Siempre alrededor del 20 de julio en Honduras se habla y se causa una leve vibración al recordarse –cada vez con menos entusiasmo y civismo – el dia de Lempira: Ese lenca, aborigen centroamericano que simbólicamente representa la libertad, el orgullo de nuestra raza, guerrero defensor de su querida tierra y de la cultura maya de la cual todos nos sentimos orgullosos –del diente al labio de ser sus herederos, aunque honestamente, desconocemos qué es esa cultura aborigen y cuál fue el esplendor de la misma.
 
Si Lempira –por alguna razón esotérica y mística-– volviese a la vida, quedaría asombrado de la condición social y humana de sus descendientes mestizos, pues aunque vestimos mejor y disfrutamos de algunos adelantos físicos que en apariencia nos coloca en posición avanzada en relación con nuestros antepasados indígenas americanos, pero en lo concerniente a la expresión cultural y humana, se puede decir que nuestra cultura actual no se ha desprendido del subyugamiento colonial y ahora imperial.
 
Sabemos que en 1821 obtuvimos pacíficamente nuestra independencia política del imperio colonial español, que poco a poco perdía poderío para dar paso a otras potencias europeas y a los Estados Unidos. Pero el pueblo hondureño junto con los demás pueblos hermanos centroamericanos cayó bajo la influencia de esas potencias, principalmente en el aspecto económico y posteriormente en el aspecto político.
 
¿Qué somos entonces, los hondureños? Socialmente tenemos un profundo desprecio hacia nuestros propios valores culturales, por creer que son insignificantes, ello nos empuja a imitar valores extraños a nuestra cultura, raza e idiosincrasia. Conocemos más lo que acontece en los Estados Unidos que lo que vive Honduras y sus moradores.
 
Recordamos con más fidelidad el nombre de ciudades personajes, ríos, mares, lagos y regiones de otras partes del mundo, que los ríos valles, ciudades, pueblos, municipios, próceres, insignes maestros o de hondureños dignos de recordárseles o de imitárseles. Carecemos de escritores abundantes, artistas, científicos y estadistas.
 
No fomentamos las ciencias, ni las artes ni los oficios. Aunque hay más estudiantes en las escuelas, los colegios y en las universidades, el rendimiento es exageradamente menor y con tendencia a la disminución. No es que las generaciones pasadas manejaran más información o mayor profundidad escolástica, sino que lo poco que se aprendía, se aprendía bien.
 
Socialmente la sociedad hondureña y más la juventud, recibe una influencia tanto negativa como positiva a través de algunos medios de comunicación social, tales como: la radio, el cine, la televisión la lectura de revistas idiotizantes, los periódicos y las tiras cómicas dizque para la niñez y solo enseñan fealdad en personajes negativos y diabólicos; acontecen casos curiosos: Tarareamos canciones en idiomas que no entendemos; vestimos solo pantalones de mezclilla y que ahora son denominados ‘yines’, pero deben ser con membretes de marcas extranjeras, pues consideramos los manufacturados en Honduras como de calidad inferior, estamos enterados de las últimas noticias de la farándula artística del cine estadounidense, inglés, europeo y mejicano, sabemos al dedillo los títulos de las telenovelas y por el acento de los protagonistas captamos si es gaucha, venezolana, brasileña o mejicana; identificamos el nombre de los cantantes internacionales mitificados por la propaganda alienista y consumista, pero somos incapaces de nombrar a los cantantes y artistas hondureños; vivimos ávidos de los envíos periódicos de la literatura de poco valor, de los programas televisivos y películas violentas, pornográficas, perversas, viciosas y negativamente didácticas…
 
Por medio de esos canales de difusión social emulamos los vicios y la degradación moral de la cultura occidental, donde el maquinismo y el automatismo están destruyendo la integridad física y moral del hombre occidental; y la población hondureña ­–tercermundista y subdesarrollada –, ha acogido con gusto la civilización moderna. Adoptando con rapidez y avidez el modo de vida y las maneras de obrar y de pensar de la nueva era. Ha dejado de lado sin vacilar sus viejos hábitos porque esos hábitos reclaman un esfuerzo mayor.
 
