Hace pocos días, con gran pompa y fanfarrias, se conmemoró el vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín. Que en aquel ’89, la celebración haya tenido características de victoria contra el régimen de Alemania oriental y, en general, contra el bloque socialista europeo, es comprensible e indiscutible. Hoy, en este 2009, que se haya hecho gala de tal recordación, simplemente es hipócrita.
 
Durante los años que ese muro dividió a Berlín, era condenado como un oprobio y el calificativo más suave que se le endilgaba era ‘muro de la vergüenza’. Realmente lo era. No había justificación alguna para haberlo erigido; ninguna explicación, por más que estuviese basada en hechos concretos, podía convencer a nadie. Las consecuencias de la caída del muro de Berlín fueron totales: no sólo desapareció la República Democrática de Alemania sino que, en poco tiempo, todo el bloque de Europa Oriental, incluyendo la Unión Soviética, cayó víctima de sus propios errores.
 
Pero, transcurrida algo más de una década, comenzaron a levantarse otros muros. No eran los comunistas quienes los hacían. Tampoco se construían contra los comunistas. Primero fue Israel, el gobierno de un pueblo que sufrió los horrores del ghetto en la Europa de la Guerra Mundial, el que levantó un muro de cemento y alambre de púas para aislar a los palestinos y, luego, masacrar impunemente a quienes fueron encerrados deliberada y cruelmente.
 
Luego lo hizo el régimen de Washington, el gobierno norteamericano. Más de uno de sus presidentes llegó hasta el Muro de Berlín para condenar la existencia de esa vergonzosa barda y solidarizarse con el pueblo que la sufría. Pese a esos antecedentes, no dudó en levantar una cerca que sobrepasa ya los mil kilómetros y seguirá aumentando, para impedir que los mexicanos y cuanto latinoamericano llegue hasta esa frontera, pretenda buscar mejores condiciones de vida, aunque sea a costa de los más duros sacrificios. Si, si. 1123 kilómetros de concreto, alambres de espino y líneas de descarga eléctrica, tratan de impedir ese tránsito, sin importar que sea un derecho consagrado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
 
Entonces, ¿qué se celebró el 8 de noviembre pasado en Berlín? No pudo ser la reafirmación de una ética contraria a los muros divisorios de los pueblos, puesto que allí estaba una representación de Estados Unidos de Norteamérica. Tampoco fue un homenaje a la reunificación de Alemania, puesto que, aún sin el muro, el gobierno de la República Federal, encabezado ahora por la democristiana Ángela Merkel, mantiene regímenes económicos diferenciados, en perjuicio de quienes fueron ciudadanos de la República Democrática.
 
Lo único que se celebró fue el triunfo de un modelo, el capitalista, frente a otro, el socialista. En realidad, la economía ciega del mercado contra la economía planificada por el Estado. Pero no es ese el tema, sino la libertad. Por lo tanto, la pregunta pertinente es: el muro de Berlín, ¿fue levantado contra la libertad? Por cierto, la respuesta es afirmativa. Pero, entonces, ¿cuál es la diferencia con los muros levantados por Israel y por Estados Unidos de Norteamérica? Y, en consecuencia ¿cómo puede celebrarse el aniversario de la caída del primero sin mencionar el oprobio de los otros?
 
Veamos las justificaciones. A comienzos de la construcción de esa inmensa pared que divide la frontera de USA con México, circularon muchas condenas por Internet y se instalaron blogs respecto al tema. Un estadounidense, fuertemente influido por la propaganda de su gobierno o, sinceramente, partidario del muro, decía: “Perdón, más yo no entiendo su posición. ¿Defiende usted que el muro no sea construido? El gobierno mexicano no parece muy interesado en proporcionar condiciones de vida decentes a sus ciudadanos — que los fuerza a emigrar al norte — y usted está criticando medidas unilaterales de los americanos para protegerse contra el paso ilegal de la frontera?”
 
Por supuesto, el razonamiento de aquel ciudadano es verdaderamente simplista; hasta cándido, se diría. Pero es auténtico. Hoy mismo lo escuchaba de un taxista aquí, en La Paz. Me contaba que había hecho un curso en Canadá y que, los cultos canadienses que conocen muy bien Bolivia, mientras nosotros somos ignorantes, le detallaban que nuestro país podía ser exportador de abundante alimento y gozar de una gran bonanza económica, si su gente no fuera tan floja, sobre todo los campesinos.
 
Después de eso, no se justifica estar en contra del muro; que lo construyan de una vez de costa a costa. Y que se adentre en el mar, para que no sigan llegando las odiosas balsas de latinos sucios, hambrientos y ladrones. Ese es el razonamiento retorcido de una sociedad satisfecha de su modo de vida, convencida de que su enriquecimiento es producto de su trabajo.
 
La verdad es básicamente diferente. Los países enriquecidos, el mayor de los cuales es, por supuesto, Estados Unidos de Norteamérica, alcanzaron ese nivel mediante maniobras con las que se apoderaron de las riquezas de todo el mundo y, en consecuencia, dominaron el mercado internacional. Los países de América, para poner sólo el ejemplo de nuestro continente, no iniciaron su independencia en igualdad de condiciones. Los grupos de poder norteamericanos, asentados en la costa oriental de ese extenso país, libraron una breve guerra y, luego, se aliaron con sus mismos enemigos. Así tuvieron las condiciones para conquistar el inmenso territorio que les pertenecía a los pueblos originarios de esas latitudes.
 
Fueron espectadores y nunca apoyaron la independencia de los pueblos de esta otra parte del continente. Después, con el lema “América para los americanos”, se dispusieron a tomar posesión de las tierras y los mares que eran nuestros. La alianza con Europa les dio impulso para manejar los mercados. Nuestros pueblos iniciaron su historia republicana sometidos a Inglaterra y a su socio mayor: Estados Unidos de Norteamérica.
 
La inmensa mentira que han infiltrado en el pueblo norteamericano es que, su esfuerzo, les permite tener ese nivel de riqueza. Pero esos países se volvieron consumidores, derrochadores y depredadores, con nuestras materias primas. Así gastaron miles de millones de dólares en guerras que justifican en la seguridad de su país. Mientras tanto, millones de personas mueren de hambre y, en la mayor parte del mundo, ellos mantienen la miseria y el atraso para mantener el despilfarro en el que viven y que, periódicamente, les lleva a crisis como la que aún viven.
Esa es la razón para que mexicanos y otros latinos intenten llegar hasta Estados Unidos, igual que a Europa. Ingresan ilegalmente, porque la extensa lista de prohibiciones que se imponen allí, no les permite hacerlo de otro modo. Así pasan por la vía ilegal. De ese modo, realizan las tareas más duras y sucias, reciben pagos miserables por su esfuerzo y están fuera de los servicios de seguridad social, educación y atención médica. Cuando el ciclo económico entra en la etapa de crisis, son deportados por miles. Se dicta la “directiva de retorno” en la Unión Europea o se construye el muro en la frontera estadounidense.
 
El sadismo o con que manejan sus relaciones internacionales, no tiene espacio para las consideraciones éticas. De modo que, sin vergüenza, celebran la caída del muro de Berlín, al mismo tiempo que construyen sus propios muros.
 
– Antonio Peredo Leigue es periodista, senador del Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia.

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