Un ciudadano de la Unión Europea genera una media de 500 kilos de desechos al año; un ciudadano estadounidense, más de 700 kilos; y un latinoamericano alrededor de 350. Los más de seis mil millones de personas que vivimos en el planeta generamos más de 1.000 millones de toneladas de basura. A este ritmo de producción, consumo y desecho, necesitaríamos más de dos planetas como la Tierra para sobrevivir, según advierte Greenpeace.

La basura se ha convertido en una forma rápida de ganar dinero y subsistir en los países empobrecidos del Sur. Miles de negocios florecen en el mundo dedicados al reciclaje y eliminación de residuos. Tan sólo en México existen más de 150.000 empresas de este tipo. Además, tenemos miles de imágenes en nuestra retina de niños, hombres y mujeres buscando en los vertederos de grandes ciudades del Sur, donde reciclan o desmontan materiales peligrosos sin ningún tipo de medidas de seguridad. En ciudades de China, India o Pakistán, adultos y niños trabajan por poco más de un dólar al día en condiciones insalubres y sin ningún tipo de regulación. A medida que los ríos y el suelo absorben un creciente flujo de agentes cancerígenos y otras toxinas, las personas comienzan a padecer problemas respiratorios, según indican recientes informes del área de Guangdong en China.

Sin embargo, el problema viene de antes. Un informe oficial del gobierno holandés denuncia que el 15% de los residuos que envía Europa a África o a Asia no cumple las normas comunitarias y que llegan a producir serios problemas e, incluso, la muerte de personas. Ese fue el caso del buque Probo Koala hace dos años en Costa de Marfil. El barco llevaba una carga tóxica que causó la muerte de 16 personas y miles de intoxicaciones. A pesar de las estrictas normas europeas, aún se envían productos de manera incorrecta y con graves consecuencias para la salud y el medioambiente. Hace unos años, en el puerto de Rotterdam se encontró una carga de miles de neveras usadas, con destino a India, que tenían intacto el motor con el líquido refrigerante (CFC), que acaba con la capa de ozono.

Las basuras electrónicas son otro de los grandes problemas. Tan sólo en Estados Unidos, cada año más de 40 millones de ordenadores pasan a ser obsoletos. La mayoría de estos desechos son enviados a países asiáticos o africanos. Con las más de seis millones de toneladas de material electrónico desechable que produce Europa, se podría enterrar la ciudad de Nairobi, Kenia, con más de 2,5 millones de personas.

Organizaciones ecologistas de todo el mundo denuncian que los países empobrecidos no pueden convertirse en el vertedero de los ricos. Explican que las empresas tecnológicas no asumen ninguna responsabilidad por la contaminación que provocan. Y critican las posiciones de algunos países ricos, como Estados Unidos, que se ha negado a firmar la Convención de Basilea, un acuerdo internacional que firmaron los demás países del Norte y que pretende limitar la exportación de desechos peligrosos. El resultado es que las empresas de reciclaje estadounidense no violan ninguna ley interna al enviar desechos electrónicos a países empobrecidos. Así, se les acusa de que, lejos de solucionar el problema de los residuos, los países ricos trasladan y globalizan el problema.

Por cada tonelada de residuos que generamos en el uso y consumo, se han producido previamente 5 toneladas de desperdicios en su fabricación y 20 toneladas de desechos en la extracción de las materias primas. Así, se pone de manifiesto que el problema de los deshechos es ahora más que nunca un “problema en el cambio de hábitos de consumo”. Reciclar es un imperativo y hacerlo bien de forma segura, una exigencia que la sociedad civil tiene que hacer a sus gobiernos. Sin embargo, los residuos son un “problema” de todos, y cada uno de los ciudadanos del planeta ha de ser consciente de ello. Todos podemos hacer algo para reducir nuestro consumo: pensar si necesitamos en realidad lo que vamos a comprar, utilizar servilletas y manteles de tela y no de papel, pensar si de lo que nos vamos a desprender es posible reutilizarlo, evitar comprar demasiados envases, consumir pilas recargables… Acciones que están en nuestra mano y que mejoran la vida en nuestro planeta.

Ana Muñoz
Periodista




Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias  (CCS), España.

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