En marzo de 2009, México fue el primer país en desarrollo en proponer una drástica reducción de sus emisiones contaminantes, comprometiéndose a recortarlas, unilateralmente, en un 50 por ciento para 2050. Como es sabido, México es responsable, a nivel mundial, del 1. 6 por ciento de emisiones contaminantes responsables de provocar el llamado efecto de invernadero. En aquella oportunidad, México mostró un liderazgo indiscutible en la materia, asumiendo responsabilidades y compromisos cruciales, aunque, hay que decirlo, no vinculantes. De ahí que el anuncio reciente de parte de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) de que aumentará el uso de carbón de 10 a 25 millones de toneladas de aquí a 2024 para generar energía, cause tanta preocupación. El carbón es uno de los principales responsables de las emisiones de bióxido de carbono (CO2) y junto con el gas metano (CH4), el óxido nitroso (N2O), los hidrofluorocarbonos (HFC), los perfluorocarbonos (PFC) y el hexafluoruro de azufre (SF6), son los que principalmente provocan el calentamiento global.
 
Sin embargo, el anuncio de la CFE no va contra las tendencias mundiales. En un análisis sobre el panorama energético mundial elaborado por la Unión Europea, se señala que durante el período 2000-2030 la demanda mundial de energíaaumentará a un ritmo aproximado del 1. 8 por ciento anual. El impacto del crecimiento económico y del crecimiento demográfico (que se situarán, respectivamente, en una media anual del 3. 1 por ciento y el 1 por ciento) se verá equilibrado por una disminución anual de la intensidad energética del 1. 2 por ciento, como consecuencia del efecto combinado de los cambios estructurales en la economía, los avances tecnológicos y el incremento los costos de la energía. Los países industrializados experimentarán una disminución del crecimiento de su demanda energética, que pasará a situarse a un nivel cercano al 0. 4 por ciento/año en el caso de la Unión Europea. A la inversa, la demanda energética de los países en desarrollo, crecerá rápidamente. Se espera que en 2030 más de la mitad de la demanda mundial de energía se origine en países en desarrollo (hoy, dicha demanda representa el 40 por ciento).
 
En el mismo informe se insiste en que el sistema energético mundial seguirá estando dominado por los combustibles fósiles, los cuales representarán casi el 90 por ciento del total de la energía suministrada en 2030. El petróleo se mantendrá como principal fuente de energía (34 por ciento), seguido del carbón (28 por ciento). Casi dos tercios del aumento del suministro de carbón entre 2000 y 2030 procederán de Asia. Las proyecciones muestran que el gas natural llegará a representar una cuarta parte del suministro energético mundial en 2030, como consecuencia de un incremento debido, principalmente, a la necesidad de generar electricidad. En la Unión Europease espera que el gas natural se convierta en la segunda fuente de energía después del petróleo, aunque por delante de la hulla y el lignito. La energía nuclear y las energías renovables pasarían a representar, conjuntamente, algo menos del 20 por ciento del suministro energético de la Unión Europea.
 
Otros datos importantes señalados en el informe de referencia son que se prevé que el mantenimiento del predominio de los combustibles fósiles implicará un incremento de las emisiones de CO2 superior al crecimiento del consumo de energía (2. 1 por ciento anual por término medio). En 2030 las emisiones mundiales de CO2 serán más del doble de las registradas en 1990. Con arreglo a las proyecciones para 2030, en la Unión Europea estas emisiones serán superiores a las registradas en 1990 en un 18 por ciento, mientras que en EEUU el aumento será de cerca del 50 por ciento. Los países en desarrollo, cuyas emisiones de CO2 sólo representaban un 30 por ciento del total en 1990, serán causantes en 2030 de más de la mitad de las emisiones mundiales.
 
¿Qué hay del petróleo, combustible menos contaminante que el carbón? Las reservas actuales a escala mundial bastarán para satisfacer la demanda proyectada para las dos próximas décadas. Sin embargo, es posible que la disminución de reservas convencionales de petróleo constituya un motivo de preocupación a partir de 2030. Esta situación sólo se ve parcialmente compensada por el aumento de las reservas de petróleo no convencionales. Las reservas de gas natural son abundantes y se prevé que aumenten en cerca del 10 por ciento. En este período, las reservas de carbón no estarán sujetas a restricción alguna.
 
Así las cosas, mientras que el petróleo se agotará en el mediano plazo, no parece que el carbón corra con la misma suerte, lo que lo convierte en un combustible confiable en términos de su disponibilidad. En la República Popular China, donde las importaciones de petróleo han crecido al punto de que las autoridades consideran que el país ya enfrenta una vulnerabilidad en su seguridad nacional por esta causa, se sigue fomentando el uso de carbón, pese a que, como ya se venía señalando, se trata de un combustible con menor poder térmico que el petróleo y sobre todo, mucho más contaminante. Justamente es en el continente asiático y también en África que se prevé que se concentrará la mitad de la explotación mundial de carbón hacia el 2030.
 
Por lo tanto, en los debates sobre los compromisos internacionales encaminados a reducir las emisiones contaminantes, se pierden de vista las tendencias energéticas actuales, o al menos así parece que ocurre en el caso de México, porque no existe relación entre el compromiso unilateral anunciado por las autoridades en marzo de 2009 para reducir las citadas emisiones, y las declaraciones recientes de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) de que México no tiene compromisos de reducciones contaminantes (sic) por lo que puede emplear el carbón (sic) y que actualmente no hay límites a las emisiones porque no hay acuerdos internacionales (sic) (estas declaraciones fueron reproducidas por El Universal en http://www.eluniversal.com.mx/primera/34915.html ).  La primera observación es que Presidencia y SEMARNAT deberían comunicarse más seguido para evitar estas incongruencias.
 
Pero lo más importante de todo este debate es la suerte que puede correr la 16ª Conferencia Internacional sobre Cambio Climático (también llamada COP 16) a celebrarse en Cancún a fines del presente año, y que se propone consensar un acuerdo jurídicamente vinculante en torno a las medidas conducentes para mitigar las causas del cambio climático a partir de 2012. Hay muchas voces que estiman que puesto que suscribir un acuerdo jurídicamente vinculante será muy difícil, sería mejor apostar a compromisos voluntarios –como el expresado por México en marzo de 2009- de parte de las naciones para lidiar con el problema. En sí, es un debate muy complejo, porque por una parte, si se tiene un acuerdo jurídicamente vinculante que nadie respete, su utilidad práctica sería escasa. Pero por la otra, si todo se deja al voluntarismo y a lo que cada país decida reducir, se corre el riesgo de que, como no hay obligatoriedad, nadie cumpla nada, a costa por supuesto, del incremento de los problemas ambientales del mundo.
 
Por eso sería importante una aclaración, de parte de las autoridades mexicanas, en torno a la postura que asumirán de cara a la llamada COP 16, es decir ¿apoyará México un acuerdo obligatorio i. e. jurídicamente vinculante, o bien favorecerá el esquema de reducciones voluntarias de las emisiones contaminantes? Aunque una cosa no está peleada con la otra, el uso cada vez más intensivo del carbón y el agotamiento de las reservas de petróleo en México, demanda una estrategia energética claramente definida para el mediano y largo plazos, algo de lo que las autoridades, por lo menos al día de hoy, no han dicho una palabra.
 
– María Cristina Rosas es profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México