Mal momento, o entreguismo. ¿A qué va el presidente mexicano Felipe Calderón de visita a Washington con el presidente estadounidense Barack Obama? Ni las circunstancias internas político-económicas de México, ni las de Estados Unidos son las más propicias. Como tampoco lo es el ejercicio de la política exterior de ambos países.
 
Más parece que los asesores de Calderón andan perdidos porque en sus análisis de las relaciones México-EU no aplican la variable de la geopolítica y responden a los caprichos de su presidente; o de plano es la disponibilidad y la tolerancia al permitir cualquier tipo de injerencia en los asuntos internos de México, no únicamente por la diplomacia, como lo confirman los cables de Wikileaks que pone a disposición el diario La Jornada.
 
Porque, por un lado están las declaraciones de las últimas semanas por los funcionarios estadounidenses que abordan el asunto de la seguridad interna —su política de “seguridad nacional” que cambió tras el 11/S, 2001— y rayan en la amenaza militarista-intervencionista, sin el revire adecuado por parte del gobierno mexicano en cualquiera de sus instancias, incluido el poder legislativo. Por otro los acontecimientos últimos de violencia que rayaron en el lamentable deceso de un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.
 
Más resalta el peligro por la desatención que sendos problemas representan para la soberanía nacional, porque las protestas contra el espionaje de la diplomacia estadounidense, revelado por los cables Wikileaks, no han pasado del enojo y sellar el picaporte de los Pinos al embajador Carlos Pascual [cuando el asunto requería una protesta contundente y un trato directo, cara a cara entre Calderón y Obama]; así como el esclarecimiento o detención de los presuntos autores del atentado contra los dos agentes estadounidenses, Jaime Zapata y Víctor Ávila, de autoría Zeta. Un problema que fue resuelto tan rápido que ni los mismos congresistas de EU se la creen.
 
Dilemas para la política exterior de México, que más bien muestra los signos de debilidad diplomática y de política exterior; problemas que genera el protagonismo de la política de “seguridad nacional” estadounidense en países como México. En otras palabras. Las muestras de debilidad de Felipe Calderón son consecuencia de la ilegitimidad con la que ganó las elecciones en 2006. El apoyo que le brindaron en ese momento los estadounidenses les dio carta abierta para intervenir abierta y cínicamente en los asuntos internos de México. Desde entonces se ha incrementado, tan solo verlo hoy, el número de espías a sueldo de los EU en México.
 
Los cables, otra vez de Wikileaks, ponen al descubierto el tan delicado tema.
 
El asunto del injerencismo que raya en el intervencionismo. Los cables de 2009 que describen a un presidente mexicano “acosado” por “la violencia del crimen organizado al alza, crisis de las finanzas, problemas internos en el PAN, un margen de maniobra disminuido en el Congreso, pobreza y desigualdad crecientes y un cuestionamiento público cada vez mayor sobre su estrategia contra el crimen organizado”, según el diario citado.
 
Un escenario descrito desde la embajada estadounidense, previo a la visita de Obama a Guadalajara en 2009, a cargo del entonces encargado de negocios, John Feeley, cuando Pascual no había sido confirmado como embajador. Entonces se prevenía a Obama que podría exigirle a Calderón al menos dos cosas: 1) “Un manejo más transparente ante la acusaciones de violación de los derechos humanos, especialmente en los tribunales del fuero militar”; 2) La extradición de presos, de “los jefes de alto rango de los carteles del narcotráfico, no solamente sus lugartenientes”.
 
Y prevenía, la embajada a Obama, igualmente sobre la posible presión de que Calderón para la prolongación del Plan Mérida más allá de los tres años y detener el flujo de armas hacia México. Sobre las violaciones a los derechos humanos Calderón respondería con el “esfuerzo escrupuloso”, y quienes “señalen lo contrario están obligados a probar un caso —¡un solo caso!— en que no haya actuado la autoridad”.
 
Hoy bien podrían ser los mismos temas, porque quien determina la agenda no son la diplomacia mexicana sino la gringa. Tan solo el caso Pascual. Es casi seguro que Calderón no pedirá su retiro [¿o sí?]; el tema se ha quedado solo en no recibirlo en Los Pinos. No habrá protestas del presidente mexicano al de EU por este y otros temas como el del flujo de armas o los recursos del intervencionista Plan Mérida, que no llegan.
 
Eso sí. Seguramente Calderón entregará cuentas de la presunta eficiencia y prontitud con la que se resolvió el asesinato de Zapata. Los demás temas quizá sean mencionados, como el de los inmigrantes. Pero no obtendrá nada. Siquiera una aclaración de asuntos tan delicados como el retiro de tropas del ejército mexicano de ciudades fronterizas como Ciudad Juárez o Tijuana; localidades en donde “el gobierno de México se prepara para bajar el perfil de los militares”. Es lo que ahora resulta de los cables Wikileaks. Igualmente la intervención para “modernizar al Ejército Mexicano” y, peor aún, “ayudaremos al gobierno a consolidar las instituciones [sic] penales del poder civil y a retirar gradualmente a los militares de la vigilancia en las calles, una tarea para la cual no tienen ni atribuciones legales ni capacitación”. Todo con un “compromiso sin precedente” por parte de la administración de Felipe Calderón.
 
Por eso cabe la suspicacia, ¿a qué va Felipe Calderón a EU? Cada vez queda más claro que mientras Calderón hace política de entreguismo, Obama hace geopolítica contra el mundo. Ni más ni menos que cuando Bush llegó de visita al rancho San Cristóbal, la casa del entonces presidente Vicente Fox, decretó el bombardeo a Irak. Lo mismo ahora, mientras Calderón anda de visita en Washington, Obama tiene su arsenal listo para invadir Libia. Por eso es que los tiempos no son propicios para visitas, así sea entre amigous, como siempre aparentan, los presidentes de EU a los de México.
 
La agenda de los temas mexicanos quedará, como siempre, en el tintero, alentada por el entreguismo de los gobiernos del PAN a la política de espionaje y belicista del imperio estadounidense.