Aparentemente, todo está listo para la realización de los comicios del próximo domingo en nuestro país para elegir autoridades legislativas y municipales.  El balance previo al día de las elecciones no es muy distinto al de otros eventos electorales realizados en los últimos años.  Enunciemos algunos hechos: propaganda electoral anticipada sin que haya un ente regulador que ponga límites y sanciones a los infractores; promesas electorales que no corresponden a la función del cargo pretendido, por ejemplo, diputados prometiendo generar miles de empleos, o, en el caso de los candidatos a alcaldes, prometiendo cosas que no son las más importantes para la población, en Chalatenango, para citar un caso, un candidato ha prometido un coliseo si gana la alcaldía, siendo este uno de los departamentos más golpeados por la pobreza.  Además, hemos visto más propaganda que propuestas (las maltrechas calles han quedado inundadas de vallas con rostros y banderas), más imagen que contenido (se han maquillado y rejuvenecido los rostros pero no se han profundizado en las soluciones de los principales problemas del país), hubo debates con mayor énfasis en la descalificación del adversario que en la exposición creativa de propuestas realistas, deseables y posibles.  Es decir, hemos tenido más de lo mismo de esto que algunos llaman “fiesta cívica”, pero que más que fiesta es un despilfarro de recursos en cierto modo inútiles para un electorado que en buena parte ya ha tomado una decisión independientemente de la alharaca de los políticos.  Y esa decisión incluye asistir a las urnas.  Aceptado ese hecho, nosotros nos hacemos eco de la consigna “vota, elige, exige”.  ¿Qué pueden significar estas tres cosas en el presente contexto?
 
Votar.  Uno de los indicadores de desarrollo de la democracia lo constituyen los eventos electorales que suelen medirse respondiendo a las siguientes preguntas: ¿Se reconoce el derecho al voto? ¿Son limpias las elecciones? ¿Son libres? ¿Son el medio de acceso a cargos públicos?  En el caso de que se respondiera afirmativamente podemos decir que eso representaría un avance significativo para los derechos ciudadanos; sin olvidar que el establecimiento de una democracia electoral es solo un paso, que establece un piso mínimo, en la lucha más amplia por la expansión y concreción de los derechos ciudadanos.  Cuando los ciudadanos y ciudadanas, pues, deciden ir a votar están ejerciendo el derecho al sufragio universal e igual, así como a procedimientos libres de votación y a elecciones periódicas libres; en otras palabras, ejercen un modo de participación política, para algunos el más obvio y más conocido.  Votar, por tanto, puede significar la práctica de un derecho democrático a través del cual se puede hacer sentir la voz del electorado.  Una voz más cualificada cuando el voto es consciente y libre de las manipulaciones de la propaganda.
 
Elegir.  ¿Qué es lo que hacen los ciudadanos cuando se les dice que son un pueblo soberano y que ha llegado el momento de ir a las urnas? ¿Votan o eligen?  En la práctica habitual de la llamada democracia representativa, más que el gobierno querido por el pueblo, es más bien el gobierno votado por el pueblo, porque a la hora de votar no hay más remedio que hacerlo por las opciones que ofrecen las cúpulas de los partidos, y en ese ámbito la voluntad ciudadana queda excluida.  No obstante, en las próximas elecciones el sistema electoral salvadoreño presenta un cambio importante para elegir diputados y diputadas: el método de listas cerradas y desbloqueadas permitirá que el electorado pueda votar, al menos eligiendo un orden distinto del que proponen las cúpulas.  Es un primer paso pero que puede marcar alguna diferencia.  Ya hemos comenzado a oír voces que plantean la opción de elegir entre las listas de cada partido solo a mujeres, especialmente, las que están en los últimos lugares de las papeletas, con lo cual se estaría favoreciendo una igualdad de género en la política partidaria.  Si estas voces logran hacerse oír en el cuerpo electoral, podría empezar a diluirse el predominio de las cúpulas partidarias, propósito muy deseado en buena parte de la ciudadanía que ya está cansada de los políticos de oficio que solo depredan el erario público.  Elegir y no solo votar es una forma de limitar el poder de la partidocracia; un primer paso se ha dado ya para las elecciones de 2012.  Romper el monopolio de los partidos sobre las candidaturas a cargos públicos y potenciar la postulación de las candidaturas independientes, son ahora espacios donde se puede incidir, eligiendo.
 
Exigir. ¿Qué podemos y debemos exigir a los partidos y a los políticos?  Que se conviertan en verdaderos servidores públicos y no en burócratas ineficaces; que los partidos políticos desarrollen una democracia interna; que se conecten con las necesidades de la población más allá de los períodos electorales; que sus propuestas respondan de forma razonable y realista a los principales problemas de la ciudadanía; que cumplan con sus promesas; que sean honrados con los fondos públicos; que abran espacios a los mecanismos de democracia directa para que los ciudadanos y ciudadanas puedan contribuir a la fiscalización y gestión de los asuntos públicos; hay que exigir, en fin, que la democracia esté vinculada a la lucha por los derechos humanos, especialmente, de los más excluidos.
 
Votar, elegir, exigir, son funciones de una ciudadanía activa; cuya presencia ha de estar a modo de fermento transformador tanto en el ámbito político partidario como en el ámbito de lo público: donde debe decidir de forma participativa sobre las cosas que le afectan.
 
Carlos Ayala Ramírez es director de radio YSUCA, El Salvador.
 

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