“…la extrema derecha dice abiertamente eso
que la izquierda moderada piensa secretamente.
SLAVOJ ZIZEK: Plaidoyer en faveur de l´intolérance, p. 17
 
Varios colegas han reaccionado con diferentes matizaciones a los planteamientos de Boaventura de Sousa Santos y su Carta a las izquierdas. El debate no ha concluido, ni mucho menos. Hemos dado algunas pinceladas sobre una compleja agenda que requiere todos los espacios posibles para su desarrollo. Este debate no comenzó ayer ni se acabará mañana (Anécdota: hace un rato ya, por allá en 1961–tenía yo unos 17 años ¿y usted amigo lector?–discutíamos intensamente en el MIR todo el rollo de la lucha armada. Ese debate involucraba una larga cantidad de problemas que se han mantenido a lo largo de estas décadas en el seno de las izquierdas en todo el mundo. Desde entonces, no pasa un solo día donde no haya un buen motivo para rebelarse, para criticar, para disentir, para polemizar)
 
Parece claro que las izquierdas que andan por allí, (algunas en funciones de gobierno, otras de existencia simbólica, una gran cantidad con nombres algo postizos de “socialistas” cuando en verdad son una prolongación de la social-democracia), son una sobrevivencia del paradigma Moderno que viene trastabillado desde el Siglo XVIII. Debería ser igualmente claro que esa izquierda no puede con los desafíos que está imponiendo esta transición epocal. En parte porque está ocurriendo una suerte de tsunami epistemológico que trastoca los conceptos con los que el pensamiento político intentó comprender estas realidades durante los últimos dos siglos. En parte también porque la experiencia socio-política en todos lados descoloca brutalmente las prácticas y discursos de los actores sociales. Esas izquierdas no son en ninguna parte la alternativa para una transformación de fondo de la sociedad actual.
 
La izquierda que viene tiene una tarea previa sin la cual no hay nada que hacer: situarse seriamente en el corazón de la crisis terminal del discurso político de la Modernidad y desde allí transitar el camino de repensar a fondo todo el repertorio teórico en el que se alimentó la izquierda tradicional. Esa operación no es optativa. Me parece más bien que es la regla número uno para salir de la crisis en la que está sumida desde hace muchas décadas.
 
Regla número dos: entender el nuevo humus de lo político, es decir, el magma civilizacional que funda esa otra manera de con-vivir, de estar juntos, de negociar las diferencias, de asumir la diversidad, de viabilizar el tránsito de una sociedad barbárica a una “comunidad de hombres libres”. Esta no es una opción que se elige según los humores de los compañeros. Me estoy refiriendo a una condición constituyente de cualquier idea de nueva sociedad. De lo que se trata es, ni más ni menos, de entrar en sintonía con la naturaleza misma de la socialidad que emerge, con la racionalidad que funda una nueva civilización. Esa es la verdadera revolución que está germinando en los intersticios del viejo modelo. Ese no es un plan de gobierno o la táctica de algún partido esclarecido. Me refiero al núcleo duro que define hoy la posibilidad de una recomprensión de lo político, de las nuevas subjetividades, de la impronta cultural de otro concepto de ciudadanía, en fin, de la reconfiguración del Estado y de las formas organizacionales que corresponden a una mutación de esa envergadura.
 
Regla número tres: inteligencia y creatividad para transitar por un aquí y ahora plagado de contradicciones, escenario puro y duro del poder. La caricatura más desolada de una izquierda en el limbo la tenemos hoy en el PSOE español. Ese es justamente el camino a desandar. Transitar la coyuntura es una condición del proceso. El reto es romper la fatalidad de una izquierda que oscila entre la ensoñación abstracta y la capitulación pragmática. Esa condena histórica tiene que ser superara. No veo otro camino. Claro, por algo estamos como estamos, no se me escapa. Pero también exciten lo eventos caóticos, lo que parecía improbable.
 
Otra izquierda es posible… a condición de atreverse.