Estuve leyendo en estos días un comentario crítico de un periodista gringo, que reacciona a una afirmación que sostiene lo que todos aquí en Colombia hemos sabido de sobra desde los comienzos mismos de la imposición a la fuerza de la centralidad a ultranza del mercado, a saber: que el mercado libre y los valores e ideales democráticos son como el agua y el aceite. Las ultimas tres décadas de agresividad neoliberal han seguido fielmente el dictamen de Milton Friedmann, que reza: “La crisis, real o percibida, antecede a todo cambio.” En su implementación, el gran capital transnacional ha puesto el énfasis en la crisis que ellos mismos inventan, pues esta le es útil a la hora de desarmar las resistencias a las que, sin excepción, se enfrenta la política neoliberal en América Latina.

La pregunta sobre la que quiero reflexionar a continuación es: ¿Cual es el problema con las resistencias de hoy, especialmente en lo que concierne a nuestro país? Mis reflexiones van en tres sentidos: en primer lugar, una teorización breve que, aunque antigua, sigue siendo vigente para comprender el fenómeno. En segundo lugar, una caracterización de la resistencia popular a través de la lente del concepto de "sujeto". Finalmente, un intento de prospectiva que, aspiro, arroje una migaja de esperanza en nuestras luchas que no cesan.

Definiendo un movimiento social.

La idea de movimiento social como resistencia en América Latina no es reciente. Ya es consenso ubicar la transformación de movimiento social como resistencia en la implantación del modelo neoliberal.[1] La agresividad con la que la ideología del poder entro en escena, tipificada por pero no reducida al golpe contra la Chile democrática de Allende, puso de entrada sobre el tapete dos realidades antagónicas: de una parte, que para el gran capital los ideales democráticos de consenso y participación son un obstáculo. Por lo tanto, un régimen de impronta neoliberal es, por definición en la practica y a posteriori, un régimen autoritario. La segunda realidad viene como respuesta a la agresión, a saber: los movimientos sociales que encarnan la participación ciudadana se han de redefinir en parte a la luz de esa agresión porque el capitalismo desnudo encarna un sistema destructivo.

Hasta la década de 1970, los movimientos sociales habían alcanzado, con diversos grados de concreción, ciertas conquistas que permitieron ampliar la brecha de participación ciudadana. Sin embargo, el modelo de desarrollo hasta entonces impulsado desde la CEPAL, con su énfasis en la sustitución de importaciones para favorecer una industria nacional, dejaban por fuera a los sectores agrarios e indígenas. Países como el nuestro, vieron el surgimiento de la lucha armada como resistencia dada la injusticia social que sufrían amplias capas de la población.

La interlocución por las vías legítimas no fue tenida en cuenta. Las dictaduras latinoamericanas de segunda generación[2], personificada en Pinochet, con una misión económica especifica, fueron la condición imprescindible para que el modelo neoliberal tuviera vía libre en el continente. La historia social del siglo XX evidencio un distanciamiento por parte de los movimientos sociales a subsumirse en la resistencia armada. Sin embargo, no se podía renunciar a la resistencia, y ello demandaba una reinvención del movimiento social.

Para que un movimiento se asuma como sujeto ha de saber con quien se las esta viendo. Este enemigo o contrincante detenta el monopolio de los medios de producción y por lo tanto del poder y de la producción de saberes y mecanismos que regulan la convivencia social. Sin duda esto no era novedad alguna para los sindicatos que pujaban por la defensa de los derechos de los trabajadores, aunque algunos han perdido la dinámica social que los conduce a una falta de convocatoria en términos generales.

El horizonte de la resistencia no se agota en la resistencia misma. Se requiere de la resistencia que sea propositiva, y no solo reactiva. En un momento los movimientos sociales se enfrentaron a un horizonte bastante reducido, sin duda por acción de los agentes del poder que se fortalecen en la medida en que la realidad es maniquea (bien/mal; cielo/infierno; etc.). También se redujo su prospectiva -y perspectiva- por el calco que vino como replica de ciertos lectores de una realidad alternativa. Como consecuencia, el horizonte fue: capitalismo o totalitarismo estalinista de estado. La iconografía de la guerra fría también sentaba sus reales en ciertos rincones del movimiento social. Una reducción de horizonte así de simplista, que desconocía las dinámicas internas de los movimientos sociales, las aspiraciones populares, las idiosincrasias latinoamericanas, etc., cercenaba las posibilidades que los movimientos sociales tenían de proponer, en la practica, alternativas de convivencia democrática. Los experimentos que si se dieron fueron brutalmente aplastados y, a la postre, lanzados al olvido.

La agresividad neoliberal exigió, entonces, que el movimiento social se redefiniera en su empeño de seguir resistiendo esos embates. Se necesitaba, por lo tanto, que el concepto de lucha diera un paso mas para otear la construcción de una identidad como "sujeto." Sin embargo, como hablar de “sujeto” cuando los movimientos sociales, dados sus niveles de persecución  y las urgencias de la sobevivencia no se podían dar el lujo de mirarse a si mismos y tomar distancias criticas de sus entornos y quehaceres?

