Evidencia: ningún episodio circunstancial provocado por el desarrollo desigual de la conciencia y la organización latinoamericano-caribeñas puede desdibujar lo obvio: en el Bicentenario del comienzo de la guerra victoriosa contra el imperio español, el hemisferio en su totalidad –incluyendo a Estados Unidos– vive un momento histórico en el cual la fuerza dominante es la que se encamina –zigzagueante o directamente– hacia la emancipación nacional y social. Como lo hiciera el agónico sistema con sede en el Palacio Real de Madrid, ahora Washington reacciona enviando ejércitos de mercenarios. A la vanguardia marchan batallones de prensa, espionaje, infiltración. Simultáneamente se despliegan bases terrestres y marítimas aprontándose para entrar en acción.

“Sigue siendo una fuerza desestabilizadora en la región (…) Sigue teniendo una postura muy antiestadounidense y busca juzgar y restringir la actividad de Estados Unidos donde sea que tenga la oportunidad de hacerlo (…) Sigue comprometiéndose con la región (…) y sigue buscando su agenda socialista”. Tales fueron las palabras del general Douglas Fraser, jefe del Comando Sur del Ejército estadounidense, al testimoniar acerca del gobierno venezolano el 18 de marzo, ante la Comisión de Servicios Armados de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Simultáneamente, una elaborada provocación dio lugar a una campaña de calumnioso acoso contra Cuba a escala mundial. Sólo una exigencia táctica impidió que esta ofensiva incluyera visiblemente a Bolivia: Evo Morales acaba de ganar las elecciones con el 64% de los votos.

No caben dos interpretaciones sobre el significado de aquel informe y esta innoble embestida mediática: a 200 años de la rebelión independentista, la actual potencia imperial prepara sus cañones contra la insurgencia latinoamericana y otra vez, como lo hiciera España en Suramérica con eje en Miranda y Bolívar, centra el fuego en Venezuela, apuntando ahora a la revolución socialista que desde allí se expande al continente, como continuidad conclusiva de la lucha emprendida dos siglos atrás. La simultaneidad del ataque contra Venezuela y Cuba proviene de una interpretación acertada por parte de los estrategas del Departamento de Estado: a los efectos de la lucha contra el sistema capitalista y el gendarme estadounidense, Venezuela y Cuba son un solo país; los mandatarios de Caracas y La Habana, un solo gobierno; los ejércitos separados por el mar Caribe, una sola fuerza armada; las mayorías de ambos países, un solo pueblo. Éste es un dato nuevo en la historia; un rasgo que da perfiles inéditos a la coyuntura; un factor de enorme trascendencia para la evolución política del siglo XXI.

Washington sabe además que esta vanguardia –en la que también cuenta sin mengua Bolivia– se extiende a los países del Alba y puede palparse multiplicada en un abigarrado universo de organizaciones de todo género, que en América Latina asumen la revolución socialista como única reivindicación legítima y posible en el bicentenario signado por el descalabro del sistema capitalista internacional.

Artillería mediática

Inútil anteponer deseos o negarse a los hechos: la guerra ha comenzado. El despliegue militar estadounidense en el hemisferio está a la vista con la reactivación de la IVª Flota y la multiplicación de las bases terrestres que ya tendieron un cerco de acero sobre América del Sur. Pero si esos son pasos de una estrategia estrictamente militar para un futuro impreciso, hay otro terreno en el que la conflagración ya está desatada: la guerra mediática, peldaño imprescindible de un plan de ataque, consistente en destruir la imagen de los líderes de esta nueva gesta revolucionaria y crear una opinión pública anuente a la escalada bélica programada desde Washington. Con toda certeza, jamás el mundo ha asistido a una descarga publicitaria de tal magnitud e intensidad, comandada desde Washington y sincronizada en cada gran capital del mundo hasta el más pequeño poblado en cada país.

Acusar a Chávez como dictador desquiciado, a Fidel y Raúl como monstruos impiadosos a la cabeza de un régimen represor, a Evo como indio bruto que se acopla a los dictados de La Habana y Caracas no es únicamente un acto de vesanía y cinismo sin límites: es un paso imprescindible de intoxicación de masas en pos de la creación de una opinión pública mundial dispuesta a admitir que el aparato bélico del imperialismo se descargue contra estos pueblos.

