Recriminaciones van y vienen en el seno de la Unión Europea. Por una parte, Grecia y otros países de menor desarrollo relativo en la Europa comunitaria culpan a los socios más avanzados de indiferencia y prácticamente de no asumir el liderazgo que se requiere para salir del terrible marasmo en que se encuentra la integración europea. Por otro lado, Alemania y Francia acusan irresponsabilidad de parte de Atenas y otros socios a quienes históricamente se les ha apoyado a través de fondos estructurales y, porque, según Berlín y París, no los han aprovechado a cabalidad. En medio de esta disputa que se remonta a 2008, momento en que hizo su aparición la crisis financiera internacional, se acuñó el término PIGS o PIIGS (que literalmente se puede traducir como “cerdos”), acrónimo que se refiere a Portugal, Irlanda y/o Italia, Grecia y España, quienes presentan serios problemas en sus balanzas de pagos y mantienen importantes déficit, incumpliendo, así, las obligaciones de estabilidad económica que tienen como socios de la Unión Europea.
 
Ciertamente calificar como PIGS o PIIGS a estos países, concepto empleado en particular por los medios de comunicación anglosajones, es despectivo. Como rasgo común de los países aludidos, se insiste en que son naciones que, con la excepción de Italia, no formaban parte del proyecto integracionista original –en una suerte de recriminación-; que cuando ingresaron a las Comunidades Europeas –Irlanda lo hizo en 1973, Grecia en 1980, y España y Portugal en 1986-, se les apoyó con fuertes inversiones y fondos estructurales para que disminuyeran la brecha que los separaba de los socios comunitarios más prósperos. Quitando a Irlanda de la ecuación, los PIGS son unos “cerdos” mediterráneos, sureños y, por ende, subdesarrollados, al menos a los ojos franco-germanos y británicos –aunque, en honor a la verdad, Gran Bretaña no lo está pasando nada bien.
 
Lo irónico de la situación actual, es que hasta no hace mucho, todos los PIGS o PIIGS eran considerados como exitosos modelos de crecimiento, capaces de aprovechar los recursos que recibieron de parte de las Comunidades Europeas, para despegar. Incluso eran vistos como “paradigmas” de crecimiento, que deberían inspirar a otros procesos de regionalización, como por ejemplo, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), donde los más prósperos –en este caso Estados Unidos y Canadá- tendrían que apoyar al socio menos dinámico –es decir, México. De hecho, la idea de los cerdos que pueden volar (flying pigs) fue mencionada insistentemente en los medios anglosajones con una connotación muy distinta, en alusión al despunte económico de las naciones referidas hasta antes de 2008. Ahora, sin embargo, los cerdos no sólo no pueden volar, sino que se están hundiendo. Empero, ahí no termina el problema. La enorme interdependencia que existe entre los socios comunitarios contribuye a que los problemas de los PIGS o PIIGS se conviertan en dificultades cada vez más serias para los 27 miembros de la Unión Europea.
 
Richard Youngs, actual director general del reconocido think tank con sede en Madrid, FRIDE, publicó en 2010, un libro cuyo título habría sido impensable hace tan sólo un par de años: Auge y caída de la Unión Europea: la lucha contra la irrelevancia en el mundo. Youngs postula que a menos que la Europa comunitaria modifique su estrategia, se tornará irrelevante en las relaciones internacionales del siglo XXI. Lejos parecen los tiempos en que a la Unión Europea se le auguraba un enorme poder e influencia en el mundo, al punto de rivalizar, si no es que superar, a la hegemonía estadounidense. Hoy, no sólo se le percibe desvalida y en picada, sino que hasta el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha ubicado a los PIGS o PIIGS en los últimos lugares en lo que respecta a expectativas de crecimiento a nivel mundial, muy, pero muy por debajo, inclusive, de México, y más o menos a la par de ¡Haití! Esto no es sólo humillante para los europeos, sino que constituye un genuino problema para el resto del mundo.
 
Uno de los elementos explicativos de la actual crisis financiera que trae de cabeza a la Unión Europea, a Estados Unidos y al Grupo de los 20 (G-20, entre quienes figura México), es, por una parte, la falta de voluntad política de parte de los países más poderosos, la cual, hay que reconocer, se explica en gran medida por la falta de liderazgo, ya sea de parte de Estados Unidos, o de otras economías avanzadas, como las de la Unión Europea, e inclusive, la de la República Popular China. Liderar trae aparejado un precio, y no parece ni que Washington esté en condiciones de poner orden, ni que a la Unión Europea se le pueda retirar el marca pasos, ni mucho menos que Beijing esté dispuesto a asumir ese tipo de responsabilidades. El mundo, entonces, se encuentra en una encrucijada en términos de liderazgo y directrices: los que quieren, no pueden; los que pueden, no quieren.
 
