Por un lado están los datos de la realidad económica y por el otro la narrativa del sistema.
 
Del lado de la economía real, en el momento de escribir este artículo la agencia Bloomberg reporta que en junio y por tercer mes consecutivo la tasa de desempleo aumentó en Estados Unidos, mientras hubo una baja (del 2.1 por ciento) en las órdenes de bienes durables. Otros datos muestran que los precios de las casas siguen bajando, los salarios también y por supuesto que el consumo disminuye. Mientras tanto Bloomberg reporta que “la disputa sobre los planes para cortar el déficit federal” hizo que los inversores bursátiles no prestaran atención a un mes de julio en el cual “el 78 por ciento de las empresas que componen el índice S&P500 presentaron ganancias (trimestrales) superiores a los estimados”. La situación se repite en las economías reales de Alemania, Francia y demás países de la Unión Europea: el desempleo aumenta, el poder adquisitivo baja y con él la capacidad de consumo, y las ganancias de las empresas crecen mientras la economía se estanca aun más. Todo un panorama que augura millones de indignados en las plazas y calles de las ciudades europeas.
 
Mientras tanto la narrativa oficial, que ignora selectivamente los datos económicos y financieros, nos apabulla con la inminente devaluación monetaria y quiebra de Grecia, Portugal, Irlanda, España, Italia y otros países más de la Unión Europea si no se reduce la deuda pública -sin mencionar quienes han sido y seguirán siendo los beneficiarios de la existencia actual y del crecimiento futuro de esta deuda, porque el objetivo es prolongarla por décadas para beneficio del sector financiero-, y la inevitable necesidad de aplicar planes de austeridad que incluyen más bajas de salarios y de pensiones, privatizaciones de empresas y propiedades públicas en beneficio de los acreedores financieros, despidos masivos de empleados públicos y aumento de los impuestos más regresivos, y la adopción de legislaciones que prohíban la creación de déficits en el presupuesto estatal, como acaba de urgir el presidente francés Nicolás Sarkozy a los legisladores de la Asamblea Nacional de Francia.
 
Y en el caso estadounidense nos apabullan por el “riesgo inminente” de un colapso o una quiebra estatal si no se aumenta el “techo” de la deuda pública antes del 2 de agosto, nuevamente sin mencionar la causa ni los beneficiados por esta deuda, al tiempo que se aplicarán otros drásticos planes de austeridad que reducirán los ya insuficientes programas sociales en Estados Unidos, como muy bien analiza el profesor de economía Michael Hudson en su artículo Mr Obama’s Scare Tactics to Get Democratas to Vote for His Republican Wall Street Plan (1). Esta narrativa oficial tiene todos los elementos de la “terapia del choque” de Naomi Klein: sembrar el pánico para paralizar a las poblaciones y permitir que los gobiernos adopten rápidamente y sin debates las medidas más retrogradas y antipopulares, y que sigan desmantelando los programas sociales, bajando los salarios y privatizando lo que aun resta de público en el sector estatal.
 
Esta narrativa no deja espacio para hablar de la economía real y de los graves problemas que han dejado de ser pasajeros y están convirtiéndose en crónicos en los países del “capitalismo avanzado”, como el alto desempleo y la exclusión laboral de los jóvenes, tasas de crecimiento económico muy bajas o inexistentes, más deslocalizaciones de empresas, rápida erosión del poder adquisitivo, achicamiento de las clases medias y aumento de la pobreza, y mayor concentración de la riqueza en manos de la diminuta y dominante oligarquía.
 
El capitalismo llegó al límite infranqueable
 
A mediados de septiembre del 2007, cuando ya era visible la implosión de la burbuja financiera global y sus eventuales consecuencias económicas y sociales, el periodista y filósofo francés André Gorz (2) escribió lo que sería su última contribución al debate sobre los límites del capitalismo, y ese análisis que lleva por titulo “La salida del capitalismo ya ha empezado” está precedido por la siguiente síntesis: la cuestión de la salida del capitalismo nunca ha sido tan de actualidad: se plantea en términos y con una urgencia de novedosa radicalidad. Debido a su propio desarrollo el capitalismo alcanzó un límite tanto interno como externo que es incapaz de franquear y que lo convierte en un sistema muerto-vivo que sobrevive ocultando mediante subterfugios la crisis de sus categorías fundamentales: el trabajo, el valor, el capital.
 