 

La causa de esa necesidad de hierro para la plutocracia de Washington está a la vista: a 200 años de la gesta independentista, una oleada revolucionaria atraviesa el continente, gana más y más voluntades, abre un abismo entre Estados Unidos y los pueblos oprimidos y presagia batallas que, sean cuales fueren sus avatares y meandros, culminará con la derrota del imperialismo y la creación de un mundo nuevo. Como hace dos siglos, he allí al imperio malherido lanzando terribles zarpazos con furia irracional. Como hace dos siglos, sólo hay dos opciones.

Fuerzas irracionales desatadas

Por debajo de la conducta guerrerista de gobernantes del partido Demócrata, Barack Obama y Hillary Clinton, hay fuerzas objetivas que guían sus pasos. Hay que repetirlo: la crisis no ha terminado. El mismo aparato de tergiversación que denuesta a los líderes de Cuba y Venezuela convenció al mundo el año pasado de que el colapso sistémico de 2008 había sido superado. Nada más falso. Las sumas siderales de dinero ficticio volcadas al mercado para salvar Bancos y revertir caídas bursátiles no torcieron un milímetro lo esencial de la tendencia: la caída de la tasa de ganancia se acentuó; la desocupación aumenta sin pausa; la sobrecapacidad de producción y las mercancías excedentes, en todos los rubros, empujan hacia una nueva fase de la crisis, en la cual el eje no será ya el ámbito financiero sino lisa y llanamente el terreno de la producción. Futuros estallidos –anunciados esta vez por numerosos publicistas del capital, empeñados en no perder la oportunidad de lucirse, como les ocurrió dos años atrás– ya no serán el reflejo distorsionado de la crisis estructural en el mundo financiero, sino la traducción directa en el plano de la producción. La recesión tenderá con más potencia a transformarse en depresión. Y esto ocurrirá nuevamente con epicentro en el mundo altamente desarrollado: el proletariado de los países avanzados estará compelido a la lucha por la fuerza irracional de la crisis capitalista. Las turbulencias en Grecia, la fractura de la Unión Europea frente a ese episodio –que en el terreno informativo ha ocultado desequilibrios aún mayores en España, Portugal, Irlanda e Italia– es un tibio adelanto de lo que viene gestándose en las economías mayores de la UE: Alemania y Francia.

El FMI recupera su lugar de comando en la aplicación de medidas paliativas en función del capital de mayor envergadura en los centros imperialistas. Pero esas medidas no pueden sino glosar la única respuesta que tiene el capital frente a su crisis estructural: despidos masivos, reducción del salario real, aumento de los ritmos de trabajo, disminución drástica o directa abolición de todos y cualesquiera beneficios obtenidos por los trabajadores a lo largo de la segunda mitad del siglo XX; presión a la baja de las materias primas. En la medida en que estas políticas pueden ser inicialmente aplicadas por la ausencia de una clase obrera para sí (consciente de su lugar en la sociedad y organizada para ocuparlo), la coyuntura podrá nuevamente ser manejada durante un breve lapso por los estrategas del capital. Sin embargo, esos paliativos, por lo mismo que contribuyen al ahorcamiento de la demanda, sólo pueden acelerar la marcha hacia la depresión. El hecho de que el epicentro de este fenómeno esté en los países imperialistas, por ignorancia o intención perversa ha llevado a no pocos teóricos y dirigentes políticos a sostener que las economías mayores del mundo no desarrollado pueden no sólo eludir el impacto del colapso, sino incluso ser aprovechado para conquistar un lugar predominante en un nuevo diseño económico mundial. Semejante ilusión no sólo carece de fundamento, sino que desarma por completo a los pueblos y las clases trabajadoras de esos países: el mercado mundial es uno; si se desmoronan sus estructuras más elevadas, el conjunto quedará inexorablemente sepultado por los escombros. En medio de la depresión, el mecanismo comercial planetario de mayor efectividad son los ejércitos imperialistas. La lógica intrínseca de la crisis es la marcha hacia la guerra. Basta mirar en derredor, observar los sucesivos periplos de la Sra. Clinton, para comprobar que no se trata de un pronóstico agorero, sino de una realidad palpable. Sólo hay una manera de frenar esa dinámica tan objetiva e irracional como lo es el sistema que la engendra: cambiar las reglas del juego, abolir el sistema capitalista.

