Con el trigo que se recolectaba en Mesopotamia o el arroz del Yang en la China imperial o el maíz de los Incas… la población mundial no sobreviviría. Las técnicas agrícolas han avanzado y las cosechas han aumentado hasta tener suficiente comida como para alimentar al planeta, a pesar de que sólo un 20% tenga en el 80% de la riqueza del mundo. El problema del hambre no es tanto por la falta de alimentos como el mal reparto de los mismos. El uso de pesticidas y agentes químicos para mejorar las cosechas dieron lo que hoy conocemos como la “Revolución Verde ”. Hoy, las semillas transgénicas han transformado la agricultura en una “industria”.

Para la FAO, los alimentos transgénicos hay que tomarlos con precaución. “No ha habido ningún informe verificable de que generen un peligro”, explica José María Sumpsi , subdirector general de este organismo. “Al contrario, se ven algunos beneficios sociales y ambientales, ya que los agricultores tienen que emplear menos plaguicidas y están sustituyendo químicos tóxicos por otros menos nocivos”, argumenta.

Sin embargo, hay muchas voces críticas a la utilización de las semillas transgénicas. “Con la excusa de contribuir al desarrollo del planeta, un pequeño grupo de empresas controlan las semillas y con las patentes tienen la llave de la cadena alimentaria”, advierten desde Alternativa Latinoamericana. Monsanto, Du Pont, Pioner Hi-Brend, Daw Agro Sciences y Syngenta son las cuatro grandes empresas que tienen en sus manos las semillas transgénicas. Un agricultor que compre a cualquiera de estas empresas una semilla con los genes modificados tiene que firmar un compromiso por el que no pueden quedarse con semillas de segunda generación. Así, tendrá que comprar de nuevo las semillas para la siguiente cosecha. Los agricultores dependen de estas multinacionales y del precio que quieran poner a las semillas.

Organizaciones como Greenpeace alertan de los efectos nocivos que estos alimentos modificados pueden tener para la salud. Alergias más graves, resistencia a los antibióticos, disminución de la capacidad de fertilización… son algunos de estos efectos negativos. En 2004, por ejemplo, más del 55% de los brotes de soja y cerca del 30% del algodón mundial eran transgénicos. Hoy, la realidad es que es muy difícil saber cuántos transgénicos existen y en qué países. En la actualidad, la mayoría de ellos ha abierto sus fronteras a este tipo de alimentos. Y como consumidores son pocas las alternativas: productos ecológicos y consumir alimentos de temporada.

Los cultivos transgénicos, además, no son cultivos sostenibles. Desaparece la biodiversidad de la zona, se contaminan los campos y el suelo y los cultivos se hacen cada vez más resistentes al uso agrotóxicos. Una vez liberadas las semillas transgénicas no se pueden controlar y se entra en un proceso irreversible. Un campo de maíz contaminado por otro transgénico ya nunca dará la primera clase de maíz. La transformación genética es para siempre, no se pude volver al punto de partida.

Por primera vez en la historia de la humanidad, las hambrunas no son producidas por desastres naturales o por una mala cosecha. La crisis alimentaria actual viene por la especulación con los alimentos de las grandes empresas agroalimentarias y el aumento del precio de los alimentos. Tan sólo en 2008, el precio aumentó en un 40%. Y los países ricos del Norte están dispuestos a ayudar a los empobrecidos siempre y cuando no toque a sus intereses nacionales. La agricultura se ha convertido hoy en una industria, en un negocio… Sin embargo, los alimentos son indispensables para la vida.

 

– Ana Muñoz Álvarez es periodista

Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias  (CCS), España. http://www.ucm.es/info/solidarios/ccs_portada.php

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