Para Gorz, importante teórico del trabajo asalariado, de la enajenación que produce el trabajo, y uno de los pocos filósofos que dieron seguimiento a las ideas sobre el desarrollo de las fuerzas productivas y los “limites infranqueables” por el capital expresadas por Karl Marx en sus “Elementos fundamentales para la crítica de la economía política. (Borrador) 1857-1858”, la crisis del sistema que estaba manifestándose con toda su magnitud en septiembre del 2007 se debía al hecho de que la masa de capitales acumulados ya no es capaz de valorizarse por el incremento de la producción y la extensión de los mercados. La producción ya no es lo suficientemente rentable para poder valorizar las adicionales inversiones productivas. Esas inversiones productivas por medio de las cuales cada empresa intenta restaurar su nivel de ganancias tienen por efecto el desencadenamiento de formas “mortales” de competencia que se traducen, entre otras, por reducciones competitivas de (la masa) de efectivos empleados, por externalizaciones (maquilado) y deslocalizaciones, la precarización de empleos, la baja de remuneraciones, y por lo tanto, a escala macroeconómica, por la baja del volumen del trabajo que produce plusvalía y la baja del poder adquisitivo.
 
Gorz alude a la tendencia del capitalismo a aumentar la “tasa de explotación” del trabajador mediante niveles cada vez más elevados de automatización, de capital fijo respecto a la mano de obra empleada, para elevar constantemente el “plustrabajo” y el “plusvalor” extraído de cada trabajador. Y agrega que aun cuando las empresas se muden o maquilen en China, Filipinas o Sudan para bajar el costo de la mano de obra, hay un límite a la capacidad de extracción de ese plustrabajo y plusvalor por medio de la automatización, como muestran las reservas líquidas de las 500 empresas que componen el índice S&P500 (3), que en realidad son ganancias provenientes, en proporciones iguales, de la producción de bienes y de operaciones en los mercados financieros.
 
Es esta incapacidad de valorizar los capitales acumulados por la producción y el trabajo lo que, según Gorz, explica el desarrollo de una economía ficticia fundada sobre la valorización de capitales ficticios. Para mantener en equilibrio esta “bicicleta financiera” y evitar así una perniciosa recesión que desvalorice “el capital excedentario (sobre-acumulado), los poderes financieros tomaron la costumbre de incitar las familias a endeudarse, a consumir sus ingresos futuros, sus ganancias bursátiles futuras, el alza futura de las (acciones de las) empresas, las compras futuras de las familias, las ganancias que podrían producirse del desmembramiento y reestructuraciones impuestas por las “compras apalancadas” (Leverage BuyOut, LBO) de empresas que aun no han sido puestas al orden del día en materia de precarización, sobre-explotación y externalizacion de su personal”.
 
Este desenvolvimiento en Estados Unidos permitió un crecimiento económico basado en el endeudamiento interior y exterior que mantuvo, por un lado, la liquidez de la economía mundial y del crecimiento de China, los países vecinos, y por rebote de Europa, y que por el otro –subraya Gorz- hizo que la “economía real se convirtiera en un apéndice de las burbujas financieras”.
 