Los PIGS o PIIGS se encuentran en una especie de limbo: ni quieren ser líderes –el debate más reciente en Grecia versaba en torno a si Atenas debía seguir aplicando los criterios de convergencia macroeconómica planteados por la Unión Europea o no-, ni pueden serlo. Mientras las bolsas de todo el mundo se convulsionaban hace unos días ante la posibilidad de un referéndum encaminado a decidir prácticamente la permanencia de Grecia en el seno de la Europa comunitaria, era evidente que ese conglomerado de naciones que integran a la Unión Europea tiene unos niveles de interdependencia tales, que no puede dar marcha atrás, sin enfrentarse a costos políticos y económicos inimaginables. Con todo, lo que angustia a los 27 miembros de la Unión Europea, es que resulta muy difícil seguir adelante en estas condiciones.
 
El reconocido escritor Petros Márkaris –nacido en Estambul y que ahora vive en Atenas-, ha retratado a la perfección la problemática de la Unión Europea, y, en particular, la tragedia griega. Márkaris, hace años, fue un defensor de la adopción del euro por parte de Grecia. Sin embargo, para una economía a base de pequeñas y medianas empresas (PyMES) como la griega, el euro era muy caro, si bien, por otra parte, era barato en lo que concernía a la obtención de créditos. Por eso algunos comparan a los PIGS o PIIGS con el adolescente a quien sus padres dan una tarjeta de crédito: el joven la usa de manera irresponsable, y cuando llega el estado de cuenta, no sólo no puede pagar, sino que pone en serios aprietos a sus progenitores. Sin embargo, ésta analogía sugiere una solución que los socios más dinámicos de la Europa comunitaria tendrían que asumir: en el ejemplo del joven que usó indiscriminadamente la tarjeta de crédito, al final sus padres tuvieron que dar la cara y cubrir la deuda. Claro que no es ningún secreto que Francia y Alemania se oponen a una solución de este tipo, dado que sentaría un precedente que no se quiere reproducir en otros socios comunitarios de menor desarrollo.
 
Pero entonces: ¿dónde quedó el espíritu comunitario, aquel que postulaba que la prosperidad de las Comunidades Europeas reposaba en la bonanza de cada uno de sus miembros, en particular de aquellos con menor desarrollo relativo? Para algunos, ya no es tan notoria la diferencia entre el trato que le prodigan Francia y Alemania a los PIGS o PIIGS, y el que Estados Unidos y Canadá ejercen respecto a México. Es como si la Unión Europea se hubiera norteamericanizado o reconfigurado a la usanza del TLCAN, donde, pese a las asimetrías tan enormes que subsisten entre México y Estados Unidos –y Canadá-, ni la economía ni la sociedad mexicanas reciben apoyo alguno de parte de Washington y/u Ottawa, a fin de aminorar esa enorme distancia que los separa.
 
La crisis los PIGS o PIIGS también está echando por tierra la percepción que existe en torno a los países “desarrollados”, a quienes se les considera como naciones que saben cómo hacer bien las cosas. En Grecia, por ejemplo, luego de que cayó el régimen militar, dos familias se han alternado en el poder: los Papandreu y los Karamanlis. Incluso ahora, en que se producirá una transición política, si bien se estableció como condición la dimisión de Giorgios Andreas Papandreu, ello no significa que este personaje haya “muerto”, políticamente hablando. Además no es ningún secreto que regímenes con una competencia política tan escasa, son susceptibles de corromperse con mayor facilidad.
 
Pero, ¿qué fue lo que ocurrió con los demás cerdos? Se señala como culpables de la actual crisis, a las políticas keynesianas auspiciadas por los gobiernos de los PIGS o PIIGS, y a la actitud complaciente de parte de Bruselas. Hoy, de manera análoga a lo que ocurrió con América Latina con motivo de la llamada década perdida, la receta para la recuperación económica en cada uno de los países cerdo consiste en medidas de austeridad de parte de los gobiernos y el incremento de la recaudación tributaria. Sin embargo, esa es una receta especialmente anglosajona que, como se recordará, acarrea el descontento social ante el incremento del desempleo y la caída del bienestar social en general. Empero, parece que a estas alturas Keynes está enterrado y resultaría muy difícil exhumarlo. Para Márkaris, el escenario que se perfila en la Europa comunitaria, es muy parecido al que se vivió tras la segunda guerra mundial, con la diferencia de que ahora no habrá un Plan Marshall que posibilite el rescate de los PIGS o PIIGS.
En cualquier caso, Grecia es la cabeza del cerdo, si bien España se ubica inmediatamente después de los helenos en términos de dificultades económicas, seguida del resto de los PIGS o PIIGS. Y es que en Europa no se vislumbra por ahora esa necesaria luz al final del túnel, como tampoco en el resto del mundo.
 
María Cristina Rosas es profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.
 
etcétera, 7 de noviembre, 2011