El corronchismo es la expresión que se ha acuñado para designar de manera despectiva o condescendiente la concepción y actitud forjadas por las comunidades rurales y silvestres de la Costa Caribe con la que han hecho frente a los requerimientos que les plantean sus particulares condiciones de vida, por lo general con muchas necesidades y abandonadas por los gobiernos y el Estado.

Para unos es sinónimo de atraso, ignorancia y elementalidad, para otros es una forma de vida como cualquier otra. Hay quienes consideran que es una fase de los pueblos  pobres, sujeta a cambios de acuerdos con inversiones y propuestas de desarrollo, mientras no faltan los que aseguran que es obra del destino y por lo tanto irremediable. Siempre habrá gente como ellos a pesar de todo.

Como la mayoría de los pueblos costaneros, ribereños, montañeros, sabaneros y cienagueros se encuentran en malas condiciones socioeconómicas, el grado de corronchismo es bastante elevado según los empleadores de este calificativo. Sin embargo, algunos de estos pueblos, a pesar de su atraso físico y de escasez de bienes y servicios poseen una serie de características positivas que bien pueden ser de utilidad para el conjunto de la sociedad Caribeña y Colombiana.

Para el caso de la Cuenca del Rio Sinú, los pueblos cienagueros son un buen ejemplo de creatividad, convivencia, solidaridad, resistencia y persistencia. Dentro de sus características figuran las siguientes:

Fueron lugares de asentamientos indígenas: tales son los casos de las Ciénagas Grande, Betancí y Martinica en el Sinú y la de Ayapel en la Cuenca del Río San Jorge. En estos sitios se conservan las costumbres y maneras de ver el mundo y la vida de acuerdo con las pautas de sus antepasados.
La relación gente-Ciénaga y viceversa es permanente, dinámica; se observa en todas las manifestaciones de vida, trabajo, descanso y recreación que presenta la población.
La mayoría de la gente son mestizos analfabetas. Son nobles, sencillos, confiados, trabajadores, de vida aparentemente descomplicada, regidos por pautas y conductas sociales, éticas y morales estables y forzosas. Respetan los vínculos de sangre y compadrazgo. Celebran con euforia familiar los cumpleaños, santos de patronos, Navidad, Semana Santa y Año Nuevo.
Respetaban,  protegían y distribuían o usufructuaban de manera equitativa los recursos naturales de uso comunitario.
Poseen un humor natural expresado en una variedad y abundancia de anécdotas, chistes, bromas, chanzas, cuentos, exageraciones, informalidad, canciones, décimas y una disposición a la alegría que muestran en las fiestas, celebraciones, fandangos, carralejas y juegos.
Reconocen y respetan las diferencias sociales, económicas, políticas, ideológicas; religiosas y muestran simpatía por los discursos; apreciaciones progresistas, democráticas y esperanzadoras. En otras palabras: viven y dejan vivir.
Las querellas, controversias y conflictos entre familias; vecinos todavía los resuelven con gritos e insultos a todo pulmón y a trompadas o puñetazos en el caso de los hombres. Las reconciliaciones no tardan en manifestarse.
Abundaban las especies de animales, plantas, árboles, bejucos y pastos producidos por la Ciénaga, satisfaciendo en gran medida las necesidades básicas de las familias que viven por sus alrededores.
Contaban con una rica, variada y surtida culinaria (comidas y bebidas) basadas en cultivos de pancoger, toda clase de animales de agua, tierra y aire, frutas, hortalizas, aromáticas, maíz, arroz y batata, especialmente.
Muchos de los dichos, refranes, sobrenombres, recetas, piropos, coplas, adivinanzas, chistes, trabalenguas, proverbios, cuentos, supersticiones y leyendas tienen como base los elementos de la Ciénaga y la relación que se establece entre ellos.
Creen en brujas, animes, niños en cruz, curanderos de mordeduras de culebras, santiguadores, curiosos, componedores con sobos, sopladores de maleficios, oraciones y empautos para librarse de malos momentos e invocar al diablo, apariciones y médiums, muertos que regresan a llevarse a los seres queridos, mal de ojos y preparaciones, entre otras manifestaciones.
Confían en santos y santas de su propia invención pero influenciados por preceptos y practicas  de la religión católica.

Ante las preguntas: ¿podrán estos pueblos tradicionales rurales y silvestres conservar sus características esenciales a medida que pasa el tiempo y se suceden los cambios?, ¿por casualidad los pueblos no cuentan con sus propios mecanismos de defensa?

En efecto: mientras haya deterioro físico de los recursos y desvinculación de la gente con su medio natural, las características esenciales de estos pueblos se irán perdiendo paulatina pero irremediablemente. La perdida de estos valores ya se observa sin mucho esfuerzo en la mayoría de los pueblos. Y en cuanto a mecanismos de defensa poseen varios:
Radio bemba, o sea la difusión oral subrepticia de hechos que afectan la comunidad, en especial sus valores éticos y morales, cuyo fin principal es censurarlos o condenarlos mediante el uso del “cuento”, la burla, la ironía, las indirectas, el chiste y la exageración a espaldas de los protagonistas.
Castigos y recompensas, es decir, los ancianos, los jefes de hogares y las personas más consideradas de la comunidad cuentan, además del respeto y la fuerza física, con un cúmulo de presagios, proverbios y supersticiones que enseñan el castigo para los infractores de las normas establecidas y las recompensas para quienes las aceptan y acatan.
Tradición oral, o lo que es lo mismo,  el intento por conservar los valores culturales de una a otra generación a través del ejemplo y la comunicación que se da entre adultos y los niños.
Festividades culturales, o eventos para afianzar, difundir, proyectar y valorar los recursos, creencias, costumbres, valores, tradiciones y actividades de la comunidad. En el departamento han proliferado en los últimos años.
El esfuerzo tesonero y sostenido de investigadores, creadores, actores, gestores e impulsadores del folclor, el arte y la cultura en general que ha permitido conservar, defender, valorar, proyectar y difundir estos patrimonios comunes.

Como puede observarse estos mecanismos de defensa no garantizan, por si sólos, la preservación, valoración, mejoramiento y proyección de las manifestaciones artísticas y folclóricas ni los elementos culturales de las comunidades rurales puesto que también funcionan una serie de actores, factores y circunstancias que pugnan por erradicar, modificar, aprovechar, tergiversar, demeritar e ignorar las bases de estas culturas autóctonas y raizales.

Lo extraordinario es que después de tantos años no sólo han sobrevivido física y culturalmente, resistiendo las imposiciones e imposturas de la violencia, el narcotráfico, la corrupción, el espíritu mercantilista descarnado de los aprovechadores, el sicariato, el enriquecimiento ilícito y la influencia de los medios masivos de información. Según Carlos Simancas, un corroncho confeso: han asimilado creativamente conceptos modernos y costumbres foráneas y se han destacado en la música, danza, poesía, pintura, gastronomía, artesanía, décimas, botánica, agricultura, ganadería, literatura y deportes como el boxeo y el béisbol.

– Víctor Negrete Barrera, Fundación del Sinú

Fuente: Semanario Virtual Caja de Herramientas
Corporación Viva la Ciudadanía. www.vivalaciudadania.org