Para el caso colombiano, la situación es aun más dramática. El modelo neoliberal no nos llego con la huella de la bota militar sino por la vía de una casta ilustrada y cosmopolita que instalo el reclamo de la modernización del Estado. Incluso hubo administraciones como la de Virgilio Barco que le dio identidad propia al municipio y le reconoció su autonomía en lo electoral. Un acto que bien podría pasar como de  reconocimiento atrevido de la ampliación del espectro de la participación democrática no era mas que un paso previo a la reducción del Estado, que aplicaría con mayor decisión Cesar Gaviria, a través de su nunca bien mentado "revolcón." La elección popular de alcaldes trajo consigo una reformulación de las transferencias de los recursos públicos que alcanzo niveles de crueldad inusitada en su mas reciente aplicación en el segundo mandato de Álvaro Uribe. De otra parte, la devolución de poderes al municipio se convirtió en el espacio para que el paramilitarismo actual accediera a las instancias decisivas del poder público: desde lo local, pasando por lo regional, hasta llegar a lo nacional.

En Colombia, sufrimos una agresión mucho mas compleja que la que ensangrentó al Cono Sur y arraso con América Central. Los aparatos represivos del Estado pudieron librar una guerra sucia sin poner en riesgo la imagen de un régimen democrático y sin salirse tampoco del libreto en lo esencial: los movimientos sociales tienen que ser desarticulados para que pueda venir la inversión del gran capital transnacional. Esta complejidad requiere, entonces, de una conceptualizacion de los movimientos sociales que den cuenta de sus dinámicas internas y de lucha, que tampoco son simples. Por ello, considero que es importante detener la reflexión por unos minutos en el concepto de "sujeto."

Las resistencias: irrupción del “sujeto reprimido.”

El concepto de “sujeto reprimido” se lo debo a Franz Hinkelammert[3] para quien las luchas sociales son, ante todo, batallas de carácter ético. Lo que esta de por medio, dice Hinkelammert, es la defensa de la vida toda, puesto que el capital es una agresión total contra la totalidad de la vida.[4] Estas agresiones totalitarias llevan a que individuos y comunidades capitulen sus identidades y se amolden a presupuestos que faciliten su inserción en el único perfil ofrecido: el de consumidor. No se trata de un consumidor en relaciones dinámicas de producción con el fabricante o el comerciante, sino como el consumidor pasivo que acepta que los bienes de este mundo pertenecen, por mandato divino, a minoritarias castas ahistóricas.

Esto no parece ser discurso nuevo. La mentalidad totalizante todavía esta vigente, y sale a flote cuando un sector critica al otro. Por ejemplo, los defensores del régimen de AUV no se explican que voceros de la oposición y que francamente se oponen al imperialismo estadounidense encuentren eco en foros de ese país. Esa misma mentalidad lleva a que cualquier cuestionamiento a Uribe Vélez sea tildada de terrorista. De igual manera, sorprende cada vez que desde las toldas uribistas se levanta una voz disidente. Y siguiendo con esta mentalidad totalizante, la discusión al interior de un partido de oposición, como la que sostuvo recientemente el Polo, es vista por los voceros del régimen como el final de las opciones de unos pendencieros, y no como el ejercicio necesario que todo colectivo debe acometer, y que no desarrollan los partidos que avalan a Álvaro Uribe. Pareciera como si tirios y troyanos esperasen que unos y otros sean realidades monolíticas. Por lo tanto, es importante resaltar que en el paso de movimiento a sujeto, los actores sociales tengan que poner el énfasis en la toma de distancia a fin de afirmar lo heterogéneo. El sujeto irrumpe en rebelión, cuando se deslinda de lo homogenizante y cuando desarrolla un pensamiento crítico que lo lleva por el camino de la emancipación.

Esta es la característica fundamental de los movimientos de resistencia que empiezan a asumirse como sujetos. Son movimientos que se afirman en su heterogeneidad, si bien refuerzan los lazos que les son comunes. Lo heterogéneo de un movimiento no radica exclusivamente en cuan variada sea su composición. Si así fuera, no se podría hablar de las especificidades particulares que permiten la articulación de una resistencia puntual. Por ejemplo, tenemos movimientos de mujeres que están en la vanguardia de sectores tan importantes como el conformado por las victimas del terrorismo de Estado, como son los desplazados y los familiares de los detenidos desaparecidos. Por una parte, su surgimiento se debe a la crueldad de la violencia que sigue feminizando el rostro de las victimas. Pero por otra, la especificidad de un movimiento como el de mujeres responde a la necesidad de incorporar una perspectiva de género, no solo a las resistencias sino también a las propuestas de construcción de un mundo donde hayan posibilidades para la vida humana;  para las mujeres luchar por la justicia es luchar por toda la vida en su conjunto es luchar por la erradicación de la discriminación. A medida que la mujer se emancipa, el hombre también cambia, pierde poder, pero vive mejor y esto desemboca en caminos de emancipación de todos y todas.

