Era un lugar paradisíaco. ¿Estaría yo soñando o bajo el efecto de alguna droga involuntariamente ingerida? Yo caminaba pausadamente en aquel simulacro de Jardín del Edén. Allí no había pecado y ninguno de sus efectos: miseria, violencia, inmundicia o miedo. Todo absolutamente clean: el brillo de las luces, la belleza de los objetos, el refinamiento high-tech de los servicios.

Ante mi vista todos parecían felices, tenían aspecto saludable. Ninguno descalzo, desdentado, tirado en las aceras o con la mirada precozmente amenazante. Me sentía totalmente seguro en aquella pirámide dorada, cuyos túneles me conducían a nichos de esplendor.

A mi disposición los más suaves calzados para los pies, ropa de vivos colores, abrigos de lana o de cuero, camisas y ternos bien cortados, computadores de última generación, máquinas digitales, celulares multiusos…. En el piso superior refinados manjares importados, desde sándwiches pantagruélicos hasta dulces pasteles, sin que se aspirase el menor olor de grasa o existiesen mendigos o gatos y perros vagabundos rebuscando entre las sobras. Todos los venerables objetos eran escoltados por bellísimas sacerdotisas, y la contemplación de tan sofisticada maquinaria arrebataba el alma.

Al fondo una delicada música que no agredía los oídos y contribuía a la paz del espíritu. No había tráfico ni el humo asfixiante de gases emanados por motores. Desprovistas de ruidos, por las alamedas mágicamente iluminadas caminaban sin prisa los transeúntes, atentos a las maravillas circundantes. Podían subir de un piso al otro si el menor esfuerzo; bastaba con poner los pies en una alfombra que los llevaba hasta arriba sin gastar energía.

El ambiente estaba impregnado de un suave olor perfumado; todos allí parecían muy felices, libres del asedio de los niños de la calle, de la vista de malencarados, de la presencia intimidatoria de los vehículos policíacos. Se veían expuestos innumerables talismanes capaces de imprimirnos valor y suscitar la envidia ajena. Bastaba con pagar por uno de ellos para ver consagrada la felicidad de volverse portador de aquellas preciosidades, como si el mago se hubiera desprendido de la lámpara de Aladino.

Me fascinaba la creatividad de los seres humanos. No es que los artefactos fuesen raros; al contrario eran instrumentos para la escritura y materiales deportivos, objetos de cuchillería y precisión óptica, una infinidad de frascos conteniendo el poder de, una vez abiertos, exhalar belleza y fascinación. La diferencia residía en el designer vanguardista, en la estética atractiva, en la sofisticación de piezas como un sencillo abridor de botella.

¿Estaría en un cuento de Borges? ¿Estaría soñando o sería yo el resultado de un sueño? Estar allí era como si todos los días fuesen domingo, momento de ocio y de distracción, seducido por aquel espacio lúdico que me permitía evadirme de la realidad y creer que pertenecía al selecto club de los elegidos para entrar al nirvana.

No quería despertar, me resistía a ser expulsado del Paraíso y, como Lucifer, precipitarme en la rutina infernal del trabajo arduo, de la vida mediocre, del paisaje incoloro, de la inseguridad de las calles y de la atmósfera polucionada contaminada por el miedo. Quería permanecer allí para siempre, guardado en el vientre acrílico de aquella inmensa catedral habitada por ídolos de mi devoción, objetos de culto de mis desmedidas ambiciones.

Allí me sentía próximo al cielo, al mundo de los que fueron alejados del sufrimiento, a la esfera de los premiados por la fortuna. Estaba redimido de esa pobre humanidad que nos priva del encanto, de la magia, del universo onírico donde se volatilizan todos los dolores y angustias. Allí se me acercaban el Olimpo y todos los bienes capaces de aupar a una persona por encima de sus semejantes.

Sin embargo llegó la hora de cerrar las vitrinas y bajar las persianas. Fui avisado por el vigilante que dentro de cinco minutos el shopping sería cerrado.

– Frei Betto es escritor, autor de “Tipos típicos. Perfiles literarios”, entre otros libros.

Traducción de J.L.Burguet