Nuestro canciller David Choquehuanca ha vuelto a remover las aguas con su anuncio de que el próximo 21 de diciembre —fecha clave en el calendario maya y de muchos pueblos, ya que se trata de una extraordinaria alineación de planetas— se acabará la era de la Coca Cola y empezará la era del Moqochinchi, lo que ha dado lugar a elucubraciones, incluso en la prensa internacional, en el sentido de que el gobierno de Bolivia ha decidido cerrar la planta de Coca Cola (con el consiguiente escándalo en esta cultura nuestra tan cocacolizada).
 
Para empezar se trata de una especulación gratuita, no hay ninguna señal de semejante decisión (que ciertamente sería contraproducente), y en todo caso no es ése el tema de las reflexiones del Canciller. Tampoco es cosa de ponerse a discutir con los hacedores de noticias, pero sí cabe decir que comunicadores y comunicadoras tienen el deber de saber entender los diferentes géneros literarios, y no es la primera vez que se deforma las palabras de David Choquehuanca que —más allá de su responsabilidad coyuntural como Canciller— es por encima de todo un filósofo, y más concretamente un filósofo aymara con ribetes de poeta, además de un auténtico educador popular. Y si a un poeta-filósofo se lo interpreta como si estuviera hablando de ciencias naturales —o sociales— se comete un lamentable error.
 
Por tanto tampoco tiene sentido que nos pongamos a hablar aquí de las graves consecuencias nutricionales que trae consigo el consumo de cocacola, ni de los vínculos de dicha transnacional con el partido Republicano de los Estados Unidos. Lo que tiene sentido es profundizar en los mensajes de nuestro canciller-filósofo. Ya fue mal entendido cuando dijo que las piedras lloran, o cuando afirmó que más importante que leer libros es leer las arrugas de los abuelos (lo dice él, que ha leído más libros que la mayor parte de sus prosaicos críticos). ¿Qué dirían esos críticos si leyeran a aquel poeta que dijo “El agua, niños, el agua, corred tras ella que va descalza”? Seguramente comentarían escandalizados que cómo el agua puede ir descalza, acaso el agua tiene pies, qué poeta más burro, debería decir H20… Pobres.
 
Pero olvidémonos de esos críticos y pensemos en lo que David nos dice a nosotros. Nos habla de una nueva era que significará el fin del egoísmo, del individualismo y de la división —el fin del capitalismo—, y el comienzo del comunitarismo, de la solidaridad y de la complementariedad; el fin del “no-tiempo” (nadie tiene tiempo para nadie, y menos los compañeros del gobierno) y el comienzo del “tiempo”, del tener tiempo para la convivencia, para la vida familiar, para el disfrute de la amistad y del contacto con la naturaleza; es decir que a partir del próximo 21 de diciembre empezaremos a entender y practicar lo que es el Vivir Bien, hasta ahora tan afirmado como malentendido.
 
Es en este contexto que debemos entender la afirmación simbólica sobre la Coca Cola y el Moqochinchi, ya que la Coca Cola viene a simbolizar el paradigma consumista hoy día predominante, donde impera la más simple publicidad (¿Quieres ser feliz? Toma Coca Cola) y el consumo indiscriminado de productos homogeneizados e industrializados —aunque sean tóxicos—, mientras que el Moqochinchi simboliza el producto casero, natural, no necesariamente industrializado ni sometido a las leyes del comercio y la publicidad, y al mismo tiempo más natural, más nuestro y menos generador de desperdicios (lo mismo se podría haber utilizado el símbolo de la tostada, o de la aloja, o del jugoelima).
 
En lugar de buscarle cinco pies al gato podríamos aprovechar las expresiones de nuestro Canciller para meditar en lo que nos está faltando, para hacer una crítica seria del desarrollismo que todavía nos come el cerebro y las energías, para acercarnos a la Madre Tierra —tan venida a menos— y para reencontrarnos entre nosotros y nosotras.
 
Amigo David, no gastes energías en desmentir las tonterías que te atribuyen y sigue hablando ese lenguaje filosófico y poético que tanta falta nos hace.