El totalitarismo del mercado
 
Y el filósofo francés subraya que en este contexto “ningún Estado osó tomar el riesgo de enajenarse o de inquietar las potencias financieras”, y que “es impensable que una política social o una política de ‘reactivar el crecimiento’ pueda basarse en la redistribución de plusvalías ficticias de la burbuja financiera. No hay que esperar algo de decisivo de los Estados nacionales que, en nombre del imperativo de la competitividad, en el curso de los treinta últimos años han abdicado paso a paso de sus poderes, transfiriéndolo a las manos de un casi-Estado supranacional que impone leyes hechas a la medida del interés del capital mundial del cual es la emanación. Esas leyes, promulgadas por la OMC (Organización Mundial del Comercio), la OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económico), el FMI, imponen en la fase actual () la privatización de los servicios públicos, el desmantelamiento de la protección social, la monetarización de los magros restos de relaciones no comerciales. Todo sucede como si el capital, después de haber ganado la guerra que él declaró a la clase obrera, hacia fines de la década de 1970, entiende eliminar todas las relaciones sociales que no son relaciones comprador/vendedor, es decir que no reducen los individuos a ser consumidores de mercancías y vendedores de su trabajo o de cualquier prestación considerada como ‘trabajo’, por poco que sea tarifada. () El totalitarismo del mercado se revela en todo su sentido político como estrategia de dominación”.
 
Mas adelante, en el ensayo citado, Gorz agrega que en este proyecto de “liquidación completa de la sociedad”, como lo había anunciado Margaret Thatcher, el Estado nacional pasó de ser el garante de la reproducción de la sociedad a “garante de la competitividad de las empresas”, y con esta transformación “sus márgenes de maniobra en materia de política social estaban condenados a achicarse, los costos sociales a ser denunciados como trabas a la libre competencia y a la competitividad, y el financiamiento público en infraestructuras a ser reducido por la privatización”
 
André Gorz señala que este Estado que amenaza la existencia de “bienes comunes indivisibles, inalienables e inapropiables, incondicionalmente accesibles y utilizables por todos”, tiene tendencia a impedir y si fuera necesario reprimir las acciones comunes de los individuos “unidos en un solo sujeto” contra la privatización de los bienes comunes, y agrega que cuanto más precaria devenga la dominación del Estado, mayor será la radicalización de la resistencia popular, y que la consiguiente represión estatal se acompañará de políticas estatales que “levanten los individuos unos contra los otros y designen los chivos expiatorios sobre quienes concentrar el odio”.
 
Y continúa señalando que si se tiene en mente este “telón de fondo”, los programas, discursos y conflictos que ocupan el escenario de la política parecen fuera de lugar respecto a lo que está en juego realmente. Las promesas y los objetivos avanzados por los gobiernos y partidos aparecen como jugarretas irreales que disfrazan el hecho de que el capitalismo no ofrece perspectiva alguna de futuro sino aquella de una deterioración continua de la vida, de un agravamiento de su crisis, de un desmoronamiento prolongado pasando por fases de depresión cada vez más largas y de recuperaciones cada vez más cortas. (4) No hay nada de “mejor” que esperar si uno juzga según los criterios habituales. No habrá más “desarrollo” bajo la forma de más empleos, de mejores salarios y mayor seguridad (laboral). No habrá más “crecimiento” cuyos frutos puedan ser socialmente redistribuidos y utilizados para un programa de transformaciones sociales que trasciendan los limites de la lógica del capitalismo.
 
“La esperanza puesta, hace cuarenta años, en las ‘reformas revolucionarias’ que, emprendidas desde el interior del sistema bajo la presión de las luchas sindicales, terminarían por transferir a la clase obrera los poderes arrancados al capital, ésta esperanza dejó de existir. La producción demanda cada vez menos trabajo, distribuye un poder de compra cada vez inferior a un número menor de activos; (la producción) dejó de estar concentrada en las grandes fábricas de la misma manera que tampoco lo está la fuerza de trabajo. El empleo es cada vez más discontinuo, disperso entre los prestadores de servicios externos, sin contacto entre ellos, con un contrato comercial en lugar de un contrato laboral. Las promesas y programas de un ‘retorno’ al pleno empleo son espejismos cuya única función es la de entretener el imaginario salarial y comercial, es decir, la idea de que el trabajo debe necesariamente ser vendido a un empleador y los bienes de subsistencia ser comprados con el dinero ganado; dicho de otra manera, que no hay salvación fuera del sometimiento del trabajo al capital y del sometimiento de las necesidades al consumo de mercancías, que no hay vida y tampoco sociedad fuera () del capitalismo”.
 