Los hondureños hemos aceptado gustosamente el privilegio de no estar nunca solos, de disfrutar de las continuas diversiones de la ciudad (sexo, licor, droga, tabaco y desprecio contra lo establecido), de formar parte de inmensas multitudes, de no pensar nunca.
 
Eso es lo que busca la sociedad de consumo de occidente, tener a nuestro pueblo inundado de porquerías compradas y mantener nuestros morbosos apetitos colmados, tiras cómicas, sociales que alimentan el ego y muy ocasionalmente se encuentran documentales científicos, literarios o de carácter orientador.
 
Políticamente es donde nos encontramos con situaciones pintorescas y dolorosas, pues los hondureños no dictamos nuestras propias pautas para administrar, organizar y dirigir nuestro gobierno ni mucho menos la nación, algunos hondureños, especialmente durante las fiestas patrias, han ponderado seriamente nuestra situación y han llegado a la conclusión de que no somos políticamente libres.
 
Internamente los hondureños nunca hemos elegido a nuestros gobernantes. Hemos votado por ellos, pero no los hemos elegido. A voces se autoeligen, o son nombrados de dedo, o con el peso del dinero compran posiciones y al pueblo le toca asistir en masa a las elecciones nacionales a depositar su voto por individuos que no conoce pero que harán y desharán de su futuro una vez empoltronados en el poder.
 
En otras circunstancias ‘nuestros’ líderes son nombrados desde fuera de nuestras fronteras por intereses económicos y políticos poderosos que consideran a nuestro país tercermundista simple peón del tablero político mundial.
 
Los hondureños carecemos de una política interna –ni mucho menos externa– de comportamiento oficial donde los intereses hondureños estén bien definidos y que los funcionarios de turno luchen por esos intereses y conceptos para que sean ampliados fortalecidos y defendidos.
 
Cuando ocasionalmente un hondureño con madera de estadista plantea posiciones verdaderamente independientes, es de inmediato catalogado por algunos hondureños –militares y civiles que disfrutan del poder, de comunista para impedirle que este líder conforme algún poderío popular y llegue al poder político.
 
Existe la creencia que la política hondureña es diseñada y aprobada en la embajada estadounidense y no en la casa de gobierno ni en el Congreso Nacional; y el pueblo dice –por algo será– que el verdadero poder no es de color rojo, ni azul sino rojo, blanco, azul y estrellitas.
 
Todos los hondureños de una manera u otra hemos hablado, discutido, criticado y denigrado la cuestión económica nacional y la responsabilidad del hondureño de hacer buen uso o mal uso de nuestra riqueza física. Se sabe que todo lo que genera beneficio es cambio, todo lo que Honduras produce y vende fuera de sus fronteras trae dinero que no es hondureño, a esa corriente o flujo de dólares u otras pecunias se le llama divisas, o si se quiere, oro.
 
El problema estriba en que Honduras no tiene la fuerza necesaria para exigir el precio justo por sus productos nacionales, pero sí tiene que aceptar obligadamente los precios crecientes de los productos importados que no puede producir y que necesita para el desenvolvimiento de todo lo que requiera fuerza de trabajo, tecnología, manufactura, alimento y medicina, maquinaria y equipo, etc.
 
Si los países tercermundistas, como Honduras, impusieran los precios de sus productos agrícolas y de sus materias primas, el problema estaría resuelto, pues los ingresos por las importaciones serían crecientes cada año.
 
El panorama es deprimente pues no se ve una solución clara e inmediata para que Honduras salga de estas oscuras condiciones. La liberación de Honduras, de nosotros, de la dependencia económica, política, social y económica, dependerá del forjamiento de un nuevo ser humano hondureño y su respectiva cultura, con nuevos valores morales y educacionales descansando sobre una sólida base de civismo y patriotismo, honradez y estadismo.
 
El cacique Lempira murió defendiendo sus principios, la cultura heredada de sus antepasados Y su valioso espacio vital; nosotros, sus descendientes, en cambio, abrimos los brazos ante todo lo extranjero, sea bueno o malo, aceptamos gustosamente hacer a un lado nuestros valores para inclinarnos por los valores exógenos pues creemos que nuestros valores no valen nada.
 
Si continuamos con esta tendencia entreguista peligramos como pueblo y como cultura, podríamos desaparecer y la decisión ya no depende de los viejos y los actuales dirigentes, depende exclusivamente de la juventud hondureña