Desarrollo desigual

Esta es la coyuntura histórica en la que ocurre el Bicentenario. El rasgo distintivo principal no es que hoy América Latina retoma un combate independentista, sino que contiene y proyecta el único proceso que, en su desenvolvimiento, puede dar respuesta al colapso capitalista planetario. Pese a desigualdades entre los gobiernos de tal magnitud que pueden llevar a negar la existencia de un proceso conjunto en el área, existe un entrelazamiento, visible o subterráneo según los casos, que traza un curso general en sentido estratégico aunque no logra imponer un ritmo acompasado. De allí se desprende que las tareas de mayor envergadura son afirmar los procesos revolucionarios en marcha y encontrar los medios que permitan combinar aquellas desigualdades, so pena de que se impongan las fuerzas centrífugas y desbaraten el conjunto. La otra consecuencia obvia es que Estados Unidos en particular y el conjunto imperialista en general tienen, como imperativo de sobrevivencia, la necesidad de cercenar la cabeza de la revolución en América Latina. Se vuelve entonces al significado real de la ofensiva desatada contra Venezuela y Cuba: la manipulación y la mentira en escala jamás vista no hace sino traducir una necesidad intrínseca del capital en crisis. De la misma manera que éste debe bajar salarios aunque con ello produzca una caída de la demanda agregada, lo cual equivale a empujar más hondo el puñal que le parte el corazón, está obligado a falsificar, engañar y tergiversar, aunque la evidencia de los hechos reales redunde en inmediato debilitamiento del corpus ideológico ficticio tras el que esconde la conducta brutal de una fiera herida de muerte. Por eso la batalla de ideas está planteada de manera tal que es posible vencer sin ambigüedades al imperialismo.

Vª Internacional

Hay que darle crédito al informe de Fraser y entender sus preocupaciones. No cabe duda de que el gobierno de Hugo Chávez trata de limitar la injerencia estadounidense donde sea que tenga oportunidad de hacerlo. También es indudable que la Revolución Bolivariana sigue comprometiéndose con la región y lo hace en pos de lo que el subordinado de Obama denomina “su agenda socialista”. Pero hay más aún: pese a la multiplicidad de dificultades internas, inmensas como cordilleras, Chávez ha lanzado la consigna de articular y recomponer fuerzas antimperialistas y anticapitalistas en una nueva Internacional. Semejante intuición estratégica obra como una descarga eléctrica de 50 mil voltios en la estructura mental del jefe del Comando Sur (¡y no sólo la suya!). Ese llamado obtuvo de inmediato respuesta positiva desde las fuerzas responsables de la conducción políticas en los procesos revolucionarios del continente, así como innumerables destacamentos anticapitalistas con mayor o menor gravitación numérica en cada punto del planeta. En el umbral de una instancia dramática para la historia de la humanidad, comienza así un camino de recomposición revolucionaria a la escala de las exigencias planteadas. Durante las celebraciones del Bicentenario en Caracas, en el marco de una consistente aceleración de la Revolución Bolivariana en la transición hacia el socialismo, coincidirán en la segunda quincena de abril la conclusión del Congreso extraordinario del Partido Socialista Unido de Venezuela, los preparativos para iniciar la conformación de una Vª Internacional, la cumbre del Alba y una cantidad de reuniones a nivel presidencial de los miembros de Unasur. Allí se jugará la suerte también de otra conquista formidable: la consolidación de la Comunidad de Naciones de América Latina y el Caribe, una OEA sin Estados Unidos que por su sola proclamación prueba la dinámica de retirada política de Washington. Esa fragua portentosa de ideas y programas es la manera más genuina y vital de honrar la memoria de aquellas vanguardias del pensamiento y la acción, que en 1810 comenzaron a andar el largo camino de la libertad.

Fuente: http://www.americaxxi.com.ve/numeros/0060/index0060.html