Hay vida y sociedad después del capitalismo
 
 Ya se prefigura esa “abolición del capital por sí mismo” a la que Marx se refería en su inconclusa obra “Elementos fundamentales para la crítica de la economía política. (Borrador) 1857-1858”. En el citado ensayo Gorz se refiere a las posibilidad de “extinguir el mercado y el trabajo asalariado” por medio de la autoproducción, de la puesta en común y de la gratuidad de recursos, y al hecho de que ya existen las vanguardias que “sustraen del capitalismo ciertas ramas de productos susceptibles de ser autoproducidos localmente por cooperativas comunales”, y cita el movimiento de los programas informáticos libres, de acceso y utilización gratuita para todos, de las redes libres en Internet, de la cultura libre como la “licencia CC” (creative commons), y también explora las diferentes ideas y experiencias –la necesidad de una política de ‘decrecimiento’ económico, la formación de cooperativas, etcétera-, que pueden conducir a “producir lo que consumimos y a consumir lo que producimos. Que nos permita cuestionarnos de qué tenemos realmente necesidad, en cantidad y calidad, y de redefinir por concertación, tomando en cuenta el medio ambiente y los recursos a involucrar, la norma de lo suficiente que la economía de mercado intentó por todos los medios abolir. La autoreducción del consumo, su autolimitación () y la posibilidad de recuperar el poder sobre nuestra manera de vivir pasan por esta vía”.
 
Lo que es evidente ya es que el capitalismo más desarrollado alcanzó el objetivo de desarrollar sus fuerzas productivas para no tener limites en la producción de bienes industriales, al mismo tiempo que tiende a reducir al mínimo el empleo de la fuerza de trabajo asalariada. Pero al crear y desarrollar este modo de producción el capitalismo no solo tiende a “abolirse a sí mismo” sino que ha creado las condiciones para la revolución social y la creación de un nuevo orden social y económica que no esté basado en la explotación del hombre por el hombre, sino en la cooperación. En un orden social -como dice Gorz- donde las actividades de producción podrán estar combinadas al aprendizaje y la educación, con la experimentación y la investigación () con la invención de nuevas formas y técnicas de agricultura, de construcción, de medicina, etc. Donde los talleres comunales de autoproducción estén interconectados a escala global, puedan intercambiar o poner en común sus experiencias, invenciones, ideas, descubrimientos. Donde el trabajo será productor de cultura y la autoproducción una forma de plenitud.
 
Para André Gorz dos circunstancias argumentan a favor de este tipo de desarrollo: La primera es que la economía capitalista no está en capacidad de utilizar las enormes competencias, talentos y creatividad que existen actualmente. Este excedente de recursos humanos sólo puede devenir productivo en una economía en la cual la creación de riquezas no esté sometida a los criterios de la rentabilidad. La segunda es que “el empleo es una especie en vías de extinción”.
 
La Vèrdiere, Francia.
 
2.- André Gorz se suicidó junto a su esposa el 22 de septiembre del 2007, a los 84 años. Este ensayo -que citamos abundantemente y en una “traducción libre”- fue escrito por Gorz en dos versiones, la primera fechada el 16 de septiembre y destinada a la Université d’Utopia, que puede ser leída en http://kinoks.org/spip.php?article214 , y la segunda del 17 de septiembre para la revista EcoRev http://ecorev.org/spip.php?article640 , que existe en español.
3.- Las principales empresas estadounidenses del S&P500 están “sentadas” actualmente en más de un millón 500 mil millones de dólares (1 billón y medio) según el economista Paul Krugman http://krugman.blogs.nytimes.com/2011/07/02/cash-is-not-the-problem/
4.- Ver el artículo The Lesser Depression del economista Paul Krugman, en el New York Times del 21 de julio 2011, donde se evoca un escenario similar.
 
– Alberto Rabilotta es periodista argentino.