Introducción

Cuando los presidentes progresistas de América Latina observaban la campaña presidencial de Barack Obama en 2008, pensaron que quizás por fin habría un presidente estadounidense que cambiaría la política exterior de Washington hacia la región. Parecía que llegaba otra sublevación electoral en el hemisferio occidental, igual a la que llevó al poder a Lula da Silva, Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Fernando Lugo, y Tabaré Vásquez. Antes de la elección de Obama, el presidente Lula da Silva de Brasil expresó este sentimiento: “De la misma forma que Brasil eligió a un obrero metalúrgico, Bolivia eligió a un indígena, Venezuela eligió a Chávez, y Paraguay un obispo, creo que sería un avance extraordinario si en la economía más grande del mundo un hombre negro fuera electo.”

En un sentido, el cambio electoral se debió a causas similares en el hemisferio. América Latina osciló hacia la izquierda en gran parte por el fracaso del neoliberalismo: entre 1980-2000, experimentó el peor rendimiento económico desde hace más de un siglo. Más de una generación de latinoamericanos había perdido la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida. En el caso de Estados Unidos no fue tanto por el bajo crecimiento económico (aunque el producto interno bruto per cápita sí se redujo considerablemente durante la época neoliberal), sino por el aumento enorme de la desigualdad y, por supuesto, la peor recesión desde la Gran Depresión que al final motivaron a los votantes a exigir un fin al movimiento del país hacia la derecha que había durado cuatro décadas.

En abril de 2009, pocos meses después de asumir el cargo, Obama parecía ilusionar a América Latina en la Cumbre de las Américas en Trinidad. Comportándose como el organizador comunitario que era, Obama se acercó a Chávez para estrecharle la mano – una imagen que se difundió inmediatamente por el mundo y enfureció a la derecha. Obama hizo declaraciones sin precedentes para un presidente de Estados Unidos, reconociendo que “a veces intentábamos imponer nuestras condiciones”. Hasta lo impresionó a Raúl Castro; cuando Obama redujo las restricciones de viajes y remesas (sólo para los cubano-americanos), Castro respondió diciendo que estaba dispuesto a dialogar sobre “derechos humanos, libertad de prensa, presos políticos, todo.” Agregó, “Podemos estar equivocados, lo admitimos, somos humanos.”

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Mark Weisbrot es codirector del Centro de Investigación en Economía y Política (CEPR) en Washington, D.C.