“La religión sin la ciencia estaría ciega, y la ciencia sin la religión estaría coja también”: Albert Einstein (1879-1955).
 
Valga apuntarlo, como dice el refrán, “por si las moscas”. Pero quizá nada tenga que ver con aquello de que se están cumpliendo las profecías antiguas, de hombres como Nostradamus o de culturas enteras como los mayas (tan misteriosos, tan cósmicos, pero tan nuestros), o que sea una suerte de fin de los tiempos como los marcó el Apocalipsis bíblico hace casi 2 mil años —con todo y que las señales pasen por una prevista y muy marcada crisis al interior de la Iglesia católica, como sucede ahora bajo la égida del Papa Benedicto XVI—, pero lo cierto es que como raza humana y “civilizada”, la Madre tierra ya nos está cobrando la factura.
 
Mucho se ha dicho, sobre todo a partir de la década de los 90 del siglo XX hacia acá cuando se han agudizado las contradicciones (entre países desarrollados y subdesarrollados, ricos y pobres, etcétera) y polarizado las diferencias (entre riqueza-pobreza, grandes urbes-ciudades perdidas, consumo-hambre, mansiones-chozas, vida-muerte, salud-enfermedad), que no sólo la humanidad avanza por la senda de un capitalismo industrializador, imperialista y globalizador en beneficio de unos pocos, también que se trata de un modelo particularmente destructivo y autodestructivo porque el hombre se perjudica a sí mismo y, de refilón, daña de modo irreversible a la naturaleza.
 
Porque el modelo de desarrollo es depredador, no restaurador. Y no repara los daños. Porque el tipo de negocio es el de los menores costos y con los mayores beneficios, convertidos también en mayores ganancias. Tira los árboles y no los sustituye. Todo lo que destruye no lo reconstruye. Por ejemplo, consume demasiada energía derivada del petróleo (que utiliza la industria en general, claro está) para desplazarse y vivir cómodamente, haciendo con ello millonarios negocios, pero arroja “desechos” de los que no se ocupa. Los regresa como derivados en forma de desperdicio sin tratamiento alguno (por mucho que se diga ahora que reciclar es negocio, como sucede con el tratamiento y procesamiento de “basura”), pero para contaminar el mar, la propia tierra, lagunas, ríos y hasta la atmósfera.
 
Por lo mismo, pareciera entonces que el hombre no tiene camino de retorno. Que se estaría hundiendo de la mano de su propio estilo de vida, y del negocio derivado; claro que de unos cuantos. Es decir, que si la dinámica del capital destructor no muestra límites, porque a simple vista parece no tenerlos (¡pero claro que los tiene, y además le son intrínsecos!), en realidad podrían no estar en la mano de los hombres pero sí lo están en la naturaleza misma, y de la cual también el hombre forma parte. En otras palabras, hay oposición por los dos caminos. Nada más falta que el hombre se decida.
 
En tanto eso sucede, al parecer la naturaleza tiene y muestra sus propios límites. Porque ir en contra de ella es pagar una factura muy costosa. Y eso no es cuestión de premoniciones apocalípticas sino de realidades. La tierra reacciona frente a tanta destrucción. Por eso en los últimos años lo ha mostrado con tanta virulencia. Porque como organismo vivo, eso sí, o ha cambiado o la hemos obligado a cambiar su ritmo. Como sucede con las estaciones del año, cuyas líneas divisorias ya son tan irregulares. Ni se diga las cabañuelas.
 
El avance de la ciencia —y no tanto la evolución sino su aplicación— en los países desarrollados, genera ventajas con su aplicación como tecnología. Es la historia de la ciencia en general, y del uso de la misma. Por ejemplo, en la química y la física (con sus derivados: la química es orgánica e inorgánica, bioquímica, química física y la química industrial con la petroquímica como subrama; la física es mecánica, de ondas, electromagnética; pero también atómica y nuclear), los conocimientos han sido utilizados para elaborar máquinas. Las máquinas brindan un poder y un control para aquellos países y estados que las poseen, a la inversa de aquellos que no tienen los medios. Pero ello ha derivado en una nueva y acelerada fase de autodestrucción, tanto de la naturaleza en general por daños más bien irreversibles, como de la raza humana en particular. Más allá del hambre que a nivel mundial genera la polarización de la riqueza creada, entre países, entre sociedades, entre personas.
 
Por ejemplo, los experimentos científicos con elementos radiactivos desde los tiempos del neozelandés Ernest Rutherford que estudió la estructura del átomo y, pasando por la teoría de la relatividad de Einstein, del estadounidense Robert Oppenheimer quien sentó las bases para la construcción —se le conoce como “el padre de la bomba atómica”—. Pasando por los estudios teóricos en física de la fisión y la fusión nucleares; las detonaciones de Hiroshima y Nagasaki que pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial; todas las prácticas subterráneas de los países que tienen la tecnología para la bomba atómica (y de paso el uso de la energía nuclear con fines pacíficos, pero que a la larga es contraproducente); los desperdicios radioactivos que se entierran en el subsuelo en depósitos que algún día podrían ser abiertos, e incidentes dramáticos como los de Chernobyl en Ucrania en 1986, etcétera. Todos han arrojado su buena dosis destructiva para la tierra.
 
Donde entonces, la subsistencia humana está al alcance de la mano en un botón, rumbo a su desaparición. Por muchos tratados que se firmen, como el último suscrito entre los presidentes de Estados Unidos y Rusia.
 
El caso es que la naturaleza reacciona. Fenómenos como El Niño, climas extremos de altas bajas temperaturas, con inundaciones y ahora temblores son una muestra muy reciente y muy lastimosa porque genera tremenda destrucción. Ahí están los terremotos en Haití, en Chile, en California y China, con ecos en México también. Devastadores, porque han ido muy costosos en vidas humanas. Pero al fin cambios en la madre natura. Inducidos o no. Pero destructivos como el desarrollo mismo del hombre, el peor enemigo de sí mismo.