La reconstrucción de las regiones, comunas y localidades más afectadas por el terremoto y tsunami, será excesivamente difícil si se piensa desde el centro político-administrativo del país. De hecho, en plena crisis el Estado central colapsó y las instituciones de mando centralizado también, como lo vimos en la administración pública y, nada más y nada menos, en las fuerzas armadas y de orden. Parafraseando a Fukuyama, estamos viendo el fin de la historia del estado centralista borbónico francés, que nos dio la luz como república.
 
¿Será realmente el fin de su historia? Algunos hechos políticos del nuevo gobierno de derecha nos pueden ayudar a responder esta pregunta. i) El nuevo Presidente ha mostrado sus grandes dotes de gestor empresarial, centralizador de la información y las decisiones; ii) la impronta del trabajo desarrollado hasta hoy por el gabinete muestra que el Presidente lo concibe como un ejecutor de sus mandatos, no como un equipo que elabora en conjunto decisiones; iii) el nombramiento de autoridades regionales fue tardío y altamente controlado por el Presidente, sin participación de los partidos de su coalición, ni menos de actores regionales. De hecho, la UDI ya ha protestado por los medios de comunicación; iv) los requerimientos de financiamiento para la reconstrucción del país han sido elaborados por el equipo central, sin consulta a autoridades regionales (porque simplemente no estaban nombradas) ni menos comunales. Estos cuatro elementos nos permiten avizorar una repuesta: no es el fin de la historia del estado centralista sino muy por el contrario, es la reivindicación tecnocrática del neo-centralismo.
 
¿En qué otros hechos se expresa también la reivindicación tecnocrática del centralismo? Veamos algunos. i) el accionar político – simbólico del Presidente es altamente concentrador del poder e imagen pública; ii) siguiendo los principios del neoliberalismo, el gobierno intentará reducir los costos de la toma de decisiones. Por tanto, las mas efectivas serán aquellas que cuesten menos por procedimiento, es decir, las que toma el ejecutivo a nivel central, debido a que los costos de transacción son menores por cada uno de los pasos que se da; iii) las comunidades locales y regionales están muy debilitadas en su rol de actores de presión. De hecho, su moral está en el suelo tanto como su infraestructura de gobierno; iv) la insistencia en la solidaridad empresarial de mercado apunta a reivindicar que la solución de los problemas está en el centro político–financiero y no en las regiones, cuestión que ha pasado desapercibida, pero que perfila simbólica y culturalmente la centralización; y v) la nula visibilidad de las organizaciones y redes sociales que, sin medios de comunicación, fortalecieron la solidaridad con sus hermanos siniestrados en los propios territorios. Estos cinco factores sólo nos llevan a una conclusión: el actual gobierno tiene un camino despejado para fortalecer el Estado Central en el proceso de reconstrucción del país.
 
Aunque se diga a cuatro vientos que existe la oportunidad histórica de que ahora sí descentralizaremos el país, los elementos expuestos dicen lo contrario.
 
Para quienes creemos en un Estado moderno y descentralizado, la pregunta que cae de cajón es ¿cómo podemos enfrentar esta ola neo–centralista? Partiendo por poner en el debate que la reconstrucción de las regiones, comunas y localidades no se reduce a un mero cómputo de más o menos recursos financieros. Es un problema más de fondo. El Estado, en su concepción militarista centralizada, no fue capaz de dar respuesta a la emergencia ¡fue un total fracaso!
 
Aprender de este fracaso exige avanzar a un Estado que se conforme por comunidades, regionales y locales, autónomas en sus formas de gobierno con respecto al gobierno central. Solo así se podrá enfrentar una nueva emergencia y el actual proceso de reconstrucción, ya que las comunidades contarán recursos y competencias institucionales propias, pudiendo responder con mayor velocidad a este tipo de crisis. De la misma manera, es necesaria la creación de corporaciones de desarrollo regional y local que puedan enfrentar, en forma autónoma y autogestionaria, la reconstrucción de los sistemas productivos, sociales y simbólico–culturales, con financiamiento propio a través de un fondo de desarrollo regional compensatorio entre regiones y comunas.
 
Esta coyuntura permitirá poner en el centro de la discusión el tipo de Estado que queremos, y avanzar en su diseño institucional. Este diseño debe tener como norte profundizar la democracia y las formas de participación socio–política de las regiones, comunas y localidades, dotándolas de altos grados de autonomía gubernativa. Es hora de pensar un Estado de abajo hacia arriba, popular y republicano de nuevo cuño.
 
Cullipeumo, marzo de 2010
 
– Pablo Monje Reyes es Administrador Público; Magíster en Gestión y Políticas Públicas; Profesor de la Escuela Latinoamérica de Postgrado de Universidad ARCIS.

DEJA TU COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí