El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, al momento que anuncio la salida de todas las tropas que invadieron desde hace más de 8 años la nación soberana de Irak, evacuación que ya se cumplió, afirmó en voz de su vocero, Jay Carney, que “la historia será la encargada de juzgar si la guerra en Irak valió o no la pena”.
 
De todas maneras, resaltó, que “la posición de presidente no ha cambiado, no apoyó la entrada en esta guerra, no apoyó la manera en que el gobierno anterior nos lideró en la guerra”, todo en un tono, de crítica y seguramente de dolor, concluyó: “no sabemos si esta intervención fue correcta o no.”
 
Esto debería de estar recopilando el presidente Felipe Calderón Hinojosa cuando termine el 30 noviembre del inminente 2012, su mandato constitucional y deberá preguntarse: ¿valió la pena la matazón en mi país? ¿Valió la pena tantos desaparecidos? ¿Valió la pena haber involucrado a las fuerzas armadas en esta lucha cruenta contra el crimen organizado, que desde un principio todo mundo le advirtió que era una guerra perdida?
 
La invasión a Irak, con el pretexto de que su gobierno había creado armas atómicas y biológicas que jamás aparecieron, tuvo un saldo bestial de más de un millón de muertos, cerca de 5 mil jóvenes soldados estadounidenses, además de un país devastado con todas las secuelas que deja un conflicto armado de esta naturaleza.
 
En México, llevamos más de 66 mil mexicanos muertos, nosotros no hacemos distinciones como la oficial de que se están matando entre criminales o son daños colaterales, la verdad es simple: son 66 mil los muertos y 16 mil los desaparecidos que deja como secuela, también brutal, a hijos sin padres y padres sin hijos.
 
El presidente Felipe Calderón Hinojosa, en violación al estado laico que consagra nuestra Constitución, puesto que no es posible separar en un acto público sus creencias personales de su investidura de Presidente de la República, fue a orar por la paz en la Basílica de Guadalupe.
 
En una misa que oficio en cardenal arzobispo primado de México, Norberto Rivera Carrera, el primer mandatario de la nación rodeado de varios miembros del Estado Mayor Presidencial que lo acompañaron hasta el interior del recinto religioso, aparte de la movilización exterior, oró por el milagro de la paz en nuestro país.
 
Lo anterior, cuando menos parece una broma de mal gusto, ya que no existe razón alguna para dejar en manos de Dios los errores que cometen los humanos y máxime en este asunto que le corresponde a un solo individuo darnos el milagro de pacificar a nuestro país y que ostenta el cargo más alto de la nación.
 
El milagro es muy sencillo, simplemente responder a lo que han manifestado todos los estudiosos y analistas en la materia, cambiar la estrategia por inteligencia policíaca y militar para así enfrentar con efectividad al crimen organizado, además de cambiar las reglas del juego en cuanto al tráfico y consumo de enervantes.
 
El milagro está en sus manos presidente Calderón, simple y llanamente, cuando usted decida esa nueva estrategia que se le ha demando o mejor dicho, cuando deje la necedad de su política bélica y entienda, lo que se le ha repetido una y mil veces: la violencia lo único que produce, es más violencia.
 
Teodoro Rentería Arróyave es periodista y escritor mexicano. www.felap.info, www.ciap-felap.org, www.fapermex.mx, y www.clubprimeraplana.com.mx