Revalorar para reconocer mejor la trayectoria de Miguel Ángel Granados Chapa, como oportunamente invitó Elvira García en Canal 22 a hacerlo, es tarea de muchos colegas, lectores y estudiosos del quehacer periodístico.
 
La misma Elvira y Virgilio Caballero hicieron, con el corazón en la mano, su propio retrato del maestro nativo de Mineral del Monte, Hidalgo, bello poblado que conocí hace justo un par de años acompañado de mi inolvidable Angélica Méndez Zamora.
 
El 22 retransmitió la noche del domingo y la tarde del lunes la espléndida entrevista que hace tres años le hizo Elvira al autor de la treintañera Plaza Pública, columna que apenas el viernes 14 despidió Miguel Ángel con la premonitoria sentencia: “Esta es la última vez en que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós”. Y la sabia apuesta: “Es deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias y otras formas de hacer que renazca la vida, permitan a nuestro país escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete”.
 
Conocí a Granados Chapa porque Arnoldo Martínez Verdugo, secretario general del Partido Comunista Mexicano, me indicó que lo acompañara a una cena de trabajo, en el primer semestre de 1976, cuando dirigía las páginas editoriales de Excélsior. El 8 de julio se produjo el golpe de mano de Luis Echeverría al equipo dirigente del diario encabezado por Julio Scherer. La Unión de Periodistas Democráticos, fundada el 11 de abril de 1975, destacó en la denuncia de los hechos y la promoción de la solidaridad. La filiación ideológica de Jorge Meléndez, Antonio Cáram y este escribidor preocupó a los destituidos por temor a que el gobierno “la usara para descalificar a la naciente agrupación y al mismo Excélsior” (Granados Chapa. Un periodista en contexto. Humberto Musacchio).
 
Ignoro si Miguel Ángel compartía ese riesgo, ajeno como era a los prejuicios anticomunistas, pero tuvo la gentileza de registrar en su columna principal –también escribió De Interés Público para el semanario Punto– varios momentos de mi actividad desde 1980.
 
De febrero de 1987 a mayo de 1989 maquilé editoriales para La Jornada y se estableció tal empatía profesional que con una frase de Miguel era suficiente lineamiento para redactarlos. Todo lo contrario a las instrucciones de Héctor Aguilar y Carlos Payán.
 
Gracias a su recomendación como subdirector, ingresé a laborar como editor de Punto, de septiembre de 1987 a diciembre del 88, gesto que le agradecí. Su respuesta no dejó margen para insistir: Yo sólo abrí la puerta. Fueron tiempos de cercanía profesional en que me enviaba la crónica parlamentaria y la columna tal y como las sacaba de la máquina de escribir, y me asignaba la grata tarea de revisarlas.
 
Cuenta Tomás Granados de la videocasetera que le envió como regalo un funcionario público y que la regresó pese a que sus tres hijos la necesitaban y Miguel Ángel no podía comprarla. Me consta cómo declinó que Manuel Garza González, hijo, le pagara su desayuno. Y en privado me aclaró: Vine porque tú me invitaste.
 
Otros colegas lo describieron mejor. Por ejemplo en el texto “Buenos días, Miguel Ángel”, de Enrique Krauze y de lectura obligada. Pero la formalidad no fue de sus fuertes, o bien lo rebasaban los compromisos. Padecí dos plantones al Grupo María Cristina y otro a cientos de asistentes al auditorio Ricardo Flores Magón de Ciudad Universitaria para hacer el escudriñamiento del asalto a las torres retransmisoras de CNI Canal 40.
 
Mas la maestría y aportaciones de Granados Chapa son muy superiores y el mejor homenaje en ausencia es persistir en su ruta.  
 
Utopía 1034
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