En la actualidad los países de América no cuentan con una organización regional que sea garantía para tramitar las controversias, contribuir a la resolución de conflictos, plataforma de diálogo y negociación con otros bloques regionales y sea un escenario estable y formalizado de relaciones entre los Estados.
 
Las últimas crisis muestran las limitaciones de los organismos existentes: el caso hondureño, la inquietud de varios países por el incremento de los presupuestos de defensa, preocupaciones subregionales derivadas de acuerdos de cooperación militar con potencias del hemisferio o extra-hemisféricas, las tensiones interestatales que se han venido presentando;  en todas ellas ninguno de los espacios organizativos regionales o subregionales ha logrado actuar eficazmente.
 
La OEA, que ha sido la tradicional organización regional parece estar en una suerte de parálisis. Inicialmente fue una organización en la cual predominó y sin rivales la política norteamericana; en la posguerra fría y con el ingreso de Canadá y los países de la comunidad anglófona del Caribe, esta organización vivió una especie de revitalización. En ese contexto se negoció y acordó la Carta Democrática, que fue una buena iniciativa frente a los autoritarismos del pasado en la región; sin embargo esto la transformó de una organización de Estados, en lo que algunos han denominado un ‘Club de Democracias’. En el último decenio han triunfado gobernantes de centro-izquierda –algunos prefieren denominarlos populistas- y hoy no existe un consenso acerca de un modelo de democracia liberal representativa, por el contrario hay un debate en la región acerca de qué entender por democracias –se habla crecientemente de democracias participativas y protagónicas, se discute el modelo de desarrollo y por tanto el rol del Estado y el mercado, etc.-.
 
UNASUR ha sido el proyecto de integración Suramericano liderado por Brasil, que si bien cuenta con grandes potencialidades en caso de consolidarse, por el momento es sólo una expectativa –de hecho no tiene la ratificación del número de países necesarios para que este Tratado entre en vigencia- y adicionalmente para varios países de la región el liderazgo de Brasil es visto con cierto recelo –como se ha dicho, paradójicamente Brasil es cada vez más una potencia global, sin consenso regional- y se plantea la necesidad de integrar al otro gran país latinoamericano, México. 
 
Existe igualmente el ALBA, que propusieron Venezuela y Cuba en oposición a la iniciativa norteamericana del ALCA y que hoy día agrupa a siete países con similares orientaciones políticas y girando alrededor de la política petrolera venezolana.
 
El Grupo de Río se ha venido consolidando como un foro de encuentro y de consulta de los países latinoamericanos; tuvo como origen remoto el Grupo Contadora creado por Colombia, Venezuela, Panamá y México para ayudar a buscar la paz en Centroamérica y el llamado Grupo de Apoyo a la anterior iniciativa. Hoy día hay propuestas que buscan institucionalizarlo y convertirlo en una especie de Organización Regional Latinoamericana. Sin embargo, ello tiene el riesgo de ser excluyente de los Estados Unidos y no es realista pensar modalidades de integración, en campos como el económico o el de seguridad, dejando al margen a la potencia global.
 
Lo real es que hoy tenemos un continente americano más diverso en cuanto a sus orientaciones políticas, con un predominio de democracias pero cada vez menos consensuales acerca de qué entender por tal y una tendencia multipolar en las relaciones internacionales, que hace necesario repensar los organismos regionales y subregionales. Probablemente una OEA que logre reintegrar a Cuba a su seno y esto pasa por darle una interpretación más flexible a la Carta Democrática y convertirse en una organización de Estados, con una Secretaría General fortalecida y una estructura organizativa más sólida podría ser el pivote del nuevo sistema interamericano, dentro del cual pueden jugar un rol importante otros organismos subregionales.
 
– Alejo Vargas Velásquez es Profesor Universidad Nacional