Introducción

 

En consulta a los y las participantes de este Grupo, en el cual se inscribieron 52 personas, se decidió:

 

  1. Trabajar en un solo grupo y no tres por razones de número y de posibilidades insuficientes de traducción simultánea.

 

  1. Invertir el orden de los subtemas y pasar el primero (“Educación y cultura para y en una sociedad socialista”) para el último, por una cuestión de lógica secuencial de análisis, tratando primero el subtema de “Comunicación y monopolios mediáticos”, y luego el subtema de “Pluralismo cultural, religiones y ética”.

 

  1. Leer a manera de insumo introductorio al debate la síntesis del Foro Regional Latinoamericano realizado en Quito en febrero de este año, en el punto referido a la Dimensión Cultural. 

 

De manera general, se planteó la necesidad de empezar señalando el uso genérico que se hace de ciertos términos o categorías cuyos conceptos no han sido suficientemente consensuados y resignificados en la actualidad, tales como socialismo, izquierda, transición y algunos otros.  También se consideró necesario contextualizar la reflexión definiendo el tipo de crisis que traviesa hoy en día el capitalismo, en el sentido de si es sólo una crisis financiera o también implica otros aspectos estructurales, ideológicos, informacionales, humanitarios, ecológicos, etc.; por lo cual se sugirió sería más adecuado definirle como una crisis civilizatoria, abarcativa de aspectos fundamentales del devenir de la humanidad.

 

Igualmente, el concepto de socialismo en el presente ha diversificado su significado, por lo cual se hace necesario propiciar el estudio de los diferentes entornos y contornos sociales, económicos, políticos y culturales de los proyectos de transformación que intentamos desarrollar y estar atentos a la caracterización de los procesos de cambio que surgen en diversos puntos del planeta.  Estos análisis constituyen un factor esencial para disponer de una visión adecuada del curso de la transición.

 

Sería imposible avanzar en este camino sin un análisis minucioso y exhaustivo del escenario capitalista mundial, en el cual acaba de revelarse de manera abrupta la crisis financiera más aguda que haya tenido lugar desde 1929, introduciendo así una muestra de las tendencias dominantes de incertidumbre que anudan la historia del derrumbe neoliberal.  Tal situación nos obliga a buscar soluciones que no descansen en la creencia de que podemos planificar acciones eficaces a partir únicamente de una lógica de certezas. 

 

Esta convicción nos invita a priorizar la necesidad de una formación ciudadana que esté a la altura de los eventos que hemos vivido y que están en curso, a través de un aprovechamiento óptimo de los medios que podamos poner a nuestro alcance, en particular la información, la comunicación social y los sistemas de educación popular. 

 

  1. Comunicación, monopolios mediaticos y domesticacion de la opinion pública

 

En una primera constatación fueron señalados algunos aspectos que caracterizan a la comunicación en todos los continentes: la concentración monopólica de la propiedad de los medios, el control oligopólico de las agencias de información, la conversión de la difusión de la información y las noticias en vocería del poder económico constituyéndose en los principales opositores a los cambios políticos, desarrollando un verdadero terrorismo mediático que altera la verdad, descontextualiza las acciones contestatarias y la protesta, ejerciendo un verdadero terrorismo mediático desmovilizador.

 

Ante este estado de cosas, se considera indispensable analizar detenidamente el rol de los medios según su carácter, su cobertura y radio de influencia, definiendo paralelamente el papel del individuo en la acción emancipatoria, sin oponer la posición individual frente a la comunidad sino combinando visiones y objetivos a fin de enfrentar exitosamente la hegemonía mediática transnacional en el marco de una política de democratización de la comunicación.

 

En tal sentido, se considera fundamental la construcción de una estrategia mediática con calidad estética y de contenidos, con producción de conocimiento y de imágenes que permita participar decididamente en la batalla de las ideas y en la disputa de sentido, en momentos claves en que el capitalismo se muestra incapaz de argumentarse a sí mismo.

 

Es necesario desarrollar una contra-información atenta a las expectativas de los sectores marginados, urbanos y rurales, así como de la clase media, como potenciales sectores aliados.  Esto no puede ocurrir si no se vencen obstáculos o si no se superan debilidades como el divorcio entre la teoría y las políticas de los medios, entre la academia y la práctica comunicativa, entre la comunicación y la investigación. 

 

En la lucha por la democratización de la comunicación junto a los medios de comunicación popular, alternativa, independiente, comunitaria, etc., se encuentran varios actores, entre los cuales se puede citar: los colectivos en pro del acceso universal y apropiación de las nuevas tecnologías de información y comunicación (TICs); las redes de intercambio para desarrollar el software libre; los organismos de monitoreo y/o presión frente a contenidos sexistas, racistas, excluyentes, etc.  vehiculados por los media; los programas de educación crítica de los media (media literacy); las asociaciones de usuarios para intervenir en la programación de los media; las redes ciudadanas y de intercambio informativo articuladas por intermedio de Internet; los investigadores críticos; las asociaciones de periodistas independientes; los colectivos de mujeres que impulsan la perspectiva de género en la comunicación; los movimientos culturales; las redes de educación popular; los observatorios en pro de la libertad de información; las asociaciones para oponerse a los monopolios; los movimientos en defensa de los media de carácter público.

 

Por otra parte, la articulación de diversas iniciativas que no coinciden en un espacio común aparece como una tarea ineludible a fin de aprovechar experiencias exitosas a través del intercambio y la construcción de una agenda también común.

 

Esta agenda básica, entre otros puntos, plantea la reafirmación del carácter público de la comunicación y, por lo mismo, la necesidad de regulaciones para restringir la concentración de la propiedad de los medios de comunicación, garantizando la diversidad y la pluralidad; la democratización y transparencia de los mecanismos de concesión de frecuencias, en tanto recurso público escaso; la adopción de políticas con sentido de inclusión social –no tecnológico- para la implementación de las nuevas frecuencias digitales; la legalización de los medios del “tercer sector” (populares, comunitarios, etc.) y el derecho de los pueblos indígenas a tener sus propios medios; el reconocimiento de los derechos de las mujeres con un tratamiento específico y transversal, un régimen de propiedad intelectual que proteja el interés público, etc. 

 

El aspecto tecnológico debe ser asumido con todas sus implicaciones o exigencias de cambio de actitud ante la novedad y la innovación.  Cada medio tiene sus características y demanda ser conocido sobre todo en su relación con las personas receptoras a fin de fomentar su uso adecuado.  Es conocido, por ejemplo, que la radio puede ser escuchada en diferentes espacios sin necesariamente impedir la suspensión de actividades de la persona radioescucha en tanto que sucede lo contrario con la televisión que inmoviliza al televidente.

 

Es importante no subestimar la prensa escrita, pues si bien los otros medios presentan facilidades de utilización y son más masivos; la prensa permite desarrollar análisis y reflexiones que pueden servir de fuente informativa para muchos fines; incluso sus contenidos sueden ser frecuentemente reproducidos por la radio o la televisión, con lo cual la incidencia indirecta de la prensa pone de manifiesto su importancia informativa o de manipulación ideológica, según su uso.

 

El capitalismo perdió el paso y no sabe como salir de la crisis, las soluciones dadas por parte de los gobiernos de los grandes países industrializados a través de las bancas centrales y el otorgamiento de centenares de miles de millones de dólares sólo tendrá efectos puntuales, temporales y artificiales, sin que lo esencial de las fallas en el control financiero, en las distorsiones de la estructura productiva y del comercio internacional haya sido resuelto.  Por otra parte, ese dinero destinado al salvataje bancario no sale de los fondos acaparados por los grupos beneficiarios de la especulación sino de los contribuyentes, por lo mismo, quienes van a pagar el precio del descalabro financiero son los pueblos de Estado Unidos y Europa, los trabajadores y los desempleados, y, de manera progresivamente catastrófica, el mundo subdesarrollado. 

 

Estas circunstancias exigen una clara respuesta preventiva desde la comunicación alternativa.  A partir de una vinculación entre la estrategia de comunicación y una estrategia de conocimiento, es fundamental definir actores, recursos y tiempos para armar una resistencia adecuada a la embestida del imperio que no descartará medidas intervencionistas incluso militares, sobre todo en aquellos países con gobiernos progresistas, cuestión de hacer fracasar los procesos de cambio y aprovecharse a la vez de los recursos naturales que necesita.

 

En la medida que las fuerzas progresistas no disponen de medios de comunicación sino de manera escasa y a menudo rudimentarios, se plantea la necesidad de saber utilizar los medios que no le pertenecen, lo cual demanda una estrategia de incidencia que visibilice las ideas y propuestas de los sectores sociales progresistas frente a este intervencionismo, procurando a la vez debilitar a los sectores adversos.  En este marco, cobra importancia crucial la lucha contra la criminalización del trabajo periodístico crítico que algunos gobiernos han desatado como parte de una política de terrorismo de Estado que pretende mantener la desinformación y desmovilizar la protesta ciudadana.

 

Como es conocido, el comportamiento general de la sociedad es particularmente influenciado por la ideología de los sectores o clases dominante, por lo mismo, es fundamental aprender a descodificar los mensajes del enemigo y no repetir sus vicios.  Si bien existe una gran distancia entre la verdad oficial y lo que cree la población, es urgente la creación de “Redes de Observatorios de medios”, concretando iniciativas que ya han sido formuladas en otros espacios o eventos, pero que no han logrado entrar y permanecer en funcionamiento y coordinación por falta de recursos y de compromisos individuales o colectivos.  No es necesario disponer de un lugar físico pero sí de una concentración en una lógica de interfaces que permita articular redes ya existentes y optimizar los intercambios y difusión, progresivamente hasta disponer de traducciones de artículos y materiales educativos útiles para los movimientos sociales, organizaciones y personas interesadas en el cambio.  Esto, desde luego, no puede realizarse sin concebir estrategias post nacionales, post identitarias y post coloniales que trasciendan las fronteras nacionales y armen arquitecturas regionales, pluriétnicas y multiculturales. 

 

Para avanzar en la articulación de la “otra comunicación posible”, no hay recetas ni fórmulas mágicas porque tal desafío implica la elaboración de propuestas consistentes teórica y prácticamente, tanto a partir de las experiencias y condiciones concretas de las luchas sociales, como del procesamiento de aciertos y errores, ya sea del presente o del acumulado histórico.  En tal sentido, es necesario aprovechar la coyuntura de deslegitimación de los grandes medios en su verdad, que se fue al suelo con la crisis, quedando al desnudo la mentira de bonanza del sistema y de prodigios del modelo neoliberal que tanto alabaron cotidianamente. 

 

En consecuencia, y sin caer en el inmediatismo o en el voluntarismo, hay que romper la inercia y echar a andar con claves, metas, objetivos y acuerdos fijos, con equipos de arranque o grupos internacionales de trabajo dispuestos a socializar los andamiajes ya existentes y ponerlos al servicio de la comunicación alternativa.

 

  1. Pluralismo cultural, religiones y etica

 

Vivimos la época de la complejidad en los diferentes aspectos de la existencia como naciones o como pueblos; los intentos de uniformización o de homogeneización cultural promovidos por la globalización neoliberal y la supuesta modernización económica han provocado reacciones y resistencias que han activado conceptos importantes como el sentido de pertenencia, la identidad étnica, el interés nacional, la soberanía, exacerbando incluso algunas creencias religiosas que han derivado en integrismos o fundamentalismos.

 

Las políticas de ajuste estructural impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, lejos de cumplir sus postulados de crecimiento y desarrollo han determinado más bien mayor pobreza, privatización de los servicio públicos y desregulación financiera, favoreciendo la especulación y la corrupción en la administración pública.  Consecuencia de esto, se ha precarizado el trabajo y se ha deteriorado la calidad de vida, por lo cual la emigración internacional en búsqueda de mejores oportunidades ha desarticulado a las familias y a las comunidades.  La penetración de la economía mercantil ha generado una crisis de valores y deformaciones de las culturas autóctonas y de la organización comunitaria.

 

En este contexto, si bien en algunos países se ha podido constatar un alto grado de tolerancia multicultural y religiosa, en su mayoría las diferencias étnicas han sido utilizadas por las grandes potencias occidentales para promover separatismos, enfrentamientos fratricidas, masacres y desmembramientos territoriales, con lo cual las diferencias culturales y religiosas han sido funcionalizadas para la dominación imperialista.  El racismo y la discriminación han adquirido grandes dimensiones dificultando la coexistencia y la cooperación al interior de los países.  Las tensiones así generadas han impedido la estabilidad política, la inversión productiva y el desarrollo humano sustentable.

 

El racismo es funcional al modo de producción capitalista y a más de la discriminación, produce autosubestimaciones de personas y grupos poblacionales por el color de la piel, pese a que está demostrada científicamente la impostura del concepto de raza.  El imperio propicia la racialización de los pueblos musulmanes y otros, para tratarlos como un enemigo total, emparentándolos con grupos y acciones terroristas.  Algunos intelectuales de occidente han formulado falsas disyuntivas como el “fin de la historia” o la “guerra de las civilizaciones”, encerrando el debate en callejones sin salida, construidos artificialmente con la única intención de legitimar el modelo neoliberal, perpetuar el capitalismo, y de desviar los análisis críticos y las luchas de liberación del neocolonialismo. 

 

A su vez, si bien los criterios no son unánimes, la incidencia de la religión ha sido sobredimensionada por conveniencias políticas en ciertos países que no han adoptado lo que en principio fue el postulado republicano burgués de laicidad.  El Estado laico moderno deslinda la razón de la fe y, por lo mismo, separa la iglesia de los asuntos políticos, quedando la religión como un asunto privado de la persona.  Esto no ocurre en la visión islámica, en varios países, en donde la religión forma parte del poder político y la administración pública.  Esto hace que donde se han intentado los llamados “diálogos interreligiosos” su alcance no haya sido grande y sólo logren distensiones frágiles y temporales, ya que el problema no es de enfrentamiento o choque entre religiones sino de lucha contra la opresión.

 

El reconocimiento del espectro multicultural de nuestras sociedades obliga a replantearnos el rol de la religión y en ese sentido, es necesario diferenciar la institucionalidad religiosa y la espiritualidad de la población a fin de que en la construcción de una sociedad socialista se adopte el cuadro más pleno de libertad religiosa y de reconocimiento igualitario de las diversas expresiones de religiosidad.  En tal sentido, la aplicación del concepto de laicidad no debe permitir el predominio de una religión dominante que coyunturas históricas hayan impuesto. 

 

El neoliberalismo se apoya en el fundamentalismo por ser excluyente, planteando un alarmista “sálvese quien pueda” ya que supuestamente no hay lugar para todos.  Paralelamente, con la agudización de la crisis, los gobiernos de Estados Unidos promueven la idea de “nación elegida”, es decir con más derechos que otras para salvarse, con lo cual intenta justificar un pretendido “derecho de injerencia”, es decir, invasiones, ocupaciones y saqueos de recursos naturales, en particular el petróleo y minerales esenciales.

 

La actual crisis financiera es un primer momento del descalabro económico del sistema capitalista que arrastra desde hace años una crisis de sobreproducción que ha sido parcialmente controlada por los grandes países industrializados.  Esto conlleva a pensar con más urgencia las alternativas de resistencia puesto que el reajuste capitalista se traducirá en un endurecimiento de políticas de disciplinamiento social, restricciones comerciales y crediticias, así como también en un intervencionismo que no descarta la implementación de guerras focalizadas que ya no serían de baja sino de media intensidad. 

 

Frente a esta situación, a más de las acciones de resistencia social y política, es necesario impulsar la ética solidaria como respuesta general posible.  En efecto, en medio del dolor surge la posibilidad de construir una sociedad alternativa en la que el ser humano coexista y viva como sujeto de derechos, en armonía con la naturaleza, sin que sea considerado como ser social exclusivamente por sus relaciones mercantiles.  Las distorsiones que produce la crisis capitalista permite que resurja el concepto del bien común, el mismo que se presenta primero como negación, como resistencia, antes de plantear alternativas.

 

La ética del bien común surge hoy en día en una relación de conflicto con el sistema de mercado totalizado y opera desde el interior de la sociedad en crisis, planteando la resistencia, la interpelación y la intervención en beneficio de las mayorías.

 

El supuesto para que opere el principio del bien común es el reconocimiento de que nadie puede vivir si no puede vivir el “otro”, incluyendo la naturaleza.  La ética solidaria nace a partir de la conciencia de que sin salvar al “otro” (la otra persona, el otro sexo, la otra nación, la otra cultura, la naturaleza) no habrá salvación para nadie.  La sensación de vulnerabilidad que crece a niveles intolerables a causa de la crisis conduce a la conciencia de que nadie se siente a salvo en el mundo neoliberal, encontrando la ética solidaria como respuesta.

 

En la crisis cada vez más profunda brotan y se reivindican nuevas relaciones de producción donde se generan condiciones para supeditar la economía a las necesidades de la vida humana y natural.  La economía puede ponerse al servicio de la vida y no al revés.  La ética de la vida comienza así a ocupar un lugar central frente a la ética de la muerte del capitalismo senil.

 

  1. Educacion y cultura para y en una sociedad socialista

 

Todo proceso de emancipación tiende a construir su propia institucionalidad, por lo cual, la educación debe partir reconociendo que existen saberes ancestrales y saberes populares que no dejan de ser tales por no ser “científicos” en la acepción moderna del término.  La mayoría de pueblos cultivan estos saberes al margen de la educación formal, muchas veces en su idioma originario y no en el impuesto por el colonialismo.  Estos conocimientos les han permitido vivir durantes milenarios y actualmente son inclusive objeto de disputa para convertirlos en patentes por parte de empresas transnacionales, en particular de la industria farmacéutica. 

 

La educación para una nueva sociedad debe incorporar los valores que formen al nuevo ciudadano o a la nueva ciudadana en base justamente a la ética solidaria y a una voluntad política manifiesta desde los poderes públicos, expresada en facilitación de recursos, espacios, equipos docentes y metodologías que apuntalen una pedagogía diferente, lejos del verticalismo y la educación bancaria de simple instrucción o transmisión de datos en un cerebro de los alumnos supuestamente vacío.

 

Esta educación debe tomar en cuenta las tecnologías modernas y las amplias posibilidades de utilización de medios informáticos, incorporando recomendaciones muy positivas y viables ya establecidas en organismos como la UNESCO, como la Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de expresiones culturales, de marzo de 2007.

 

La educación para una nueva sociedad no puede estar desligada del proceso emancipatorio y debe compartir el interés de construcción de hegemonía desde la sociedad civil, en base a estrategias estables de formación de niños, jóvenes y adultos, contando con investigaciones teóricas y empíricas que signifiquen recuperación histórica, agregaciones conceptuales y de conocimiento para el convivir y para la acción política.

 

La nueva sociedad no puede construirse sin una ciudadanía activa, sin sujetos sociales protagonistas del cambio y la transformación.  Esto requiere de una estrategia de producción de imaginarios sociales, culturales y políticos diversos, que tomen en cuenta la diversidad étnica y cultural, la multiplicidad de idiomas y lenguas propias, lo cual está íntimamente ligado a la motivación de la lectura.

