En un
libro
sobre
la Iglesia, el teólogo uruguayo Juan Luis Segundo comenta la
"leyenda del Gran Inquisidor" de Dostoievski en el romance
"Los hermanos Karamazov". La leyenda cuenta que Cristo
vuelve al mundo. Es encarcelado y conducido al tribunal de la Santa
Inquisición Española. El gran Inquisidor de Sevilla, obispo
católico-Romano, explica porque lo arrestó y por que lo obligan a
condenarlo. Comienza recordando a Jesús el diálogo que el propio
Cristo tuvo con el diablo en el desierto. Para el inquisidor, las
tres sugerencias que el demonio hace a Jesús no son "tentaciones".
Jesús las interpretó incorrectamente. Eran propuestas buenas:
estaban destinadas a proporcionar a Jesús las maneras de llegar, con
su mensaje, a la humanidad entera. Para cumplir con su misión de
salvar a la humanidad, Jesús debería tener mejor cuidado de sí
mismo y usar en provecho personal el hecho de ser hijo de Dios
(transformar las piedras en panes). Quién ganaría con eso era el
pueblo pobre. Debería asumir el poder religioso (la tentación de
saltar del pináculo del templo para que Dios lo salve) y el político
("todo esto te lo daré") para hacer el bien.







Al
final,

el Inquisidor, representante de la Iglesia, confiesa su terrible
secreto: por amor a los hombres y para que estos no sean entregados a
su libertad, tan dañina y exigente, él y los suyos tomaron partido
por Satán, dando a la Iglesia la estructura que le dieron.
"Escucha, pues, ya hace ocho siglos, no estamos contigo y sí
con él (Satan). Hace ocho siglos que aceptamos de él lo que tu
rechazaste"
1.







Parece
una afirmación muy fuerte, pero, basado en Dostoievski, Juan Luis
Segundo sustenta que una Iglesia que se casa con El poder traiciona
el Evangelho por una alianza con el demonio. Se rindió ante las
mismas tentaciones que, en el desierto, Jesús había vencido.







Gracias
a Dios, en la Iglesia católica actual y en otras Iglesias, tenemos
buenos ejemplos de obispos y pastores que se comportan como dedicados
servidores de sus hermanos, sin usar el poder en beneficio propio.
Sin embargo, la experiencia que, hoy, muchos cristianos y cristianas
tienen, en el contacto con algunos pastores, obispos o sacerdotes, es
la de encontrarse con una estructura que busca de todas las formas,
consolidar su poder interno, su prestigio y su hegemonía en el
mundo. Yo que soy monje benedictino y busco integrar la obediencia
espiritual en mi camino personal y comunitario, me propongo compartir
con ustedes algunas reflexiones que he hecho sobre esta realidad
eclesial. En estas líneas, trazaré algunas pistas sobre como vivir
una espiritualidad evangélica y verdaderamente ecuménica cuando,
por casualidad, nos encontramos con una jerarquía o pastores que se
caracterizan por el apego al poder. ¿Cómo ayudar a los hermanos y
a las hermanas en esta situación a perseverar en la fe y continuar
en sus trabajos de servicio al pueblo mas pobre, como señal y
testimonio del Reino del Dios?







1 –
Iglesia
como fraternidad evangélica







Es
éste el deseo de muchas y muchos cristianos: retomar el movimiento
de Jesús, viviéndolo en
medio
de los desafíos y riesgos del mundo actual. Esta inspiración
alimenta la caminada de las comunidades eclesiales de base y de los
movimientos pastorales de servicio al pueblo excluido. Esta manera
de vivir la fe revela y expresa una forma de ver y concientizar la
Iglesia. Para los católicos, este concepto de Iglesia
(Eclesiología) viene Del Concilio Vaticano II (1962 – 1965),
aplicado y actualizado aqui en América Latina por la II Conferencia
General del Episcopado latinoamericano en Medellín (1968). Para las
comunidades evangélicas, la mayoría de sus Iglesias insistieron
siempre en el carácter local de la Iglesia. Sin embargo, esta
dimensión fraternal y de comunión está subrayada por los textos y
e intuiciones del Consejo Mundial de Iglesias, principalmente en sus
asambleas generales de New Dehli (1961) y de Upsalia (1969).







