Repugnante aunque nada sorprendente la actitud de los mal llamados “medios de comunicación” privados en nuestro país ante la actuación de nuestros atletas en la Olimpíada de Beijing. Repugnante, porque resulta un caso de mala sangre inédito en la historia de la humanidad el que prácticamente se mienta y se disfrute cuando la juventud del propio país —con mucho lo más noble y querido—, se entrega a una lucha deportiva y no obtiene los éxitos tan ansiados; nada sorprendente, porque estos medios devenidos en armas letales contra un gobierno creen totalmente en la premisa de que “no hay reglas ni en el amor ni en la guerra” y ellos son la vanguardia de un ejército en guerra.

Ignoran el histórico éxito de haber llevado 109 atletas sabiendo que no se va a una Olimpiada por invitación sino porque se conquista.

Violan todas las reglas conocidas en su afán desmedido de lastimar cuanto puedan asociar al Gobierno bolivariano. La manipulación de la opinión pública ha permitido que la “información” sirva como opresor de las conciencias de un sector de la población venezolana.

Más que la actitud irremediable de estos medios preocupa el problema de salud pública que han generado y que más temprano que tarde tendrá lamentables consecuencias. Sembrando la mentira en el terreno fértil de una población deformada a lo largo del sistema educativo formal a la cual se le ha inoculado a través de los programas de historia amnesia inducida, logran reacciones y —estas sí— asquerosas matrices de opinión pública: un sector de la población que manifiesta alegría ante los reveses de sus connacionales; indiferencia ante los éxitos y ruidosa alegría cuando estos éxitos los alcanzan los admirados países desarrollados ante los cuales lucen postrados como odaliscas.

El daño que estos dueños de medios cipayos y apátridas están causando a este sector de la población tiene ribetes de crimen de lesa patria. Veamos algunos ejemplos para evaluar la magnitud de este crimen: cuando en los últimos juegos Panamericanos celebrados en República Dominicana la selección nacional de voleibol obtuvo la medalla de oro derrotando a equipos de la jerarquía de USA, Cuba, Brasil o Argentina, vivía quien esto escribe en la urbanización Terrazas del Ávila (en el este de la ciudad); al lograrse el último punto —era casi la media noche— salté a la ventana, empecé a cantar el “gloria al bravo pueblo” y a gritar “¡viva Venezuelaaa!, imaginé —pobre de mí— que mi voz sería apagada por el jolgorio de los compatriotas venezolanos que estarían celebrando la proeza, ¿saben?…todo estaba oscuro, ni una sola voz, absolutamente nada, silencio sepulcral… Dos días después ganó el Milan de Italia un importante juego… durante todo el día los carros tocaban cornetas en caravanas adornadas con banderas italianas. Por cierto, casualmente fue el Milan, igual lo hacen con el Real Madrid o los Yankees de los Niuyores. Al regreso de nuestros héroes atletas éstos fueron recibidos por el pueblo de Vargas, subieron la autopista en un camión acompañados de pueblo humilde…el título de los comentarios en páginas como la cloaca digital fue: “los monos reciben a sus monos”.

Se me avivó la pena más que la rabia. Recordé otro caso que me correspondió vivir. Corría 1962 y se jugaba el Mundial de Fútbol en Chile. En Viña del Mar jugaba Brasil y fui a verlo. También jugaba España. La España de Franco. La España de la Marcha Real. La España de la bandera roja y gualda.

El estadio no tenía espectadores de España (no estaba la masa para viajes en la España de entonces), pero sí había españoles. Eran republicanos españoles venidos de Argentina, Uruguay, México… esos españoles que conservaban vivas las heridas de los cientos de miles de muertos a manos del franquismo, esos mismos, ¡sí, esos mismos, sobre vivientes de la Segunda República asesinada! Perdió España los dos juegos con Brasil y con Checoslovaquia. Aún me emociona lo que ví. Aquellos rostros curtidos por el odio del fascismo, sin importarles a que Gobierno representaban, lloraban…lloraban… lloraban, porque perdieron “los suyos”.