“Quien se preste a la calumnia no encontrará descanso ni hallará paz. Muchos han caído por la espada, pero muchos más caerán por la lengua” (Sirach 28:15-18)
 
Una tía abuela postiza de Paysandú me escribió un email. En realidad le pidió a su nieta que lo hiciera, detalle que no deja de maravillarme. En síntesis, me preguntó: ¿cómo yo que había sido un sacerdote tan bueno, ahora podía defender a los tupamaros y si sabía que estaban preparando un ataque?
 
Recibo muchos email y, al principio, me pareció una broma, hasta que comprobé que no lo era. Efectivamente, todo se mezcló y no por casualidad. Se encontraron armas (el caso Feldman, un caso a analizar e investigar); alguien dijo que estaba involucrado Marenales (un tupamaro); algunos medios de comunicación (que saben que la violencia y el miedo aumentan la audiencia) lo trasmitieron sin pensar mucho. ¡Bingo! La noticia llegó hasta acá en Italia. Luego, una presunta agencia de publicidad distribuyó un spot televisivo, sin firmar (ahora se sabe que fue pagada por el Partido Nacional), con la voz de una supuesta locutora que da una noticia, diciendo: “se encontró un arsenal de armas de guerra” (yo me la imagino tipo la voz de Tita Merello, imperiosa, dramática); muestran unas imágenes y ¡oh casualidad! las fotos de Mujica y Marenales. La voz de “la Tita” agrega que se investigan conexiones políticas. Después, se distribuyeron otros videos en los que, con la misma estructura, aparecen los salvadores Batlle y Larrañaga compungidos diciendo que “el país no se merece esto”.
 
Vamos a ver, yo soy del interior, soy además periodista y conozco el ambiente. A un canal del interior le llegan estos videos de una agencia de publicidad, el canal no tiene mucho material para emitir y los emiten. No lo justifico, pero lo comprendo; y el daño está hecho. La calumnia tuvo su resultado (“calumnia que algo queda”). Precisamente calumniar significa acusar falsamente en forma maliciosa para causar daño. Si a mí vienen y me dicen que mi vecina maravillosa (que a veces hasta me cocina) apuñaló a su hija -sea o no sea verdad-, el impacto que eso produce, la sensación indescriptible de lo que esa afirmación produciría en mi cuerpo, provocaría un daño inmenso en mi modo de mirar a mi vecina e inclusive de sentir. Luego, aunque se aclare que no es verdad, el daño está hecho.
 
Por eso la calumnia, la difamación y el chisme están definidos como pecados en la tradición judeo-cristiana y en otras religiones, porque el difamador divulga una información contra la buena opinión y fama y le quita al difamado su derecho de buen nombre. En otras palabras todos somos inocentes salvo pruebas contrarias. El derecho existe entre otras cosas para que uno no tenga que defenderse de cualquier cosa que a otros se les ocurra decir y esto no tiene nada que ver con la libertad de opinión.
 
En la Galería Uffizi de Florencia hay un cuadro de 1495 de Boticelli llamado “La calumnia de Apeles”. Allí, la “Calumnia” está personificada con una apariencia dulce y serena que toma a la “Víctima” de los cabellos y la destroza. En su mano izquierda “Calumnia” lleva una antorcha que simboliza cómo la calumnia se extiende y hace daño como el fuego en un incendio.
 
Después de todo esto, de saber que mi santa vecina es inocente y de haber calmado a mi tía, que ahora quizás se anime a votar a Mujica, me pregunto ¿por qué alguien necesita calumniar? La calumnia nace de la envidia, de los celos, de la amargura, frustración, melancolía y de los vacíos. La calumnia surge cuando un sujeto idealiza a un objeto al cual teme, admira y desea pero experimenta la imposibilidad de obtenerlo y por lo tanto no le queda otra –en ese tipo de mente enferma- que destruirlo totalmente.
 
 La historia casi siempre logra honrar al calumniado porque, como en el cuadro de Boticelli, también está la Verdad. Claro, los calumniadores saben que la verdad tarda pero llega y confían que no llegue antes del 29. Yo, en cambio, creo que dedicar tiempo y energías a la verdad es el mejor camino para uno mismo y para nuestro país.
 
Y recuerden que la calumnia encierra una paradoja: ¿quién es el deshonrado: el calumniado o el calumniador?
 
Desde Roma, el 9 de noviembre del 2009, día que recordamos los 20 años de la caída del muro de Berlín, sigamos derribando muros y redoblando la esperanza.
 

–  Julio César Boffano es sacerdote.