Casualmente, escribo este artículo en el aeropuerto de Arequipa, donde me encuentro varado por varias horas, debido a que la empresa aérea chilena LAN simplemente “canceló” el respectivo vuelo “por razones operativas”, con la más completa impunidad hacia los perjuicios laborales y familiares causados a centenares de pasajeros. Habría que investigar, si es que a alguien le importara, si de verdad fue una cancelación o simplemente, ante el aumento de la demanda revendieron mucho más caros nuestros pasajes. Y es que LAN chilena tiene un virtual monopolio aéreo en el Perú, cuya “ruptura”, a través de una línea aérea de bandera peruana, fue uno más de los numerosos compromisos electorales olvidados por el actual presidente peruano.
 
Es curiosa la circunstancia porque el artículo que escribo refiere al escándalo suscitado por las graves afirmaciones denigrantes en contra del pueblo Bora amazónico peruano en un programa de televisión chileno, donde entre otras perlitas se habló en tono abiertamente sarcástico y burlón de que “están llenos de piojos”, son “incivilizados” y “comen niños”. [1] Numerosas declaraciones de personajes públicos se han vertido a raíz del hecho, pero una de las más reveladoras es la del diputado chileno, Jorge Tarud, abanderado de la prepotencia y el descaro en materia de relación con Perú y Bolivia, en respuesta a las declaraciones del canciller peruano condenando el hecho, en las que se permite decirle públicamente sobre qué tipo de temas debe o no pronunciarse.
 
Una relación permanente
 
Y es que los abusos de LAN chilena en suelo peruano y el público tono patronal del diputado chileno hacia el canciller peruano no son casualidades, por más que vengan a coincidir con la discriminación televisiva chilena a los Boras peruanos. Son, antes que nada, indicadores particulares de una relación permanente: el maltrato que el Chile oficial se permite con el Perú. En un primer ejercicio mental que hago para confirmar este aserto, recuerdo el hecho reciente de la telenovela chilena sobre una trabajadora doméstica peruana que difundía en horario estelar toda clase de prejuicios contra los peruanos. Pienso en el Acuerdo de Residencia de Mercosur, tratado que garantiza residencia migratoria a los suramericanos y del cual Chile y Perú son partes, pero que Chile simplemente no quiere hasta ahora aplicar a los peruanos, a pesar de que en Perú sí se aplica ya a los chilenos. También recuerdo que en los mismos momentos que escribo estas líneas los primeros dos candidatos peruanos a concejales (regidores) en la historia de Chile, en las próximas elecciones municipales chilenas de octubre, están siendo impugnados discriminatoria e ilegalmente para impedirles ese derecho. Y, bueno, realmente sería muy largo seguir.
 
Tras los improperios de los animadores televisivos chilenos contra los Bora amazónicos peruanos se revela de cuerpo entero la profunda ignorancia, complejos psicológicos y prácticas discriminatorias de la cultura oficial chilena, que son, léase muy bien, necesarios, tolerados y fomentados para justificar tanto en la población como en la élite dirigente la relación oficial de superioridad que se mantiene con el Perú desde la llamada guerra del Pacífico. El racismo fue entonces y continúa siendo ahora el sustrato ideológico cultural que legítima dicha relación de inequidad económica y política, como reflejo natural de una supuesta superioridad racial chilena, y hasta como “un favor” de supuesta “modernización” a un pueblo al que se considera racial y culturalmente “atrasado”.
 
El complemento de esa actitud discriminatoria y racista en Chile, la otra cara de esa misma moneda bilateral, es la complicidad del Perú oficial para con esta relación de subordinación política y económica, expresada no sólo en la completa impunidad hacia Chile y su permanente trato discriminatorio e inequitativo, sino en el premio de escandalosas ventajas comerciales y complicidades políticas, cuyas máximas expresiones son el TLC – ACE entre ambos, abusivamente favorable a Chile, y la “Alianza del Pacífico”, unión neoliberal y dependiente levantada por los últimos enclaves neoliberales de Suramérica, entre ellos el Chile de Piñera y el Perú de Humala, para sabotear desde dentro y desde fuera el proceso de integración con soberanía y justicia social de UNASUR y MERCOSUR, para contraponer la política de favorecer únicamente a los grandes negocios en cada país.
 
Es la llamada “política de cuerdas separadas con Chile”, eufemismo con que teorizó esta desvergüenza el ex presidente peruano García y que Humala ha hecho suya y profundizado, bajo el discurso demagógico de que esto “le conviene al Perú”, a pesar de que según cifras oficiales de ambos países, su resultado es que Chile tiene el doble de inversiones en Perú que peruanas en Chile, y que las ganancias chilenas superan largamente a las peruanas en la balanza comercial bilateral, siendo una de las fuentes que financian la carrera armamentista chilena, usada para reforzar a su vez esta relación prepotente con el Perú. Carrera armamentista que con hipocresía notable condenan públicamente los mismos que aplauden esa política y esa relación, como es el caso del esquizofrénico diario La Razón, tan superficialmente anti chileno como profundamente cómplice de los TLC y las Alianzas neoliberales chileno peruanas en beneficio de los grandes negocios a ambos lados de la frontera. Sus estridentes titulares patrioteros son un caso pleno de lo que en Perú se llama popularmente “un engaña muchachos”.
 
Pueblo peruano tiene la palabra
 
Finalmente, quien escribe es un chileno que está convencido que la integración regional es imprescindible para la felicidad y el bienestar de nuestros pueblos, y eso pasa principalmente por una verdadera hermandad de los pueblos chileno y peruano, pero que sabe muy bien que ella no será posible mientras no se rompa con esta relación bilateral inequitativa y abusiva, y ha de ser necesariamente un gobierno peruano el que haga esta ruptura para beneficio de todos. Lamentablemente, la complicidad del Perú oficial se muestra todavía persistente, y más dolorosa aún cuando es ejercida ahora por quien recibió el mandato de su pueblo de cumplir los compromisos electorales para establecer una nueva relación, soberana y justa, con el país del sur que tanto daño le ha hecho en el pasado y le hace en el presente, pero con el que las coincidencias a favor de los grandes negocios parecen más importantes que el interés nacional y regional.
 
Ese pueblo peruano, que sufre los impunes abusos de LAN chilena en su suelo, que se entera de las permanentes discriminaciones contra sus familiares en Chile, que recibe cada tanto las impunes descalificaciones de los medios masivos chilenos, y que ve cómo su gobierno, en contra de las promesas electorales, premia los abusos con ventajas económicas y complicidades políticas, es el único que tiene la última palabra para hacer valer su mandato e imponer la dignidad y la soberanía ante Chile, condiciones necesarias para una auténtica integración de nuestros pueblos.
 
Mientras tanto, por ahora, entre el Perú y Chile oficiales, sólo los grandes negocios son hermanos. Y saberlo es ya un importante comienzo.
 
 
– Ricardo Jimenez A. es sociólogo chileno.