A los que absurdamente se han dedicado a descalificar a Gustavo Petro por haber sido parte en su juventud del M-19, es bueno recordarles quiénes fueron los verdaderos culpables de la historia de violencia en el país y qué pasó en Colombia entre los años 1970 y 1990; qué papel jugó el Movimiento 19 de abril en la paz y la construcción del proceso de renovación política y social que trajo la Constitución de 1991, y sobre todo quiénes son los que continúan hoy usufructuando las siniestras relaciones históricas que se gestaron entre narcotraficantes, paramilitares, políticos y empresarios para asesinar, desplazar y robar a los colombianos y colombianas impunemente.
 
En cuanto a la responsabilidad histórica por la violencia en Colombia, comencemos por un dato que obvian, por ignorantes o por mañosos, algunos columnistas: el origen de las FARC. Esta guerrilla, hoy tan desprestigiada como sanguinaria, tiene como procedencia directa el Partido Liberal que armó a campesinos, como Tirofijo, para defenderse de los pájaros y chulavitas (los paramilitares de la época) del Partido Conservador, que los masacraban, descuartizaban y desplazaban, incluso con la bendición de un sector de la Iglesia Católica. El episodio, que ha sido numerosamente documentado, es conocido como: “La Violencia” (1948-1953).
 
También sería pertinente recordar que esos jefes liberales y conservadores sellaron la paz y crearon una alianza de represión política y social llamada el Frente Nacional, que se dedicó a perseguir a los campesinos, a reprimir a los sindicatos, a hostigar al movimiento estudiantil y a ilegalizar la protesta social y las expresiones políticas por fuera del bipartidismo, mientras se repartían el poder político y económico bajo esas formas de corrupción y clientelismo que tanto daño le han hecho y le siguen haciendo a Colombia. El Frente Nacional se convirtió en una perversión antidemocrática y en un foco de corruptelas bipartidistas, lo que generó diversas respuestas por parte de la sociedad colombiana, entre ellas las guerrillas, a las cuales se incorporaron miles de jóvenes, motivados por el rechazo al sistema político impuesto y a la simpatía que por las revoluciones se expresaba en todo el mundo.
 
Como ya lo había hecho años atrás José Eustasio Rivera en “La Vorágine” (1925), García Márquez denuncia en “Cien Años de Soledad” (1967) la explotación y el asesinato de los trabajadores colombianos, que se hacían para satisfacer las ansias de riqueza de compañías transnacionales, que sumieron en la miseria y la humillación a poblaciones enteras de nuestro territorio, mientras le entregaban una coima al político corrupto de turno.
 
En este ambiente, hasta Plinio Apuleyo Mendoza fungía como revolucionario y un sector de la Iglesia católica ayudó a crear el ELN, en respuesta a los jerarcas que pusieron a Cristo a respaldar las atrocidades iniciadas por Laureano Gómez y Alfonso López Michelsen funda el Movimiento Revolucionario Liberal, MRL, se opone radicalmente al Frente Nacional y se declaró a favor de la Revolución Cubana, el general Rojas Pinilla también se revela contra el establecimiento y funda la Alianza Nacional Popular, ANAPO, la cual toma gran protagonismo por destapar el mayor episodio de corrupción de todo el Frente Nacional, más conocido como el escándalo “Fadul y Peñalosa”.
 
Corría el mes de julio del año 1969 y Enrique Peñalosa Camargo, ministro de Agricultura como cuota del Partido Conservador en el Frente Nacional era el seguro sucesor de Carlos Lleras Restrepo para ocupar la Presidencia de la República, pero el aguerrido senador Anapista Luís Ignacio Vives, destapó lo que él llamó: “los vulgares negocios del Ministro de Agricultura con los latifundistas”, con documentos en mano, Nacho Vives denunció, en sendo debate parlamentario, que fue transmitido por la radio, el tráfico de influencias a favor de los sectores más pudientes de la sociedad, los negociados del ministro Peñalosa con el director del IFI Miguel Fadul, y el descaro de beneficiar, con los dineros de la reforma agraria, no sólo a sus amigos, sino a ellos mismos a través de la firma Fadul y Peñalosa, mejor dicho, el Agro Ingreso Seguro de la época.
 
La indignación y descontento contra el Frente Nacional fue apabullante, el presidente Lleras ofreció su renuncia para luego prohibir las transmisiones radiales e intentar tapar el escándalo a pocos meses de las elecciones. La aplastante bancada del Frente Nacional absolvió a Peñalosa, que al final sólo tuvo como castigo la expulsión del Club del que fungía como accionista. Pero el escándalo no terminaría ahí, el Frente Nacional designaría como su candidato, según el convenio bipartidista, al conservador Misael Pastrana Borrero y pretendió imponerse nuevamente ante el país.
 
El día de las elecciones, para sorpresa de todos, iba ganando la Presidencia el general Gustavo Rojas Pinilla, de la Anapo. A las 11 de la noche, la radio anunciaba una ventaja de más 90.000 votos de Rojas sobre Pastrana. Ante esto, el Gobierno de Lleras ordenó suspender la transmisión radial, quitó la luz y como dijo el director de noticias de Todelar: “Colombia se acostó con el triunfo de Rojas y despertó con la victoria de Pastrana”.
 
Al otro día, los gritos de “nos robaron las elecciones” y “respeten las elecciones” se oían por toda Colombia, pero la represión frente-nacionalista no tardó en callar a las multitudes. Carlos Lleras, como era su costumbre, ordenó el toque de queda y los intimidantes tanques de guerra recorrían las calles despobladas al caer la tarde, y la tropa, fusil en mano, anuló cualquier intento de oposición al fraude con la orden de disparar a lo que se moviera. Ése día nació el proyecto de oposición armada al Frente Nacional, que un puñado de jóvenes materializarían tiempo después: el Movimiento 19 de abril, M-19.
 