Podemos
caracterizar esta visión como
"Eclesiologia
de la Iglesia local". Según este concepto, la Iglesia es la
comunidad concreta, reunida en el discipulado de Jesús, aquí y
ahora. Cada Iglesia concreta vive y manifiesta la comunión con
todas las comunidades que, en el mundo entero, forman como una sola
asamblea del Pueblo de Dios, expresada y realizada, en la diversidad
de las Iglesias reunidas en cada lugar del mundo. La comunidad de la
fe es toda ella ministerial y tiene como misión ser signo eficaz de
un mundo nuevo. Por lo tanto, se estructura de manera que el mundo
puede caminar en esta dirección: un comunidad fraterna e
igualitaria, organizada en ministerios diversos, complementarios y
que se unen en la subsidiariedad. Inserta en las culturas populares,
estas comunidades eclesiales valoran mucho la función de los
pastores y, de ninguna manera, se caracterizan por reivindicaciones
de anarquismo o de rebelión. No se trata de eso. Se trata de
contar con los pastores como hermanos y vigilantes (
epíscopos)
de la comunidad para ayudarla a caminar en el sentido que Dios señala
para su pueblo.







2
Comprendiendo la herencia de una larga historia







La
experiencia de las comunidades de base y de una
Iglesia
profética al servicio del pueblo se puede referir a muchos ejemplos
en la historia de las Iglesias y sentirse en continuidad con grupos
proféticos que siempre existieron. Sin embargo, como movimiento más
amplio y principalmente como forma de vivir la eclesialidad, es una
experiencia nueva. En esta experiencia de las comunidades eclesiales
de base, propias de América latina, algo que cambia es la referencia
al poder. Tradicionalmente, desde las épocas mas remotas, casi
todas las religiones y culturas identifican a Dios como el poder
supremo y de ahí idealizan el poder como algo sagrado (santo). Como
si al decir que Dios es poder, fácilmente se podría invertir los
términos y afirmar que el poder es Dios. La biblia asume la misma
cultura de los pueblos orientales y también habla de Dios como poder
supremo. Es verdad que la biblia transforma esta cuestión porque
muestra que Dios ejerce este poder amando y liberando. Sería la
diferencia clásica entre poder y autoridad. Sin embargo, a pesar de
eso, la cultura del pueblo bíblico expresada en los textos contiene
esta ambigüedad. De un lado, testimonia una revelación nueva, y de
otra, expresa una cultura muy arraigada y centrada en el poder.







El
término

"autoridad"
deriva del latín
augere,
palabra
con la misma raíz del griego auxanein que significa
"hacer
crecer, promover el aumento, engrandecer".
"El
sentido originario del término es el crecimiento, un dinamismo que
crece, promueve y culmina los vínculos que unen a las personas".
Karl Jaspers analiza: "
Autoritas
es la fuerza necesaria para sustentar y hacer crecer"
2.
Entonces, etimologicamente,
auctoritas
es la fuerza necesaria para sustentar (apoyar) y para hacer crecer.
Entonces, el objetivo de la autoridad es el crecimiento del otro. En
este sentido, Dios, siendo amor y donación pura y permanente es la
fuente de la autoridad y de un camino que va siempre en la dirección
de alteridad, de darse para el otro.







Muchas
veces, las religiones institucionalizadas se

tornan en autoreferentes. En este caso, la autoridad se torna mero
poder externo y constrangedor(sic). Conforme al Evangelio, Jesús
conoció este fenómeno en el judaísmo del tipo farisaico de su
tiempo







El
padre
Comblin me ha hecho descubrir que "la manera como más adelante
la Iglesia se concibió como una civilización cristiana
(cristianismo) es parte de su herencia judía. El imperio romano dió
una nota histórica especial, una forma de ser propia, pero no
inventó o comenzó el cristianismo. ¿Qué caracteriza
teologicamente este hecho de ser Iglesia que llamamos cristianismo?
Lo esencial del cristianismo estaba en la religión de los escribanos
y fariseos y conlleva dos elementos básicos: Primero es la certeza
de que el Reino de Dios somos nosotros: nosotros somos la realidad
universal del Reino de Dios. El segundo es la aceptación de que
todo lo que el pasado acumuló es venido de Dios. Para los fariseos,
todas las tradiciones tenían igual valor que la palabra del Dios"
3.







