Bases militares
 
Las declaraciones de Arturo Valenzuela, encargado por USA de la diplomacia para América Latina, sobre el tratado que autorizaba el uso de siete bases colombianas por el Imperio decadente, tranquilizaron a la Humanidad que veía en él una seria amenaza a la paz regional.
 
 Sin duda, aportaba otro foco al conflicto mundial que insiste en desatar el sionismo a través de su gran colonia americana y con la complacencia del títere Obama.
 
Este extraño mestizo está resultando más mentiroso que Bush, el potentado traidor de su pueblo y violador universal de los derechos humanos dizque para combatir el “terrorismo” que se inventó con su socio Osama Bin Laden.
 
El presunto propósito de las bases era fortalecer la lucha contra el narcotráfico. Pero se le agregó el anticonstitucional e inadmisible de autorizar al Imperio para intervenir abiertamente en el conflicto interno, lo que nos convertiría en otro Afganistán, pues sólo falta la invasión abierta para quedar igual que el país paria del medio oriente, dedicado al tráfico de heroína y gobernado por un presidente espurio, nacido del fraude electoral, como los de Colombia últimamente, sobre todo.
 
Afortunadamente, la comunidad mundial decente jamás se tragó esos cuentos, ni USA pretendió sostener tan deleznables y modestos pretextos como los motivos reales para la anticonstitucional invasión del territorio de un país soberano que disfruta de una posición geográfica privilegiada.
 
Para todos era claro el carácter estratégico del sitio tanto como de las armas y los equipos militares que se instalarían.
 
Los invasores usanos, muchos de ellos asesinos profesionales (o mercenarios) protegidos con inmunidad diplomática, constituyen una clara amenaza regional orientada a apoyar la guerra mundial que salve al Imperio de una crisis cada vez peor y que tenemos la obligación de volver definitiva si conservamos algo de dignidad y lucidez.
 
Se trató de una imposición al gobernante lacayo, Álvaro Uribe, inicialmente dirigida a remplazar la base ecuatoriana de Manta, que el gobierno independiente de Rafael Correa rechazó mantener más tiempo en su territorio, negándose a prorrogar el acuerdo firmado por el vendepatria Jamil Mahuad diez años antes, en 1998.
 
 Pero la generosidad del capo -con mano de hierro para el ciudadano independiente y corazón de cortesana con los potentados, interesado en conservar el apoyo del Imperio para evitar pagar sus delitos de todo tipo-, lo indujo a ofrecerles cuatro locaciones, que luego extendió a siete y rodeó de gabelas increíbles para los criminales extranjeros.
 
Así logró evitar que se trasladasen a Perú, donde gobierna el lacayo Alan García, también tan dispuesto a servirles incondicionalmente a los amos comunes, esos que les trazan e imponen las políticas sociales, económicas y militares a los países dependientes de América Latina, desde México hasta Chile, a tono con la doctrina de James Monroe, ya casi doblemente centenaria y que Bolívar tuvo la agudeza de denunciar y repudiar oportunamente, aunque sin lograr derrotarla o despertar en sus sucesores sentimientos de dignidad que le otorgasen independencia verdadera a la presunta libertad conquistada al expulsar a los imperios europeos.
 
Afortunadamente, la oportuna reacción de los países con arrebatos soberanos, tras una lucha permanente de más de un año, llevó a reacomodar la estrategia bélica del Imperio absurdo.
 
 Arturo Valenzuela dejó al arbitrio de Colombia el futuro del sórdido pacto porque ya USA había hallado la manera de defender sus intereses sin tener que exigir el Acuerdo.
 
 De esta manera se demuestra que las luchas contra el narcotráfico y la subversión no eran más que maquillajes para ocultar el acto expansionista de gran potencia de USA, orientado a fortalecer los planes de guerra mundial; lo cual tampoco le resta gravedad a la intervención en los asuntos internos de los países lacayos, que se atribuye como su derecho histórico; ni deja de ser una amenaza aterradora para la existencia soberana de los pueblos, en particular del colombiano.
 
“Es muy posible que ya no necesitemos algunos de estos elementos particulares del acuerdo”, dijo Valenzuela durante un debate en un centro de ideas en Washington, informó la prensa a mediados de la segunda semana de septiembre.
 
 ¡Qué salvada nos pegamos!
 
Furibismo desmasterizado
 
Ojalá que Santos tenga la independencia suficiente para rechazar el guerrerismo en las relaciones internacionales.
 