El M-19, al contrario de los otros movimientos armados, era una guerrilla rara. Primero fue organizada para hacer respetar la democracia liberal ante el robo de las elecciones, segundo su figura inspiradora era el general Rojas Pinilla, por lo que muchos de sus integrantes y simpatizantes eran jóvenes de clase media y media alta, universitarios y muchos de ellos, hasta hijos de militares. Antonio Navarro, nieto de un General y sobrino de varios militares, era por la época del M-19 un destacado ingeniero, con posgrados y especializaciones en universidades de Inglaterra y Canadá, y hasta becario de la Fundación Rockefeller y Carlos Pizarro Leongómez, era hijo del almirante de la Marina Juan Antonio Pizarro, nieto de un Coronel del Ejército y sobrino de varios generales, un estudiante de derecho de la Javeriana, que como lo describe Carlos Fuentes: “Pizarro, como muchos otros jóvenes latinoamericanos, sintió la necesidad de luchar por la justicia y se lanzó a la lucha revolucionaria. Igual que Simón Bolívar y Fidel Castro, Pizarro es producto de la educación jesuítica, que produjo muchos rebeldes”.
 
Universitarios y profesionales jóvenes cayeron seducidos por el proyecto romántico de lucha revolucionaria que ofrecía el M-19, tanto que dentro de sus simpatizantes estaban personajes como el, por entonces, joven periodista, Enrique Santos Calderón y entre sus militantes el artista Carlos Duplat. Además, el M-19 estuvo vinculado a lo más alto de la intelectualidad nacional desde sus inicios por lo que mantuvieron contacto con el poeta León de Greiff, Orlando Fals Borda y hasta Gabriel García Márquez.
 
El 17 de enero de 1974, el M-19 se robó la espada de Simón Bolívar y dejó un comunicado que decía: "Bolívar no ha muerto. Su espada rompe las telarañas del museo y se lanza a los combates del presente. Pasa a nuestras manos. Y apunta ahora contra los explotadores del pueblo". De esta forma iniciaron un proyecto revolucionario juvenil único en América Latina. Al reivindicar a Bolívar, rompieron además con toda la tradición de guerrillas de izquierda, que tenían como referente a Carlos Marx, quien había denigrado en sus escritos a la figura del Libertador.
 
Después vinieron desde los asaltos a los carros de leche, para luego repartirlos en barrios pobres y hasta la osadía del robo de las 5.000 armas del Cantón Norte, la toma de la Embajada de República Dominicana o la declaración de Guerra al Gobierno de Turbay, cuando sólo eran un puñado de muchachos.
 
En la Presidencia de Turbay (1978-1982) Colombia llega al tope de la degradación moral e incuba gran parte de los males que sufrimos tan trágicamente hasta nuestros días. El envilecimiento de las fuerzas armadas, a través del estatuto de seguridad, que plagó de violaciones de Derechos Humanos al Ejército y la Policía, a través de asesinatos, detenciones arbitrarias, desapariciones y torturas; el concubinato de la clase política con el narcotráfico donde hasta Pablo Escobar llegó al Congreso de la República, en una lista por Antioquia del Partido Liberal, y los narcos tuvieron cuotas en el Gobierno como la Dirección de la Aeronáutica Civil, a la que llegó Álvaro Uribe por recomendación directa de Alberto Santofimio y fue pieza clave en la consolidación del negocio del Cartel de Medellín, según diversas publicaciones, o la creación, entrenamiento y financiación de grupos paramilitares, realizada por los narcotraficantes y el Estado colombiano.
 
En este ambiente de desesperanza, y siendo todavía un adolescente, Gustavo Petro entra como militante político al M-19, formándose como líder comunitario, personero y concejal del municipio de Zipaquirá. A mediados de los 80 es capturado por el Ejército y condenado por un Tribunal Militar, sufriendo como preso político las torturas y demás violaciones de la Colombia de la época. Posteriormente volvió a la libertad y a la vida política, hasta convertirse, a finales de los años 80, en pieza clave del proyecto de paz que terminaría con el proceso Constituyente de 1991 y la nueva Carta Política.
 
Petro comparte con este hecho la situación vivida, por la misma época, por la actual presidenta del Brasil DilmaRousseff, quien fue guerrillera de la Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares, y por esto fue detenida y condenada por un Tribunal militar, período en el cual fue cruelmente torturada. O la historia de Nelson Mandela, quien luego de ser condenado a cadena perpetua en los años 60, por ser el líder de la guerrilla de MkontoweSizwe (La Lanza de la Nación) que se oponía al Apartheid, fue liberado en 1990 para convertirse en el Presidente de la nueva Nación Surafricana.
 
En 1991 nació, gracias, entre otros actores, al M-19, un nuevo país con una Carta Política construida desde la diversidad, promotora de los Derechos Humanos, de la democracia participativa, de la pluralidad política y que dejó a tras años de barbarie institucional heredados del Frente Nacional y los estados de sitio, y que si bien, no acabó con la violencia, si consolidó la democracia y deslegitimó la lucha armada como una forma de llegar al poder.
 
Gabriel Bustamante Peña
Asesor jurídico político, Corporación Viva la Ciudadanía
 
Fuente: Semanario Virtual Caja de Herramientas Nº 277
Semana del 21 al 27 de Octubre de 2011
Corporación Viva la Ciudadanía.