejor que otro, no tanto por sus virtudes sino porque el contrincante se corrió al extremo más conservador de espectro.
 
El presidente ganó el premio Nobel de la Paz pero él también se mostró como un guerrerista en todos los frentes abiertos en el mundo, por lo que en el fondo no hay tantas diferencias en ese plano con el millonario y el Tea Party.