El tiempo pasa y América Latina todavía carga, indeleble, la marca de la colonia. Las elites blancas, por más que ostenten un barniz de de modernidad y cosmopolitanismo, cuando se ven confrontadas con la posibilidad de tener el poder reducido, reaccionan como los invasores del siglo XV e inicio del XVI: con violencia, truculencia, fuerza bruta. Así es ahora en Bolivia, cuando la nueva Constitución arrebata de los que siempre chuparon las riquezas del estado a su bel piacere, parte del poder.

Desde que un aymara asumió la presidencia del país e inició un proceso de nacionalización de las riquezas, hasta entonces entregadas a las multinacionales, el poder central viene sufriendo una serie de ataques por parte de los latifundistas y empresarios del departamento de Santa Cruz, uno de los más ricos del país. La nacionalización del gas fue la mecha: ya en el inicio del gobierno de Evo Morales y las propuestas de retomar las minas y otros sectores estratégicos, los medios de información han incitado el odio de los ricos blancos, no sólo de Santa Cruz, sino de toda Bolivia. Y, en verdad, es ese el motivo de la saña separatista que asola el país, muy bien orquestada y financiada por Washington, que no quiere a sus socios perdiendo terreno por lo que consideran “una banda de indios”. Es suficiente ver en las paredes de Santa Cruz los grafitos que gritan el racismo siempre listo a expresarse: “hágale un bien a la humanidad, mate un indio por día”, dicen los muros.

Quien tuvo la suerte de conocer la magnitud del centro ceremonial de Tihuanaco, a unos 70 kilómetros de La Paz, sabe hasta que punto esta frase racista es falsa. Los pueblos originarios de Bolivia, que tienen sus raíces desde hace 11 mil años, con una historia riquísima que muchas veces sobrepasa en esplendor al tan conocido Egipto, son los depositarios de una propuesta de organización de la vida absolutamente actual en estos días en que el planeta agoniza. Cargan, desde su memoria ancestral, la tradición de la cooperación, de la solidaridad, de la comunión, del reparto de las riquezas Y aún más, conocen muy bien que su espacio geográfico, al cual llaman patria, es el lugar donde saben y quieren vivir, aun con todas las intemperies de la vida en el altiplano, en la soledad de la montaña.

La tierra de los Colla, de los Tihuanaco, Inca, Guaraníes y Aimaras fue un día invadida por una gente blanca que enarbolaba una cruz. Un pueblo que en nombre de un dios y un reino, mató, destruyó y violentó. Una gente que, no contenta con tomar las tierras y las riquezas del pueblo originario, aun hoy precisa someter y despreciar. Primero decían que aquellos que allí habían construido un imperio ni siquiera tenían alma y ahora, pasados 500 años, todavía insisten en la tesis de que ellos no tienen capacidad para dirigir sus propios destinos.

Tal vez sea bueno recordar que no fueron los pueblos originarios quienes entregaron las riquezas bolivianas a lo largo de todos estos años a las rapiñeras manos extranjeras. Fue la aristocracia criolla que chupó el guano, el estaño, la plata y ahora el gas, usando siempre al pueblo autóctono como esclavo o mano de obra de segunda categoría. Eran ellos los que morían en las minas de estaño o en las cavernas de Potosí. Alguien hasta puede decir que el rey del estaño, Patiño, era un aymara y fue uno de los que más usurpó el suelo patrio. Eso es un hecho, pero, él fue uno entre millones que logró escapar del destino esclavo y, perdido en el mundo blanco, se contaminó de la manera de vivir de aquellos que dominaron su pueblo. La mayoría originaria vive bajo la opresión.

Ahora, cuando la vida y la riqueza de Bolivia comienzan a volver a las manos del pueblo, esa pequeña parcela racista y antinacional, cuya única patria reconocida es la del capital, inicia el proceso de desestabilización. Bajo el manto del racismo están, sobre todo, buscando preservar los recursos de la naturaleza boliviana para las multinacionales, únicos jefes a quienes brindan obediencia. Nos es por nada más que provocan la cizaña en Santa Cruz y trabajan con la idea de la separación. Mucho más que garantizar ese estatuto, quieren meter a las gentes en una guerra que paralice al país. Ese es el plan.

Hace casi tres siglos un aymara llamado Julián Apaza, conocido más tarde como Tupac Katari, condujo a las gentes originarias en una lucha de liberación. Tal como Tupac Amaru, en Perú, él no excluyó a los blancos de sus ejércitos. Era una lucha para extirpar el yugo español y todos los que querían la libertad fueron convocados. La generosidad aymara incluía a los hijos de los invasores, convencida de que era posible vivir en paz, en libertad. Pero, en aquellos días, los criollos traicionaron la cusa del pueblo autóctono y se pusieron del lado del poder colonial. No es en vano que, hoy, toda esa historia llena de promesas no cumplidas vuelve a la escena, siempre fomentada por el poder colonial, hoy representado por Estados Unidos.

De nuevo, como previó Tupac Katari, las gentes bolivianas se levantan y de nuevo hay los que prefieren aliarse con las fuerzas extranjeras. Esa es la pulseada que ocurre en la Bolivia del sigo XXI. De un lado, los alcahuetes del capital, con sus intereses mezquinos y del otro, las gentes – originarias o no – bolivianas que quieren el control de sus riquezas. Santa Cruz es el foco de la nueva guerra fomentada por el imperio, cuyo objeto mayor es dividir. Dividir para dominar mejor. Cabe al pueblo de Bolivia no caer en la trampa del fundamentalismo, ni blanco, ni originario. Pero, la lucha por el derecho de compartir el poder, necesita ser emprendida. Bolivia es de todos los que allí decidieron vivir.

Traducción: Raúl Fitipaldi de América Latina Palavra Viva.

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– Elaine Tavares es periodista brasileña.