Llega otro festejo de Yemanjá, Orixá africana del 2 de febrero cuyo dominio es la energía de las grandes aguas, y siempre tratamos de esperarla con regalos que le brinden felicidad porque para sobrevivir la necesitamos sana y equilibrada. Culturas aborígenes enseñan veneración y cuidados a recursos no renovables; un conocimiento básico en comunidades tribales por su contacto directo con agua, tierra, aire, vegetación.
 
Sin embargo, tras el desaforado consumismo de la modernidad, olvidamos la lección. La tecnología nos permite ciertos disfrutes y a su vez nos aleja de otros sentires, conexiones con lo esencial inherentes al ser humano materia y espíritu, que hacen a la perpetuidad de la existencia en el planeta.
 
El sentido de nuestras ofrendas sagradas es purificar y agradecer, mediante el rito, la vida que nos ofrenda el agua, el aire, el monte, los ríos, los árboles y las plantas. “Alimentar” simbólicamente dichas fuerzas para que vivan saludables y nos alberguen armoniosamente. Algunos dirán basura lo que para el culto afro es una delicada entrega de fe. Es subjetivo: lo que es trapo para unos es bandera para otros.
 
No verán a un verdadero afroumbandista arrojando papeles al suelo o tirando desperdicios fuera de un recipiente. Cuidamos y veneramos la naturaleza porque somos parte de ella y de eso depende nuestra vida. ¿Porqué criticar sin atreverse a profundizar las creencias que practican respeto al aliento vital propio de ciertas “cosas” y manifestaciones naturales como la lluvia, el viento, las montañas, las piedras, las calles, los cementerios, las plazas, los bosques, los rayos, el cielo, las hojas y un etcétera muy extenso?
 
El paisaje capitalino sucumbe históricamente ante envases de espuma plast, bolsas de nylon y todo tipo de deshechos haciendo cotidiana la mugre ciudadana. Nuestra responsabilidad frente a esto es indiscutida y está implícita en la concepción afroindígena del mundo.
 
El debate sobre los derechos de la naturaleza avanza en Latinoamérica y países hermanos los reconocen y consagran en leyes.
 
La nueva constitución ecuatoriana habla de la Pacha Mama para referirse a la tierra madre que nos contiene y cobija: “estos derechos reconocen atributos en la Naturaleza independientes de los seres humanos, que permanecen aún en ausencia de éstos.” 
 
Si no es animismo se parece mucho.
 
Diferentes cosmovisiones indígenas y saberes tradicionales cobran total vigencia en análisis coincidentes al distinguir valores propios en el ambiente y a la Naturaleza como sujeto de derechos.
 
Progreso y desarrollo no tienen porqué ir reñidos con desequilibrios en los procesos vitales naturales sino que deben formar un todo armónico que se sustente a sí mismo, con adelantos científicos aplicados a los derechos humanos y naturales.
 
Esta convicción profundamente originaria, supone un vínculo igualitario con el ambiente, siguiendo  el ritmo natural que fluye como la música que ofrendaremos denochecita este dos de febrero en Rambla de Ramírez, santuario a cielo abierto y río como mar. El recital solidario se llama “Artistas uruguayos le cantan a Yemanjá”, y será parte de la magia de la playa iluminada por las velas que flotan o se entierran en la arena para arder y hacer los sueños realidad.  
 
-Susana Andrade-ATABAQUE

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