En dos días se pudo conseguir lo que el gobierno de Alan García no quiso hacer en cinco años. Esto no solo advierte de un nuevo momento político, sino de una relación (ojalá) distinta con diferentes sectores, incluidos los poderes fácticos que perdieron en las últimas elecciones y cuya derrota hasta ahora no asimilan.
 
La tan esperada Ley de Consulta Previa es la expresión de voluntad política que con nitidez muestra que si los parlamentarios actúan con diligencia, pueden transformar el mal comportamiento, los escándalos y el cobro indebido en la excepción y no en la regla.
 
Pero también la Ley expresa, como me dijo en una entrevista el Ministro del Ambiente, “que el perro del hortelano ha sido enterrado y que la Ley de Consulta Previa le ha puesto su lápida”. Esto es particularmente significativo, ya que el último quinquenio el predicamento gubernamental cargó su voz y su tinta con desprecio, confrontación, descalificación y persecución contra los pueblos indígenas y pueblos originarios. “¿Qué, se creen ciudadanos de primera clase? ¿Qué es eso de creer que los cerros son apus? No nos pueden imponer sus ideologías”, decía Alan García, mientras su arrinconamiento a la derecha menos inclusiva daba cuenta de su fundamentalismo. El cambio le hace bien al país, que busca reconocerse en su diversidad, pero riñe con el sueño del ex presidente que cree que el 2016 prepara su regreso triunfal.
 
El impuesto (gravamen) a las sobreganancias (utilidades extraordinarias) debe haber impactado sobre el ego colosal de quien, creyéndose omnipotente, no pudo superar el complejo de ver a la inversión con una adulación que llevaba a la vergüenza ajena. El actual Gobierno ha logrado que la Sociedad de Minería entienda que lo que más le conviene es ponerse a tono (sin imposición), a decir de Cecilia Blume, con aires que empiezan a soplar después de cinco años de incumplimiento. ¿Alguien se acuerda del cambio responsable y la justicia social?
 
Otro tema, no menos importante, tiene que ver con el camaleónico comportamiento de los profetas del Apocalipsis. No había medio (de los que a coro vitoreaban a Keiko Fujimori) que no avizorara una catástrofe si se tocaban con el pétalo de una rosa las incontrastables ganancias de las mineras en los años recientes. El ropaje ya conocido de la imagen corporativa hizo gala de una costosa armonía entre el adjetivo incontinente y el panfleto propagandístico. Los estadíos (también conocidos): columnas de opinión, comentarios y entrevistas prolongadas, que en otras circunstancias no deberían pasar de 140 caracteres por su lógica intrascendencia. Y, por cierto, las esquizofrénicas portadas, que parece (pese a ser de algunos de sus socios), el Consejo de la Prensa no lee con atención.
 
Curioso: en la campaña electoral se achacaba a Ollanta Humala no tener un discurso claro y sí, por el contrario, muchos planes de gobierno. Esa exigencia de coherencia no incorpora la propia, que más bien se rige por las reglas del mercado. La oferta y la demanda llegan al gremio con intensidades que (por el movimiento) se pueden medir en grados Fahrenheit.
 
Hoy los mismos personajes, en un ejercicio generoso de mayordomía vocacional, dicen que la presentación del Primer Ministro ante el Congreso de la República fue tranquila, o que pasó la prueba. Felizmente, porque si no la Bolsa de Valores caía, las encuestas mostraban una desaprobación mayoritaria, o Chávez venía a gobernar el país. Pragmatismo puro.
 
Es un novedoso mandato, que ellos cumplen sin dudas ni murmuraciones. Curioso, porque el militar está en Palacio de Gobierno y no en sus redacciones. Hay una contraorden: no habrá Apocalipsis.
 
 

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