Se precisa de una buena dosis de caradura para salir, en la víspera del inicio del quinto año de gobierno, con la máxima del estadunidense Dick Morris y el español Antonio Solá en el segundo trimestre de 2006 –Andrés Manuel López Obrador “es un peligro para México”–, ratificar la vigencia de la intolerante sentencia publicitaria repetida hasta la náusea y escudarse para ello en los 15 millones de electores que sufragaron por Felipe Calderón y omitir que hoy muchos de ellos no ratifican su apoyo.
 
El adjetivo no pretende exhibir irrespeto al orador gubernamental que con más frecuencia convoca a las fuerzas políticas, los agentes económicos y sociales a impulsar la unidad nacional, sin ninguna base sustantiva por cierto, y que con desatino singular pretendió representarla con la presencia de Carlos Salinas y Vicente Fox en Palacio Nacional, durante la noche del Grito.
 
Sí pretendo mostrar que el abogado, economista y administrador público que aún arrastra un severo déficit de legitimidad, hizo honor a la definición del diccionario: “caradura adj./s. com. fam. Se aplica a la persona que habla u obra con desfachatez y descaro o con poca vergüenza”.
 
Mas son los propios compañeros de su partido, Acción Nacional, los que le explican al inquilino principal de Los Pinos que “Hay momentos para competir y otros para coincidir y gobernar” (Santiago Creel). El hecho de que Calderón Hinojosa, por un lado llame a la unidad y, por otro, arremeta contra todo el que discrepe de él, “es un error que divide a los mexicanos. Ayudémoslo a entender”, solicitó Manuel Espino para “el chaparrito, peloncito y de lentes” y aprovechó para explicar que él nunca estuvo de acuerdo con el entonces candidato presidencial, Felipe del Sagrado Corazón de Jesús, en calificar a López Obrador de “un peligro para México”.
 
Por si lo anterior no fuera suficiente para evidenciar la sensibilidad de paquidermo –con todo respeto a los elefantes– ostentada por el esposo de la cada vez más protagónica Margarita Zavala, consejeros del Instituto Federal Electoral censuraron la declaración presidencial y le recordaron el abc: “tiene una responsabilidad superior de generar un clima de armonía y entendimiento entre los actores políticos”. El consejero presidente dijo sin rodeos que no comparte el juicio draconiano y la presidenta del Tribunal Electoral del Poder Judicial pintó su raya con el craso error de exprimir limones en la profunda herida que Calderón y sus estrategas electorales abrieron en el cuerpo social en julio de 2006 y que, desde entonces, mantiene divididos y polarizados a los mexicanos. No se olvide que buena parte de los 15 millones de electores que también sufragaron por AMLO, y muchos más que no lo hicieron, perciben que la voluntad ciudadana fue ignorada, burlada por los órganos electorales, sometidos por los poderes fácticos que encumbraron al rijoso en la Presidencia.
 
Para dirigentes y legisladores de los partidos Revolucionario Institucional, de la Revolución Democrática y del Trabajo la naturaleza facciosa de la conducta del michoacano de Morelia obedece a que “se convirtió en jefe de campaña del PAN” y abandonó sus obligaciones como titular del Ejecutivo federal. Pero las opiniones de Creel Miranda y de Espino Barrientos indican que ni siquiera al blanquiazul en su conjunto lo representa y dirige Calderón. Sólo a una parte, la mayoritaria sí. Y menos aún a la República con su grupo gobernante saturado de amigos, socios e intereses privados.
 
El presunto peligro para México, también denominado El señor López, con toda la carga racista y de clase, respondió con precisión: Calderón debe pedir perdón a los mexicanos por el desastre al que condujo al país.  
 
Utopía 885
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