Aparte de abusar del nombre para encabezar este texto, la estructura de esa extraordinaria novela de José Saramago, permitirá demostrar la fragilidad de la sociedad construida sobre la base del despilfarro y la depredación.
 
Para recordar el argumento, relatemos brevemente que, una epidemia de ceguera, enloquece a la sociedad y el gobierno trata de controlarla declarando una cuarentena fuertemente custodiada por fuerzas militares; en un gesto caritativo, los gobernantes disponen el suministro de alimentos para los infectados.
 
Muy pronto los alimentos no alcanzan y los militares reciben la orden de disparar ante cualquier intento de reclamo. Pero la epidemia no puede ser combatida a balazos y, cuando todos quedan contagiados, desaparecen el gobierno, la fuerza militar y toda figura de estructura. La gente, a ciegas, se apropia de todo lo comestible que encuentra hasta que no hay más y comienza a morir de hambre.
 
Entonces desaparece la epidemia y los sobrevivientes con la vista restablecida se encuentran en un mundo que deben reconstruir socialmente, si es que pueden hacerlo. Una testigo, a la que nunca afectó la epidemia, es la historia viviente de esa tragedia.
 
Estamos en medio de esa crisis. Vivimos el episodio de la cuarentena y la caridad. Nos encontramos con el poderoso que dicta las reglas y, poco más o menos, nos advierte que usará los medios a su alcance para hacerlas cumplir. En tono condescendiente nos dice que, si no intervenía para establecer las reglas, ni siquiera hubiese aparecido la limosna con la que quiere cubrir el crimen denominado, graciosamente, cambio climatológico.
 
Durante tres semanas, y talvez más, estuvimos en suspenso, sin poder decir una sola palabra, pendientes de un hilo de esperanza que se adelgazaba cada día. Fue el tiempo de desarrollo de la reunión de Copenhague, donde todos los países representados en la ONU (casi 200), trabajaron largos y fatigosos días para dar con un texto de acuerdo que fuese aceptado por el conjunto, con el compromiso de su cumplimiento.
 
Esa estructura de consulta democrática fue brutalmente descartada y, por mandato de la presidencia de aquella reunión –o quizás por orden superior a esa presidencia-, se reunió a los representantes de unos cuantos países a quienes se entregó un texto ya elaborado y se obligó a su aprobación. De allí fue llevado a la reunión general con el ultimátum: este texto o nada.
 
Pero ese documento es exactamente nada. No hay compromiso de reducir los gases que están destruyendo la atmósfera. Al contrario, se señala a los países empobrecidos como causantes del desastre y se les conmina a remediarlo, para lo cual se les otorga un bono de compensación equivalente a un centavo, el centavo de la desvergüenza.
 
Del Protocolo de Kyoto, que definía quienes son los responsables del daño ambiental, que prometía su disminución progresiva y reconocía que, el daño, afectaba más a los países empobrecidos, no ha quedado nada. Ahora, con el presidente Barak Obama a la cabeza, se dice: ustedes, los pobres, son los responsables; hagan algo para remediar la situación; si es posible, desaparezcan. Y añaden: nosotros, los países ricos, con la tecnología en nuestras manos, no tenemos tiempo de ocuparnos de esas cosas.
 
Por eso, los países del ALBA, han dicho: “Es claro que no podemos considerar el Cambio Climático sin considerar el cambio del sistema. El modelo de producción y consumo capitalista está llevando, a un punto de no retorno, la vida en el planeta. Resulta un momento crucial de la historia humana y el debate de estos escenarios no puede estar reducido a los intereses económicos de un pequeño grupo”.
 
Por supuesto, no es tan pequeño el daño ni es tan simple la solución. Está dicho en esos términos para que una mayor cantidad de gobiernos encuentren un punto de concordancia. Fue lo que estuvo buscándose en Copenhague durante más de medio mes. Pero el golpe que recibió ese conjunto de naciones que buscaban soluciones reales, fue tan brutal, que la propia presidenta de la reunión, la representante de Dinamarca, renunció a su cargo en los últimos momentos de la reunión. Claro que, antes de eso, fue responsable del conciliábulo secreto que redactó ese otro texto impuesto por Washington.
 
Todo pareciera indicar que, muy pronto, las raciones de dinero que nos han ofrecido en forma tan hipócrita, se acabarán. Saldremos, entonces, a asaltar los almacenes. Hay que recordar que, los víveres ahora, son los esenciales: aire, agua. De hecho, los ricos ya lo anunciaron sin un ápice de moral: la próxima guerra, dijeron, será por la posesión del agua. En cuanto al aire, hace rato que tienen bonos de limosna, afirmando que compran oxígeno mediante esos bonos que obligan, a quienes los reciben, a no tocar la naturaleza en sus territorios. No dicen, por supuesto, que ellos despilfarraron sus propios recursos y los nuestros también.
 
De manera que, tomando la lección de la epidemia y aunque Saramago no lo diga, debemos tomar la decisión. Esto es para hoy mismo; no puede esperarse mucho tiempo, porque ya lo gastamos en reuniones que a nada conducen. La decisión ha sido declarada por los movimientos sociales y algunos gobiernos. El presidente Evo Morales lo dijo claramente: hay que acabar con el capitalismo para darle una oportunidad a la humanidad.
 
– Antonio Peredo Leigue es periodista, senador del Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia.