Con la alentada y organizada inmigración que el Gobierno se propone promover, se incrementará nuestra diversidad cultural y será necesario gestionar y resolver la multiculturalidad sobreviniente.
 
El respeto entre las distintas culturas que ya coexisten sumadas a las que convergerán con el fomento del flujo migratorio en un espacio geográfico común, será base de una sana, plural y democrática sociedad orientada a la inclusión y al desarrollo, visualizando la diversidad como aporte, sumando sentido crítico y distintas miradas creativas, apuntando al ideal de integración y convivencia, posibilitando el crecimiento de poblaciones cada vez mas pluriculturales y dialogantes.
 
El tratamiento adecuado de la diversidad cultural debería ser eje rector de las políticas públicas, asunto de implicancias económicas directas, tema escasamente explorado en lo local en su vinculación al desarrollo social y como profilaxis contra el racismo, la xenofobia y todo tipo de discriminación, creando conciencia comunitaria, impulsando líneas de acción o proyectos que sigan el principio de la interculturalidad como valor.
 
Educar en la comprensión hacia el otro y en el diálogo entre distintos es prevención de fracturas sociales, más productiva si es dirigida a la enseñanza en infancia y adolescencia para corregir hábitos crónicos y subsistentes en las sociedades contemporáneas. Hay prejuicios enraizados y jerarquías culturales subliminales que es necesario erradicar. Los resultados a largo plazo brindarán utilidades colectivas. 
 
El paradigma es reconocer la diferencia y equilibrar el goce de los derechos y, en tal sentido, el Estado tiene la obligación de establecer las condiciones adecuadas para que existan garantías de que toda persona será tratada en términos de igualdad. Una sociedad que discrimina y segrega, no puede considerarse una sociedad con una aceptable calidad democrática, porque la discriminación negativa es una forma de desigualdad que hace imposible el aprovechamiento de las oportunidades.
 
La diversidad cultural debe ser reconocida y valorada como eje rector para la construcción de una ciudadanía integrada. Esto requiere transformaciones graduales aunque estructurales en una región aún ideológicamente colonizada. Se trata de revisar y repensar profundamente actitudes individuales y grupales, formas de ser, de dirigirnos y de relacionarnos. Si no resolvemos inequidades culturales históricas, no estaremos capacitados como pueblo para recibir una inmigración acentuada que deberá necesariamente integrarse para colaborar al desarrollo del país.
 
La gestión de la diversidad también será el aspecto empresarial más relevante como objetivo para lograr mayores niveles de creatividad, innovación, eficacia y sostenibilidad, enfrentados a escenarios en los que las personas se movilizan y llevan consigo su comportamiento cultural, cambiando así la fisonomía de las ciudades y regiones a las que emigran para crear comunidades crecientemente pluri étnicas e interculturales. Uruguay se proyecta internamente, en la región y hacia el mundo, asumiendo los desafíos que propone esta lógica de progreso y globalización positiva. Ejemplos dramáticos muestran que la protección de la diversidad cultural no es la apuesta principal únicamente de la prosperidad económica, sino de la paz y la estabilidad mundial.
 
Si debemos prepararnos para un mundo global, debe ser equitativo.
 
El reto tal vez sea disfrutar la diversidad cultural y no padecerla.