Hoy ya no existe el toque de queda. Las calles se ven tranquilas y la mayoría de medios de comunicación informan de un país que vuelve  a la normalidad. Los empresarios hablan de dialogo y los políticos de respeto a los Derechos Humanos de la población.

 

Mientras tanto, en un cementerio alejado de la ciudad, una hija, una familia, le dice adiós a un hombre. No hay ningún medio de aquellos; no hay globos blancos ni canciones por la paz. No hay sacerdotes ni pastores al pie del ataúd. Lo único que hay son lágrimas e indignación.

 

 Asesinaron a uno de los buenos. Asesinaron a Roger Bados. Al hombre integro. Al hombre de las  lucha de antaño. Aquel que no perdió las utopías. El que para su compañera y compañeras de la vida, solo podía ser llamado hermano. Ese, que para muchos/as que no compartieron su historia, bastó una vez para reconocerlo como parte de esa "generación de amadores y soñadores, hombres y mujeres que no soñaron con la destrucción del mundo, sino con la construcción del mundo de las mariposas y los ruiseñores"  como tan hábilmente, describe la escritora Gioconda Belli.

 

 En su entierro, las lágrimas corren en aquellas y aquellos que reviven lo más oscuro de la historia hondureña. Las y los que  pensaron no  volver a enterrar a los compañeros así. Los recuerdos, se empiezan a confundir y de pronto aparecen  rostros familiares, de otros y otras que también  fueron asesinados mientras "no pasaba nada”.

 

Al terminar el entierro, los rostros de las mujeres que lo amaron, han cambiado. El dolor se  dibuja fácilmente en su mirada. Mujeres valientes, que  tendrán por mucho tiempo, las lagrimas como silenciosas compañeras. Mujeres que seguramente mantendrán vivo a Roger Bados y no dejarán que les asesinen la esperanza. Porque ellas son la esperanza.

 

 Entre tanto, si algunos quieren, continúen  repitiendo con fuerza "aquí no pasa nada"; ojala y se les vuelva un mágico conjuro que convierta esta oscura Honduras, en ese país inventado que hoy celebran vestidos de blanco.