La violencia y homicidios contra víctimas del sexo femenino por parte de varones, es un azote acuciante en nuestros tiempos y en nuestra sociedad ante el cual nos horrorizamos tanto como nos sentimos impotentes.
 
Con una frecuencia que estremece, mujeres son vejadas y/0 asesinadas a manos de hombres casi siempre sus maridos o ex parejas, cuando no padres, padrastros, parientes, novios o concubinos. Da vergüenza humana hasta escribir desde a mi comodidad mientras tantas congéneres incluso niñas impúberes están siendo en estos momentos golpeadas, violadas o aterrorizadas. Parece no haber límites para la inmoralidad de la muerte infame, de la cobardía, de la insana costumbre o mejor dicho pandemia de usar la fuerza física para abusar del otro. La otra en este caso. Es la virilidad degenerada en su máxima expresión de terror contra el semejante biológicamente débil.
 
Si se trata de relaciones amorosas finalizadas una de las macabras reglas parece ser: “No me quieres por eso te mato”.
 
Lo que están haciendo la ciudadanía organizada y las instituciones de gobierno competentes es mucho y aún insuficiente dada la magnitud del problema. Nada parece alcanzar contra esta “patología cultural” como la definió el Presidente Dr. Tabaré Vázquez.
 
Seminarios, declaraciones oficiales, exposiciones de expertos y profesionales, teléfonos para denuncias, folletería, actos, uniones internacionales, redes, comisiones, políticas sociales permanentes que avanzan en la intención y acciones de combatir un drama por el cual mueren alrededor de cuarenta mujeres uruguayas por año. Los cambios culturales son procesos en los cuales el compromiso colectivo es la única garantía de posibles éxitos.
 
Matadores y agresores los hay incluso entre profesionales y trabajadores, no son patrimonio del ocio y la marginalidad. ¿A quiénes hay que sensibilizar y hacerles ver lo errado de una conducta a tal punto hostil? Fundamentalmente a los gurises de hoy para detener la reproducción de estos modelos. Y sin dudas a la población en general; a unos para que se detengan y a los demás, para que aprendan a defenderse con actitudes contundentes ante amenazas o hechos de violencia masculina en el seno del hogar.
 
Puede que haya muchos irredentos a estas alturas, predispuestos genéticamente o sicológicamente enfermos, pero a no olvidar la educación de los hombres-niños por favor. La infancia tiene chance de ser salvada porque en esto que pasa hoy, seguramente aflora algo que hicimos o dejamos de hacer en el pasado.
 
Sin haber recetas infalibles, lo más efectivo en la práctica sería lograr que nuestras mujeres se alejen de los violentos lo que no es fácil porque muchas veces hay vínculos de amor muy fuertes, ataduras económicas, etc.
 
Si recién los conocen sería óptimo que los sepan olfatear para no involucrarse y si ya están relacionadas deberán huir de ellos a tiempo. Es importante saber cómo detectar síntomas o cuál es el perfil del hombre violento en general: tendencias machistas, baja autoestima, inseguridad, dependencia, son controladores y patológicamente celosos.
 
Y cuando ya se llegó a pasar el límite ¿qué nos queda? Hablar y nunca callarnos que es el peor error, el silencio es un aliado seguro para estas bajezas. Dar visibilidad a las formas de resistencia de las mujeres sobre todo en ámbitos colectivos, romper la cultura del silencio aún contra la premisa del “no te metás”, trabajar en concientizar mediante campañas de educación popular formales e informales. Si estamos preparadas, no esperaremos la primer piña o el segundo insulto; hay que denunciar y pedir ayuda de inmediato al menor esbozo de una conducta violentista. Tal vez estemos salvándonos de sufrir el asesinato de un ser querido o de dejar huérfanos a nuestros hijos.
 
En medio de una conmemoración más del Día de la Lucha Internacional contra la Violencia Doméstica, Uruguay recibe la noticia de que sólo cuatro mutualistas (Gremca, Universal y dos del interior) de las 48 que hay en todo el país, se mostraron interesadas en que el Ministerio de Salud Pública las provea gratis de los Dispositivos Intrauterinos (DIU) para su colocación sin costos. El Estado a través de sus servicios de salud, siguiendo políticas públicas de atención sanitaria, pretende que todas las mutualistas puedan ofrecer este beneficio para control de la natalidad gratuitamente a las mujeres que así lo deseen. Cada DIU, que evita embarazos durante dos años, tiene un costo de siete pesos para el MSP y en la última importación se trajeron 20.000 dispositivos. La pregunta es si no hay interés porque no es negocio. Nos enteramos de una mutualista que cobra a sus afiliadas cinco mil pesos por la colocación de dicho aparatito. Hasta da para pensar que prefieran favorecer a las clínicas abortibas o a los fabricantes de pastillas anticonceptivas.
 
¿Cómo nos curamos del mal social de la violencia de género si suceden hechos como este, absolutamente agresivos ante la problemática femenina de la sexualidad y la maternidad?
 
Tales instituciones mutuales deberían ser penalizadas.
 
Algunos no se resignan a que la calidad de vida no sea cuestión del libre mercado.