El 8 de julio de 2012, cuando escribimos estas líneas, Cesar Medina Aguilar cumpliría 17 años, un adolescente peruano, cajamarquino, que cursaba el quinto año de secundaria y era el primer puesto en su clase, hasta que el 3 de julio un impacto de bala en el cráneo disparado por la policía le truncó la vida, a un mes del inicio del paro regional indefinido en Cajamarca contra el proyecto minero Conga. Junto a él otras cuatro personas más enlutaban Cajamarca y todo el Perú.
 
Con ellos, sumaban 17 los ciudadanos muertos en conflictos sociales en 11 meses del gobierno de Ollanta Humala, todos ellos fallecidos producto de disparos por parte de las “Fuerzas del orden”. El 80% de ellos, eran jóvenes. Y es que el Perú es un país joven. Según la Encuesta Nacional de la Juventud, cuyos resultados se hicieron conocer en junio de 2012, del total cercano a los 30 millones de peruanos y peruanas, el 29.4% tiene entre cero y 14 años, el 27.5% entre 15 y 29, y el  21%  tiene entre 30 y 45 años.
 
Las muertes en Cajamarca desataron la movilización social en diferentes lugares del país, principalmente de la juventud, articulada bajo la consigna: ¡Ni un muerto más! Así los estudiantes de la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Chiclayo, expresaron su indignación con un cierra puertas en la universidad, en donde quemaron un ataúd con el nombre de Ollanta Humala, escenificando la “muerte” política (electoral) del presidente de la República. Asimismo en Lima fue la juventud el principal motor de las dos manifestaciones, donde alrededor de dos mil personas, en su mayoría menores de 30 años, venciendo la represión policial, realizaron actos y marcharon por las principales calles de la capital.
 
Es casi exactamente la misma juventud que con sus esperanzas y sus ganas creyó y militó masivamente en el proyecto de la “Gran Transformación” que enarbolaba el candidato Ollanta Humala desde el 2006. Las regiones de donde provienen todos los muertos, sin excepción, son aquellas donde este candidato obtuvo alrededor del 80% de los votos, en base al compromiso de un cambio estructural de modelo que en su expresión política significaba una nueva relación del Estado con su población, sobre todo de las regiones, y que comprometía con ello una nueva forma de resolver los conflictos sociales, dejando atrás el autoritarismo y la violencia heredada por la gestión anterior.
 
Nada de esto pasó, el líder de la “Gran Transformación” rompió sus compromisos al convertirse en Presidente del Perú, dejando atrás el liderazgo que representaba para diversos sectores del país, y uniendo su destino, su identidad y su discurso a los de la vieja clase política, la que hasta hace poco era su principal opositora. El efecto de esta metamorfosis de Ollanta Humala sobre la juventud se puede graficar en una frase levantada por los jóvenes limeños y que se lee en las paredes de las principales avenidas de la capital, que dice “Ollanta: floro monse” (en jerga peruana floro es chamullo, palabreo; monse significa aburrido).
 
En ese contexto, la misma encuesta antes citada da cuenta de que los jóvenes entre 15 y 29 años, poseen una gran desconfianza a las principales instituciones de poder político en el país, por ejemplo el 38.7% no confía nada en el Poder Ejecutivo (Presidencia y Ministerios) y un abrumador 50.3% confía poco en ese poder. Al Congreso de la República, el 43% de jóvenes no le otorga nada de confianza, y el 44%  le da poca. En lo que se refiere a los partidos políticos, el 50.6% no confía nada en ellos y un 39% confía poco. Sin embargo, a pesar de estas cifras, 54% de hombres e igual porcentaje de mujeres expresa que les interesa la política y que son independientes.
 
No es casual en los jóvenes esta doble dimensión, por un lado de preocupación política, ante el hecho de que es literalmente el “resto de sus vidas” el que se juega en ella; y por otro lado de desconfianza e independencia que en general muestran hacia las instituciones del Estado y de la política, si se considera que están cansados de ver a los viejos políticos tradicionales decir una cosa para conseguir el apoyo electoral y luego hacer la contraria cuando obtienen cargos de poder.
 
Estas desacreditadas instituciones y sus discursos oficiales buscan cooptar de diversas formas a la juventud para la reproducción de lo viejo: la inconsecuencia, la hipocresía y los acomodos con el poder, como condición para obtener espacios de ascenso social, y así convertirlos, como decía el presidente chileno Salvador Allende, en “jóvenes viejos”.
 
Recambio generacional
 
Frente a esta reproducción de lo viejo, desacreditado y en crisis, la juventud toma resueltamente partido por la regeneración, por lo ético. Símbolo de esta renovación es Verónika Mendoza, Congresista de la República y fundadora del Partido Nacionalista Peruano, que renunció a la Bancada Nacionalista y al partido, días después de que en la provincia de Espinar en la región del Cusco, de donde ella es representante, murieron dos ciudadanos a causa de disparos hechos por la policía en el contexto de protestas en contra de la minera Xstrata Tintaya, acusada por la población de causar la contaminación de sus ríos. Lo que le trajo por consecuencia un desatado ataque de la prensa oficial y los monopolios mediáticos limeños (que cuentan con 62% de nada o poca aprobación de los jóvenes en la misma encuesta), en castigo por ponerse al lado de quienes, como ella señaló, “no están siendo escuchados, ni representados por el gobierno”.
 
Es sin duda un significativo acto político de recambio generacional en el país. Con 31 años de edad es una de las congresistas más jóvenes, y anuncia en su carta de renuncia que va a asumir “la misión de ser una oposición democrática, popular y dialogante”, convirtiéndose en portada de los medios de comunicación, y en fotos de perfil en el Facebook de decenas de jóvenes militantes que han visto con esperanza su renovadora ruptura, que aceleró las renuncias posteriores de otros tres congresistas más de la Bancada oficialista (hasta ahora), mayores que ella.
 
En medio de la crisis de legitimidad de lo viejo que busca perpetuarse, ella representa un claro movimiento de regeneración, no solo por su edad, sino sobre todo por lo ético y lo nuevo que representan su aparición y acción en la escena política nacional.
 
¿Podrá este movimiento de regeneración de la juventud vencer las persistentes fuerzas de reproducción de lo viejo? Es muy pronto para saberlo, pero sí es evidente que ahora ya las cosas no pueden seguir simplemente como antes.
 
– Lucía Alvites S. es socióloga peruana (27), integrante de movimientos sociales peruanos.
 
* Artículo publicado en la revista América Latina en Movimiento Nº 477, Juventudes en escena, julio de 2012 http://alainet.org/publica/477.phtml