Este
fenômeno
es el mismo por el cual muchos continúan pensando que Jesús fundo
directamente la Iglesia y que ésta era la Iglesia católica romana.
Es claro que si eso fue así, la Iglesia, fundada por el própio
Cristo, considerado hijo de Dios, toma un carácter divino que la
confunde con el Reino de Dios. Gonzáles Fauss, uno de los mayores
teólogos católicos del siglo XX, a la altura de sus 80 años,
escribió: "La Iglesia se fundamente en Jesús, mas nace de la
Pascua y es fundada por ella. En el Jesús histórico no existe la
intención de fundar una Iglesia. No dió ninguna instrucción a los
apóstolos sobre las estructuras de la Iglesia"
4







En la
Iglesia católica, entre las tradiciones consideradas como divinas o
como si fueran correctamente palabra de Dios está una comprensión
del ministerio sacerdotal que mezcla elementos de los evangélios con
los aspectos que vienen del sacerdocio pagano del imperio romano. La
propia manera como la jerarquía religiosa se autodefine y como el
papado es comprendido hacen parte de esta mezcla entre la tradición
y la Palabra de Dios. Jesús mandó a sus discípulos en misión,
Jesús les dió su Espíritu e hizo de ellos testigos de su
resurrección. El Magistrio se apoya en eso, mas entre la concepción
actual católica y este fundamento evangélico existen encarnaciones
concretas que son legítimas en cada cultura. Sólo no tienen que
ser absolutizadas. No hay porque rechazar que la figura y la función
del sacerdote en la Iglesia católica tiene agregado, por su
historia, muchos elementos de otras religiones y culturas. Ésto es
señal de inculturación. Solamente que no podemos absolutizar este
modelo como si fuese el único posible y como si viniera directamente
del Evangelio.







En la
larga
historia de la Iglesia católica, muchas veces, el ministerio del
papa en Roma era extremadamente beneficioso. Ayudó a Iglesias
locales a liberarse de situaciones complicadas y apoyó el conjunto
de las Iglesias en el camino de la fe y de la inculturación. La
Iglesia de Roma era ejemplo de inculturación para todo el mundo. En
diversas épocas antiguas, la Iglesia Romana se reveló mucho más
capaz para adaptarse y para insertarse con la sabiduría evangélica
en el mundo de entonces, por ejemplo, Iglesias como la de Cartago o
algunos orientaciones mucho más radicales. ¿Por qué esto no
continuó siendo así? Y cuando dejó de serlo? Cuando la Iglesia y
el imperio se casan y el papa se convierte en una especie del
emperador del Ocidente. Cuando el poder es comprendido como divino
pasa a ser absolutizado. En diversos momentos de la historia, de
formas sutiles o descaradas, el papa llegó para substituir el
discernimiento de la propia Iglesia local, haciendo de las diócesis
meros departamentos de Roma. Esta centralización eclesiástica creó
una superestructura religiosa única en el mundo. Ninguna otra
religión tiene una cabeza jerárquica con poderes absolutos como un
papa o el Vaticano. Este fenómeno sobrevivió a los siglos y, hasta
hoy, muchos obispos católicos encuentran normal la centralización
romana. Cuando esta estructura va contra lo que ellos desean o
piensan, la defensa no es preguntar el fundamento de la intervención.
Es simplemente explicar: "fuimos mal comprendidos ". Como
un preso que al ser torturado dice: "No merezco ser torturado
porque no fui quien robó". Es decir: "tortura a quién
robó".







Es
difícil hacer una teología de esto porque es consecuencia de una
historia y con su razón de ser. Lo que podemos es elaborar una
teología del poder religioso o sagrado. Una de las reacciones más
frecuentes de la Iglesia era decir: el poder no es del ministro. Es
de Cristo. Quién lo ejerce, lo hace a nombre de Cristo y quién
obedece, obedece a Cristo. Para que esta teología tenga base en el
Evangelio se presenta a un Jesús histórico, obedeciendo al padre y
diciendo que quien lo obedece, obedece al padre y afirmando (es
prohíbido hacer exégesis y preguntarse si el Jesús histórico dijo
estas palabras exactamente): "Quién a ti oye, a mi me oye"
(Mat 18). Al mismo tiempo, la identificación de un papa o un obispo
a Cristo supone un Cristo poderoso y desligado de su contextualidad
histórica. Finalmente la terminología de esta teología menciona a
Cristo, para legitimar una realidad que se constituye como un poder
auto-referente y revestida de carácter sagrado.







