“Dios no ha creado fronteras.”
Mahatma Gandhi
 
Hace cinco meses, tratamos estos TEMAS. Decíamos entonces que necesitamos a Colombia pero ellos más a nosotros, porque, si sólo vemos la economía, Venezuela no es la parte débil.
 
Tratamos entonces sobre la Patria Grande, la Balanza de Pagos entre ambos, la inmigración permanente y el contrabando de exportación.
 
Esos 2.216 km. de frontera común están vivos. De allí que, casi cuatro meses después, la situación permanece y muta hacia situaciones específicas para beneficio de algunos.
 
Aprovechan entonces las “Cámaras” de integración, industria, manufactura, comercio y exportación para elevar sus quejas y culpar a los sucesos fronterizos. Sus proyecciones les anticipan que este año, como mínimo, “se reducirá el intercambio comercial entre ambos países en un 35%”. Fueron 7.300 millones de dólares en 2008; mientras que, en el 2009, difícilmente llegue a 4.800 millones.
 
Pero, aunque en buena parte eso “pasa” por la frontera, sus habitantes naturales, la gente que vive allí desde siempre y quienes tienen amigos y familiares a ambos lados de la raya, obtienen poco o casi ningún beneficio directo de esas grandes movilizaciones. Son otros, en ambos lados de la línea divisoria, quienes acumulan las ganancias de esta importación continua de bienes y servicios.
 
Historia repetida
 
La causa real sigue siendo la misma: esos 316.000.000.000 de barriles de petróleo, ambicionados por otros, que no son colombianos ni venezolanos.
 
Aprovechan cualquier suceso, incluso ajeno a la realidad de la frontera, para crear matrices de opinión donde el lector o televidente una varias situaciones: las recientes declaraciones internacionales sobre libertad de prensa en Venezuela, las fallas de electricidad, las operaciones de la banca comercial, la inflación, el III Congreso Mundial de Crudos Pesados y hasta alguna opinión sobre la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, se presenta, así como quien no quiere la cosa, al lado de las fotos del tráfico detenido en los Puentes Internacionales Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, con trabajadores arriesgando para pasar al otro lado.
 
Y por supuesto, los llamados al “diálogo franco”, mientras sus propios hechos parecen ir en sentido opuesto.
 
Pimpineros y transportistas
 
Entre tanto, la gente honesta de los pueblos de la frontera, quienes viven del comercio e industria local legal, ven disminuidos sus ingresos al no tener a quien transportar, a quien alojar ni a quien venderle comida y objetos del lugar.
 
Es muy fácil, desde una lejana capital, defender el derecho del pimpinero a comprar gasolina en un lado y llevarla más lejos, para que otros ganen varias veces lo que le dejan por su alto riesgo.
 
No es tan difícil, sentado en un escritorio frente a un café caliente, comparar el control de una frontera, donde pasan millones de dólares que nadie controla, con un muro de otro siglo, otra latitud, otras personas, otras costumbres y otro idioma.
 
Los taxistas del tanque de doble fondo, las señora que venden comida al final del puente, los posaderos que albergan camioneros por una noche y hasta el cargador de todo lo que pasa por allí, tienen ahora un culpable: Venezuela, porque se opone a que la amenacen con bases militares.
 
Duros y mandaderos
 
En una novela bogotana, de relativo éxito allá y aquí, presentaban a “los duros” que comerciaban lo ilegal: desde jovencitas hasta eso que estás pensando. Los mandaderos eran los jóvenes reclutados en el barrio y las muchachas “buena mozas” que querían dejar la miseria pronto.
 
De este lado de la pantalla, esos duros de plástico son realmente mandaderos. Los verdaderos duros son “legales”.
 
Y quizás esto que llaman “conflictos fronterizos entre Colombia y Venezuela” sea sólo una oportunidad más para demostrar quien realmente tiene el sartén por el mango.
 
Para solucionar ese problema, hace falta bastante más que buenas intenciones. Estas son necesarias, por supuesto, pero nó suficientes.
 
División artificial
 
Toda frontera es un error en principio. Y ninguna está bien trazada. Alguien, pensando sólo en él, sus intereses y los suyos, alguna vez por la fuerza la trazó allí. Dividió en dos, a veces en más, lo que nunca le perteneció.
 
Obligó a personas a parcializarse y separarse, hasta pelear entre ellos, sólo por una raya que pudo ir más allá o más acá.  Como muchas de las cosas que hacemos los seres humanos, las fronteras no se hicieron precisamente por el bien de los demás. Responden casi siempre a beneficios de quienes manejan destinos y personas, con el único propósito de desviar las riquezas de todos a las arcas de unos cuantos.
 
Esa frontera está allí porque Santander y Páez, cumpliendo órdenes superiores, así lo decidieron. El Hombre Más Grande que Ha Existido, el Libertador Simón Bolívar, fundó una sola gran nación. Y algún día la volveremos a tener.