¿Cómo surgió la cultura de la muerte?
 
Hemos visto con gran preocupación el proceso de descomposición social de una de las regiones más ricas en diversidad cultural del planeta tierra, como es Barlovento. Hace algunos años atrás, dicté una conferencia en el Departamento de Etnomusicología de la Universidad de Columbia, de Nueva York, y los asistente quedaron sorprendidos cómo en una sola región existía una diversidad de ritmos y expresiones culturales impresionantes, que pese al proceso de resistencia cultural, hoy ha venido cediendo al desplazamiento de sus valores tradicionales por el factor delictivo ante el avance de la cultura de la muerte. 
 
Después de la fuerte crisis cacaotera internacional, ante la baja de los precios y el surgimiento de nuevos mercados de dicho producto, para mediados del siglo XX, sumándole la apertura de la carretera hacia la ciudad en 1936, la subregión de Barlovento, estado Miranda comenzaría un proceso migratorio y abandono del campo hacia la urbe. Ello trajo como consecuencia que se afectara la rígida estructura familiar cargada de valores éticos y solidarios. Al mismo tiempo, comenzaría la anarquía propiciada desde el propio Estado venezolano, a través de sus respectivos gobiernos, que irían desestructurando tanto el espacio físico, como el espiritual, el ambiental y el cultural de Barlovento. A finales de los años ‘70 surgirían agrupaciones como las Danzas Negras de Barlovento, la Muchachera de Curiepe, Grupo teatral Lino Blanco, Teatro Negro de Barlovento, Laures del Mina, Grupo San Juan de Curiepe, posteriormente FundaBarlovento entre otros, y la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barlovento (FAVEB) que por un lado reivindicaban la barloventeñidad en sus expresiones de afirmación cultural y al mismo tiempo en defensa de su patrimonio ambiental y ecológico. Esas experiencias, sin intervención del Estado, fueron escuelas sociales que asumían una orientación para las y los jovenes de la región, al lado de las familias, en su mayoría matrilineales pero con una férrea responsabilidad hogareña y comunitaria.
 
En las décadas de los años ‘80 y ‘90, Barlovento se fue convirtiendo en un “paraíso turístico” anarquizado, que fue destruyendo ecológicamente nuestro nichos naturales. “El efecto Caracas” comenzaba a traer sus consecuencias, ello tomado de la mano de los antivalores de la violencia y delictivos plasmados en los medios de difusión masiva. Violencia “normal” Recuerdo cuando algunos muchachos como “Carón” o Miguel “La Rata” se convirtieron en una especie de modelaje del antivalor para la juventud barloventeña, que se fue reproduciendo en el tiempo. Las llamadas “minitecas” y las ventas de las fiestas “patronales” a bandas delictivas, e incluso bajo amenazas a los alcaldes, se fueron convirtiendo en una “norma”. Desde el primer atraco ocurrido en San José de Barlovento en los años ‘70 contra el señor capayero que le robaron 22 mil bolívares, al igual que el asombro del primer asalto a un banco de Río Chico, ha transcurrido mucho tiempo y del estupor pasamos a ver como algo “normal” ver a las muchas víctimas de los actos delictivos de todo tipo que se cometen en nuestra región, como el secuestro, el asesinato y el narcotráfico. Barlovento ha dejado de ser un espacio solidario entre sí para convertirse en uno de prácticas delictivas de toda especie.
 
Por una cultura preventiva: “Amor y control”
 
Hace falta, ahora más que nunca, revitalizar proyectos como la Cátedra Libre de Percusión, Centros de difusión e investigación, reforzar las agrupaciones tradicionales, así como las de afirmación cultural, como “La muchachera de Curiepe”, las de Tacarigua y San José de Barlovento, al igual que las de los municipios Brion, Pedro Gual y Acevedo. El Gobierno central, a través del Ministerio del Poder Popular para la Cultural y el Ministerio de Comunicación, conjuntamente con el Ministerio de Educación y consejos comunales, deben consensuar un plan de acción en el que intervengan las familias. Hace falta por otro lado que los cuerpos policiales también intervenga con mayor rapidez.
 
Se trata de una política, como dice el poeta panameño Rubén Blades, de “Amor y control” para poder salvar lo poco que nos queda de Barlovento. El actual vicepresidente de la República es barloventeño, el vicepresidente del PSUV es barloventeño, el único diputado a la Asamblea Nacional que salió por nuestra subregión es barloventeño, el rector de la Universidad Argelia Laya es barloventeño, todos las y los alcaldes son bolivarianos barloventeños. Con todo eso deberíamos ser un hermoso ensayo de convivencia y desarrollo armónico… pero lamentablemente no es así… ¿y entonces qué esperamos?