En
la Iglesia Católica, es urgente ayudar a los obispos y a los
sacerdotes que tienen apertura del corazón y se disponen a estudiar
para volver a tomar el Eclesiologia del Concílio Vatican II,
continuándola y profundizar el camino que el Concílio, hace 40
años, indicó, mas no ha podido recorrer. En las Iglesias
protestantes, es importante ayudarlas en el esfuerzo para que sigan
fieles a la intuición de Lutero y de Calvino, como también a que
los pentecostales sean verdaderamente pentecostales, es decir,
personas de la libertad de espíritu y no funcionarios de una nueva
institución. Como esta tendencia acontece en algunas Iglesias y,
hoy, hasta grupos neo-pentecostales se reunen bajo la autoridad casi
divinizada del "hombre de Dios", es bueno recordar las
referencias del movimiento de Jesús y de sus continuadores con el
poder religioso.







3 –
El movimiento de Jesús y
el
poder







La
historia del Nuevo Testamento empieza por Pablo. El funda las
comunidades y las establece en la tradición de Jesús: "todos
son iguales y forman uno solo en Cristo" (Gl 3, 26 – 29). "En
la comunidad hay muchos ministerios, mas todos forman uno solo"
(1 Cor 12). Pablo tiene conciencia de la "autoridad que el
Señor me confió para construir y no para destruir" (2 Cor 13,
10). " No deseamos dominar la fe de ustedes, pero si contribuir
para la alegría de ustedes" (2 Cor1, 24).







En las
comunidades cristianas primitivas, la autoridad fue vivida de forma
di
ferenciada,
de acuerdo con la cultura de la comunidad en cuestión. En las
primeras comunidades paulinas, la autoridad era de tipo carismático.
El poder tenía una estructura carismática. Era menos
institucional. Esto quiere decir que nadie tenía el poder
simplemente porque ocupa tal cargo y sí porque la gente reconoce en
el o ella el espíritu que suscita ese servicio específico, para dar
la palabra del Dios a los hermanos, para la curación, o cualquier
otro ministerio. Basta leer la
1a
carta a los Coríntios, la carta a los Gálatas o la carta a los
Romanos. Antes, el carisma, manifestación del Espíritu era una
cosa extraordinaria y eventual, ahora, en las comunidades cristianas,
pasa a ser habitual, permanente. La propia estructura organizativa
de las comunidades está basada en los dones del Espíritu. El don
del Espíritu determina la función ministerial concreta que cada
persona desempeña en la comunidad al servicio del bien común (Cf.
1 Cor 12, 7; Rm 12, 4; Ef 4, 7). Lo que justifica y fundamenta el
ministerio es recibir el Espíritu y manifestarlo espiritualmente en
su vida y no apenas en una organización jerárquica o institucional.
Había exactamente una sana reacción anti-institucional, un
conflicto permanente entre los profetas y los que ocuparon el poder
eclesiástico. Un teólogo ortodoxo afirmaba: "En toda la
historia, siempre es violenta la reacción de los profetas, de los
mártires y de los santos contra los abusos de un poder que se pone
como teocrático. San Pablo no cesa de exortar a que los cristianos
no pierden la libertad cristiana (Cf. 2 Cor 3, 17; Gl 5, 1. 13) y,
con una obediencia ciega, no entristezcan al Espiritu Santo (Cf. Ef
4, 30)"
5.







Ese
camino comenzó por Jesús, como aparece en los Evangelios. El
insiste con los discípulos: "que entre ustedes no sea como
entre los reyes y gobernantes del mundo. Quién quiera ser el mayor,
que sea el servidor de todos" (Lc 22, 24 – 30). En otra
ocasión, cuando los discípulos desearon invocar el fuego del cielo
contra los samaritanos que no los habían recibido, Jesús los
reprende diciendo: "Ustedes no saben de que espíritu están
animados" (Lc 9, 54 ss).







"Mateo
es el único evangelista que utiliza la palabra "Iglesia" y
en su contexto ella significa la comunidad local. Aunque Jesús
entrega a todos la misión de atestiguar el Reino, de acuerdo con
Mateo, confía a Pedro las llaves del Reino. Es una manera de hablar
propia del lenguaje apocalíptico y se basa en Isaias 22. En la
concepción actual dar la llave sería dar el poder. En la cultura
rabínica, la llave significó el poder de interpretar la Ley (Torá).
Jesús dice que Pedro es el verdadero escriba que tiene el derecho
de interpretar todo lo que las Escrituras dicen respecto del Reino de
Cielos. Exegeticamente, es difícil sustentar que Jesús haya
querido hacer de Pedro el jefe de la Iglesia Universal que no existía
como el conjunto de comunidades ni en la época de Jesús ni aún en
el tiempo en que los Evangelios fueron escritos. Menos aún que
Jesús hubiese imaginado un sucesor de Pedro con ese "poder".
Comblin concluye: " Del texto de Mateo no se puede concluir que
Pedro tendría un sucesor. (…) Cuando el Evangelio fue escrito,
Pedro ya había muerto probablemente un cuarto de siglo antes y el
Evangelio todavía no habla de ninguna sucesión"
6.
En el capítulo 18, Mateo presenta la igualdad como un ideal entre
los miembros de la comunidad y los desalienta entre los cristianos
cualquier tipo de jerarquía"
7.







