Curiosa jugarreta del tiempo, la naturaleza y la historia. En pleno verano de 2012, el ex dictador chileno Augusto Pinochet es el responsable del cierre de la frontera entre Perú y Chile desde el lunes 20 y hasta el miércoles 22 de febrero, suspendiendo el paso normal de más de 20 mil personas diarias por los puestos fronterizos migratorios de Chacalluta en Chile y Santa Rosa en Perú. Miles de ellas peruanos y chilenos varados a ambos lados de la frontera, contando a algunos cientos que pudieron ser transportados de urgencia de uno a otro lado a través de un puente aéreo por aviones de la FAP.
 
¿Cómo ha sido esto posible? En la década de 1970, el ex tirano chileno hizo colocar cientos de miles de minas explosivas anti tanque y anti personales en la frontera de ambos países, en el contexto de fuertes tensiones entre su gobierno y el del general nacionalista peruano Juan Velasco Alvarado, debido a que Chile se negaba, entonces como ahora, a dar cumplimiento al Tratado de 1929 y establecer los límites marítimos comunes, que actualmente son materia de una próxima Decisión de la Corte Internacional de La Haya, entre otras tensiones políticas. Cuatro décadas después, el desborde de ríos en Chile, producto de copiosas lluvias, arrastró un número indeterminado de estas minas hasta dejarlas peligrosamente cerca de la carretera Panamericana, la línea férrea y la costa.
 
Para evitar desgracias, en la madrugada del lunes 20, el gobierno chileno cerró el tránsito en la zona fronteriza, incluyendo el control migratorio de Chacalluta y la carretera Panamericana, además de la playa. Recién el miércoles 22, tras intensa labor del ejército chileno para desmantelar la zona de minas, que incluyó informes de testigos de más de una decena de explosiones, se ha reabierto el tránsito a personas y vehículos.
 
Entre el demencial armamentismo y la hipocresía mediática
 
El problema no ha terminado, ni mucho menos, según estimaciones oficiales de Chile, todavía quedan activas tres cuartas partes de las minas explosivas colocadas en la década del 70’ en dicha zona, al menos más de 130 mil de ellas. Datos terroríficos que deben mover a reflexión a los ciudadanos de ambos países.
 
En primer lugar, para sacar lecciones del poder de la naturaleza y la irresponsabilidad de los “técnicos”, sus “estudios” y “peritajes”, que respondiendo a la corta mira histórica del interés inmediato de las élites dirigentes, no dudan en tomar acciones que abren la posibilidad cierta, a unas décadas más adelante, de eventuales catástrofes de alcances criminales para las poblaciones que habitan y transitan por los territorios tan irresponsablemente intervenidos.      
 
En segundo lugar, sobre el demencial armamentismo que, no sólo abre estas criminales posibilidades, sino que representa un gasto enorme ante poblaciones que están lejos de contar con el ejercicio de sus derechos económicos, sociales y culturales. Según informes de Naciones Unidas, cada mina anti personal cuesta alrededor de 2 euros, instalarla cuesta otros 2 más. Sin embargo, desinstalarla cuesta más de 700 euros. Un gasto pálido para Chile, que según cifras oficiales gasta 5 mil millones de dólares anuales en armas, casi igual que Colombia, que gasta 500 millones más, aunque claro Colombia tiene 41 millones de habitantes, Chile apenas 17, y está además en guerra interna desde hace 40 años. Lo que adjudica a Chile el dudoso honor de ser el país latinoamericano que más invierte en instrumentos de muerte con 290 dólares anuales en armamento por habitante, mientras Colombia sólo 115, más que Brasil, México, Argentina y Perú. A pesar que las graves carencias de la población chilena, en el plano educativo por ejemplo, son masivas, públicas e internacionalmente conocidas.
 
Mucho de ese gasto en la irracional carrera armamentista de Chile lo financia el propio Perú. Sí. En 2009 y 2010 Chile obtuvo un superávit de ganancia comercial con Perú de casi 900 millones de dólares. Y mientras las inversiones chilenas en Perú llegaban a 10.000 millones de dólares, las peruanas en Chile apenas a poco más de 420 millones. Curiosamente, a pesar de tanto defensor de la “libertad de información”, no se encuentran cifras sobre las utilidades que esta inversión chilena se lleva del Perú, aunque es dable imaginarlas.
 
Paradojalmente, son los mismos monopolios mediáticos peruanos que celebran esta inequitativa relación comercial con Chile los que producen estridentes titulares anti chilenos y hasta llaman a seguir el ejemplo de aumentar el gasto en armamento como respuesta. Incluso van más allá y entregan respaldo político a la élite dirigente belicista chilena, a través de la inexplicable presencia de Perú en el bloque ideológico neoliberal denominado “Arco del Pacífico”, liderado por Chile. Una hipocresía mediática y política que, simultáneamente, rebaja la ciudadanía del pueblo peruano y alimenta las peores tendencias belicistas, mientras mantiene de hecho la más impúdica complicidad económica e ideológica con el armamentismo neoliberal chileno.
 
No en vano, y como lección de la historia, los actuales Presidente y Ministro de Defensa chilenos, a quienes el Perú respalda en el “Arco del pacífico”, son hijos políticos y herederos directos del ex dictador cuyas minas explosivas cierran hoy día las fronteras. ¿Se podrá romper este círculo vicioso de armamentismo demencial chileno e hipocresía mediática y política peruana? ¿Habrá, como dijo la Presidenta argentina, citando a Jhon Lennon, una oportunidad para la paz? Por el bien de la integración, el progreso y la felicidad de nuestros pueblos, hemos de creer que sí.
 
Y detenernos a reflexionarlo, como ciudadanos responsables, es un imprescindible comienzo.
 
Ricardo Jiménez A. es sociólogo chileno.