 

En la materialización de la transición socialista, la creación de un sistema de educación que responda a los ideales de justicia y equidad sustentables de la nueva sociedad es esencial.  La obtención de este objetivo decide la posibilidad de reproducción de los logros de cada etapa y la conducción del proyecto social con niveles profesionales cada vez más altos y con valores cada vez más arraigados en el relevo generacional.  Esto obliga a entender que la cuestión de la soberanía de cada país sobre la educación de su pueblo es un deber público y no debe quedar al arbitrio de los sistemas privados.

 

No sólo debemos pensar en educar para crear profesionales y técnicos competentes pues educar es un problema ético y la contribución de la escuela es irremplazable en el propósito de lograr que cada generación se aproxime más al ser humano solidario, despojado de egoísmos, preocupado por “ser más” y no por “tener más”, capaz de medir el significado del aporte que su paso por la historia puede brindar.  Desde luego, esto implica asumir toda la problemática escolar, de la formación docente y de la enseñanza formal e informal, semejante a lo que se estipula en las propuestas y métodos de “educación a lo largo de toda la vida”. 

 

Cuando las tareas que se orientan a dar respuestas a las grandes carencias impuestas a los pueblos por la lógica del capital y la voracidad del imperio adquieren prioridad los programas educacionales masivos; los programas de educación popular y otros, pasan a primer plano.

 

En esta perspectiva, uno de los temas culturales más presentes es el de la lengua.  La lengua no es un simple arsenal de palabras para comunicarse, es sobre todo una estructura del pensamiento y una visión del mundo.  Las lenguas son la primera expresión de la diversidad cultural y comportan de manera contradictoria la posibilidad o la imposibilidad de comunicarnos y han sido durante mucho tiempo un elemento de discriminaciones muy fuertes.  Nuestras sociedades plurilingües se componen de comunidades que pueden ser incluso unilingües en su lengua autóctona y la nación se constituye como estructura de dominación de esos pueblos.

 

Es estas circunstancias, no es posible permitir que se repitan desencuentros ocasionados por exclusiones lingüísticas y culturales.  Es necesario asumir la diversidad étnica en toda su magnitud y trascender del aspecto educativo al campo social y político, propiciando un reconocimiento pleno de la existencia de estos pueblos a través de la legislación y aplicación de sus derechos colectivos, tal como lo establece, por ejemplo, la Declaración de la ONU de septiembre de 2007.

 

En países de población pluriétnica, el fomento de la interculturalidad es crucial.  No basta la simple constatación antropológica de la diversidad étnica, de las diferencias lingüísticas o culturales, sino una real incorporación a las instancias de decisión política, a la institucionalidad en igualdad de derechos y obligaciones.  Esto implica reconocer y respetar sus costumbres en materia de medicina tradicional, de administración de justicia y ejercicio de la autoridad territorial.  Un desafío que en varios países se está tratando de resolver a través de los debates y propuestas de descentralización y construcción de un Estado Plurinacional.

 

En esta perspectiva, surge como un gran reto repensar la articulación del proceso educativo con el proceso productivo y, en general, la reproducción de las condiciones de vida en un sentido cualitativamente nuevo, sin sucumbir a los requerimientos alienantes del mercado y la competitividad capitalista.  Es lo que en algunos países andinos se comienza a ver como el “buen vivir” en lugar del “vivir mejor”, en el cual los seres humanos seamos capaces de establecer, en las distintas dimensiones de existencia individual y colectiva, escalas basadas en el “valor de uso” y no sobre el “valor de cambio”.

 

Informe de síntesis del trabajo del Grupo No 4

 

Caracas, 15 de Octubre de 2008

 

Coordinador:   Víctor Hugo Jijón, Ecuador.

Relator: Aurelio Alonso, Cuba.