El
movimiento de Jesús
nos
recuerda que el poder eclesiástico no es sagrado sí mismo,y menos
aún absoluto. Saber que este tipo de poder es ilegítimo y
anticristiano ya puede ser de mucha ayuda para quién debe
enfrentarlo.






4
Cómo vivir el profetismo evangélico en una Iglesia del Poder







"Para
cumplir la misión sagrada de llevar la paz, vuelo de cualquier
manera, en cualquier dirección, con el viento o sin el viento, con
la fuerza o sin fuerza, hasta caer, hasta morir…" (Dom Hélder
Cámara
8).







Antes
de p
reguntanos
como lidiar con los pastores que utilizan el poder como principio de
privilegios y fuente de exclusiones, es necesario preguntarnos como
nosotros mismo estamos lidiando con la responsabilidad o con la
autoridad, aunque sea pequeña, que nos es confiada. Es importante
revisar si nuestro carisma se está imponiendo o prevaleciendo sobre
otro. Cualquiera que sea nuestra contribución con el cuerpo
eclesial, es bueno darnos cuenta de que el pluralismo es sano y
positivo y Dios pide de nosotros la capacidad de convivir con el
diferente y dar nuestra contribución, sin importarnos ni exigir que
siguan nuestra manera de ser. Espiritualmente, nos comprometemos con
Dios en no ser elementos de destrucción de la unidad eclesial,
aunque la sentimos como artificial y pesada. El carisma nunca nos
hará desunir, desagregar, crear una atmósfera de división y de
odio. Si hiciera esto, no sería positivo. Una cosa es la
contestación profética y la desobediencia conciente (en el plano
social se llama "desobediencia civil"). Otro es entrar en
la lucha por el poder, con el riesgo de dividir a la comunidad. Es
parte de esta postura espiritual dialogar hasta el último punto. En
ciertos casos, el diálogo consigue doblar o cambiar una posición
autoritaria o reaccionaria que, de otra manera, no sería
transformada.







El
diálogo debe
revelar
que no se discute la legitimidad de la autoridad en la Iglesia.
Estamos a favor de la autoridad espiritual. Contestamos esto o aquel
modo de ejercerla. Trabajamos no para deslegitimar el poder del
obispo o del pastor, pero si para volverlo mas evangélico.







Allí
va
un extremo muy concreto: como la cuestión del poder está muy ligada
a otras cuestiones, casi nunca avanza para atacarla por separado.
Hay casos en que la vocación profética exige eso, pero, en general,
para quién vive la fe, todo debe fundamentarse en la opción
espiritual. Ella supone humildad y actitud de escucha interior de
los hermanos, principalmente de los hermanos en la fe y, por lo tanto
de los pastores, sean ellos hombres de Dios, o meros funcionarios.
Éste es el fundamento espiritual para romper con una obediencia
acrítica a la teocracia eclesiástica.







Otra
sugerencia importante: tenemos
que
ayudar a las personas que actúan en los diversos ministerios a
recuperar la autoridad espiritual del profeta para atestiguar el
Reino y, de ninguna manera, dejarse arrebatar por la ilusión del
poder. Muchas veces, el apego al poder es señal de que no se es
verderamente referencia de la autoridad espiritual para la comunidad.
La primera forma de profecía es la manera de ser a cada momento.
Quién nos conoce debe percibir en todo lo que hacemos y en nuestra
manera de ser el modelo de Iglesia en el cual creemos. Nadie nos
debe llamar con los títulos o de manera ceremoniosa (cada vez que
alguien lo llamaba "señor", Dom Hélder le interrumpia y
con cariño fraterno decía: "Señor, solamente Dios. Nosotros
somos hermanos". Con que persistencia, insistió siempre que lo
llamaran Padre o Frei y no "Dom" y hasta el final de la
vida guardó siempre la misma figura pobre y sin distintivos de
honra).