Desgraciadamente, en el manejo del conflicto interno (cuya existencia siempre negó Uribe de dientes para afuera, aunque lo usó para adelantar y justificar toda clase de saqueos, amenazas y otros crímenes) parecería ser Uribe quien sigue trazando la política y dando las órdenes, pues de lo contrario no se explica el rechazo rotundo, en la práctica, a explorar vías de diálogo con la subversión, que recojan el clamor de la sociedad civil y comprometan seriamente a los guerrilleros.
 
 Ese no es el talante de Santos, sin pretender que sea algún santo. Al menos, se le ve poco dispuesto a ser su peón y no es tan mediocre e inepto como los furibistas.
 
Pero éstos exigen intensificar la guerra interna para seguir apoyándolo. Pretenden evitar que las aguas se calmen y la sociedad les cobre sus crímenes.
 
 No caen en cuenta de que tal apoyo es una deshonra y un baldón para cualquiera que lo acepte, ni que se les están evaporando las supuestas mayorías que asustarían a los políticos calculadores. Los apoyos a Uribe los ha capitalizado Santos.
 
 
 
Son personas decentes pero aterradas con la guerrilla. Y comprenden que Santos las combate tanto o más que el mismo Uribe, pero a un precio mucho menor para la patria, sin pisotear tanto las instituciones ni violar las normas convenidas por la sociedad en su Constitución de 1991.
 
Más que un dictador carismático, aunque su enorme caudal electoral se fundó en los votos cautivos de los parapolíticos, prefiere ser un presidente respetuoso de la división convencional de poderes.
 
A todos nos conviene que Santos se percate de que la gente honesta que engañó Uribe está abriendo los ojos y le está quitando su respaldo a medida que conoce su verdadera catadura y el daño tan grande que le causó a la patria.
 
Ya los medios no tienen interés en ensalzarlo. Prefieren, y les conviene, empezar a denunciar sus numerosas violaciones a las normas vigentes, acogiendo la tesis de que la política es dinámica, esgrimida por el actual ministro de Defensa, el furibista Rodrigo Rivera, un auténtico colado en el gabinete santista.
 
 Sus denuncias aumentarán a medida que Santos, seguro de sí mismo, demuestre que detesta a esas clases emergentes criminales, que tan bien supo utilizar para salir electo presidente pero que no quiere mantener impunes y dispuestas a traicionarlo.
 
Progresivamente, en el furibismo sólo van quedando los bandidos que endiosaron a su jefe para garantizarse impunidad mientras hacían fortuna o legalizaban las obtenidas con el narcotráfico y otros delitos.
 
Además, Uribe no podrá seguir negando sus responsabilidades para prolongar su impunidad, pues fue la cabeza visible de un gobierno criminal cuyos funcionarios eran incapaces de actuar sin la autorización del peligroso capo enrazado en tigre, según el mismo sostenía.
 
Es imposible que las chuzadas del DAS no hayan sido ordenadas por él, o que fuese ajeno a los “falsos positivos”, o a los negociados con el patrimonio público mediante algunos de los cuales logró aumentar inmensamente el patrimonio de su núcleo familiar.
Con otros negociados dejó al país en la ruina y a punto de sufrir el más despiadado saqueo de su historia gracias a la inversión extranjera en minería, que tan alegremente promovió y contrató, y que Santos debe rechazar si le interesa conservar la biodiversidad que caracteriza nuestro privilegiado territorio.
 
 Nada compensa el daño a la biosfera. Ni siquiera que las regalías se destinen a los damnificados en vez de dejarlas en manos de los intermediarios que se las roban. Cualquiera que sea su destino, el daño a la naturaleza es irreparable e inaceptable
 
En cualquier caso, constitucionalmente Uribe tiene toda la responsabilidad penal, civil y administrativa por los crímenes de Estado cometidos durante sus dos mandatos espurios y macabros.
 
Santos debe entenderlo y arriesgarse a romper esos vínculos que desacreditan su gestión, hasta ahora decorosa y con buenas perspectivas si repudia a la mafia y al Neoliberalismo. Pero es un sueño inalcanzable para un lacayo, por aristocrático y experimentado que sea. Ninguno es capaz de enfrentarse al Imperio ni desobedecer sus órdenes, de modo que es tontería hacernos ilusiones.
 
Pero, mientras haya vida habrá esperanzas. No olvidemos que el poder reside en el pueblo, de modo que no podemos supeditarnos a los cálculos de Santos para evitar ejercer nuestra soberanía personal y expresarnos en defensa de nuestros intereses.
 
Tenemos el poder para apropiarnos de nuestras vidas y exigirles a las “autoridades” que dejen de atropellarnos.
 
La condición es expresarnos, sentirnos dignos e iguales en derechos en vez de siervos de San Pedro o de cualesquiera otros santos, como los tontos Ananías y su esposa.