Quienes
acompañan la manera como a diario vivimos la misión, deben
percibir, de una cierta forma, que la única espiritualidad en el
cual nos movemos es la de una Iglesia de diálogo e igualdad, entre
clero y laicos, entre hombres y mujeres, entre observantes y los
cristianos diferentes. Aunque usted no diga una palabra, por su
manera de ser ministro o ministra, todos entenderán que está a
favor de la ordenación ministerial de las mujeres y de hombres
casados y que trabajamos por un cristianismo inclusivo y con el
rostro del pueblo en el cual se desenvuelve.







En la
línea de un cristianismo profético, la función del coordinador, o
del animador de una comunidad no es la de decidir nada, sino la de
ayudar al conjunto de la comunidad a tener las mejores condiciones
para juzgar y decidir. La función de quién anima o coordina no
está en la línea de decidir o dar órdenes, sino en el sentido de
interpelar y ayudar a los otros a discernir el camino.







Deseo
concluir esta reflexión citando la palabra de Lutero: "La
Iglesia no es, en sí misma, santa ni pura. Es santificada por
Cristo que por gracia eligió vivir y ser reconocido en ella. La
Iglesia debe ser acreditada como santa; pero no puede ser vista como
tal. Si usted la juzga por lo que ve, habría que verla como
pecadora. En ella, usted solamente va a ver hermanos humanamente
frágiles. Uno se escandaliza por su deshumanidad; otro, por la
personalidad difícil, otro, por una vida moral descontrolada; otro,
por otras cualesquiera formas de escándalo… Por lo tanto, usted no
está invitado a rezar: "Veo que la Iglesia es santa", pero
sí: "Creo en la Iglesia, una y santa". La Iglesia no
posee ninguna justicia (santidad) de sí misma, pero su justicia
viene de Cristo que es su cabeza. Solamente en esta fe, podemos
percibir su santidad"
9.








Marcelo
Barros

es monge benedictino, biblista y escritor, tiene 29 libros
publicados, entre cuál el romance "la noche del Maracá"
(corrija. UCG – La red) y el más reciente: "La vida si se
convierte la alianza" (rogar el Salmos ecuménico), Ed, red de
la paz, CEBI, 2005. Fax: 062- 372 11 35.



1
Cf. LUIS SEGUNDO DE JUAN, Esto
llamó a Comunidad Church,
(Teología
abierta para el adulto Layperson), Ed. Loyola, São Paulo, 1976, P.
107- m108.




2
JASPES DE KARL, Liberte
et Autorité,
dans Diogène, I, P.
12, 01/11/1952, citado para PAUL FOULQUIÉ – RAYMOND SAINT-JEAN,
Dictionnaire de lana Langue
Philosophique,
París, prensas
Universitaires de Francia, 1962, P. 61.




3
JOSE COMBLIN, El
discusión actual sobre el universalismo cristiano,
en
Concilium/155 – 1980/5, P. 74.




4
Cf. J. CAMINO, Para
entender como surgio de Iglesia allí,
Estella,
1999; GONZA’LES FAUS,
Hombres de lana
Comunidad. Apuntes en el ministerio eclesial del EL
,
Santander, 1989; K. SCHATZ,
El Primate
del Papa: historia del su puesto que los los de los nuestros usted
originan días de la subasta,
Santander,
1996.




5
PAVEL N. EVDOKIMOV, L
Amore Folle di Dio,
Roma, Ed.
Paoline, 1981, P. 138.




6
JOSE COMBLIN, Las
líneas básicas del Evangelho según Mateus,
en
los estudios bíblicos 26, P. 15.




7
G. FORKMAN, Los
límites de la comunidad religiosa,
citado
para el J. ANDREW OVERMAN,
El
Evangelho de Mateus y el judaísmo formativo,
Ed.
Loyola, São Paulo, 1997, P. 106.




8
citado en "el São Paulo", 01/ 09/1999,
P. 12.




9
MARTINHO LUTERO, Sermón
en Salmo 45 (en el año de 1532);
en
la edición de Weimar, vol. 40/ 2, página 521, alinea 24 – 39,
citado para JOHANNES BROSSEDER,
¿El
que unidad de las Iglesias que deseamos llegar? ,
en
Concilium/271 – 1997/3 , P. 161.