Lo heterogéneo de los sujetos sociales estriba en su desencanto con utopías totalizantes. Por esta vía viene un nuevo equipaje lenguaje que afirma la otredad, y en lo que tiene que ver con los horizontes de lucha, se sueña con otro mundo- altermundialidad– , uno en el que sea posible la convivencia en la diferencia que nos caracteriza a todas y todos. Si lo que esta en juego es la vida toda, la respuesta no puede ser la perpetuación de esa amenaza totalizante. Un sujeto social reprimido que irrumpe ya no va a seguir cantando "que los pobres coman pan / y los ricos mierda, mierda," pues de esta manera nada se lograría en el desarme de los aparatos de la muerte que gestaron la disparidad inicial. Por el contrario, el sujeto social reprimido que irrumpe fortalece su inventario jurídico y deslinda la adjudicación de la justicia de los privilegios del poder. De esto último saben mucho las victimas de la violencia estatal. La presente pantomima de legalización del paramilitarismo es una nueva afrenta, ya que la adjudicación de la justicia obedece a las prerrogativas de dos de las ramas del poder público: el ejecutivo y el legislativo. No obstante, los movimientos de resistencia saben que los bienes inalienables de verdad, justicia y reparación no se consiguen por otras vías que no sean las que se ajusten al rigor jurídico. Si este rigor no se consigue en la jurisprudencia colombiana, lo sujetos de resistencia afirman la validez de la jurisdicción internacional. Llama la atención que este campo del derecho internacional es siempre defendido por los movimientos de resistencia y puesto en duda por el establecimiento. Quizás este puede ser un indicio de cual es el sector mas afín con un mundo democrático y cual se siente incomodo con reglas de juego que garanticen la igualdad, la equivalencia y el juicio en derecho.

En suma, los movimientos sociales al afirmarse como sujetos, van más allá de la identificación de un enemigo y de precisar las batallas a librar. Estos movimientos se afirman como sujetos que deben apelar a lo heterogéneo de sus composiciones y agendas como un rico arsenal al cual apelar. Son sujetos que se preocupan por lo local, como por ejemplo el movimiento indígena, campesino y afrocolombiano que sin perder de vista lo global, son movimientos que resisten los agronegocios de la producción de aceite de palma en el Choco, pero sin pretensiones de que un sujeto especifico encapsule toda una utopía global. Ya lo ha mostrado plenamente la historia que cada vez que un movimiento se arroga la vocería de la totalidad, sobreviene un nuevo capitulo de opresión. En lo que tiene que ver con Colombia, como nunca antes habíamos visto los niveles de postración, hasta el punto que los voceros del establecimiento amenazan con apostarle a una tercera edición de la legalización de la impunidad que hemos vivido estos últimos años.

Los movimientos sociales han devenido en un sujeto en rebelión, que retorna por sus fueros que les fueron arrebatados por la voracidad transnacional; un sujeto que afirma la legitimidad de su lucha por la vida, cuya totalidad busca defender y celebrar.

Resistencias… ¿y después que?

El mas reciente mapa político de América Latina puede prestarse para que nos miremos frente al espejo de una meta que se esta alcanzando, o que ya se alcanzo en algunas partes. De resistir se esta pasando a gobernar.  Hoy vivimos es una tendencia histórica y lo que ha dado en llamarse el bloque de poder popular de la región, conformado por gobiernos progresistas en Bolivia, Ecuador, Venezuela, Cuba, Argentina, Nicaragua, Uruguay, Haití a su vez crece la organización de los movimientos sociales en casi todos estos países.

Sin embargo, yo me resisto a ver el presente panorama como uno que evidencia completamente conquistas o sueños hechos realidad. La razón fundamental de mi cautela tiene ver que con la necesidad de un mayor esfuerzo en la agenda de las transformaciones estructurales que siguen pendientes en la mayoría de países. No puede implementarse un mismo modelo para todas las latitudes, pero es necesario avanzar en una agenda socialista. Diferente precisamente lo que busca el neoliberalismo: que en todos los rincones del continente no haya mas que supremacía del mercado, reducción de las funciones del Estado a su papel de guardián armado de la gran propiedad y consumo de los mismos productos previamente empacados, sean estos alimenticios o culturales. El otro mundo donde la convivencia de todos y todas sea posible requiere una construcción permanente; de ahí que el concepto de "construcción permanente" le hace mas justicia a la convivencia y disfrute de la vida toda, en que esta empeñada casi toda la región y que era impensable hace unos pocos años.

El “¿y-después-que?” no debe entenderse como un futuro utópico que nos espera allá adelante. Una prospectiva de las resistencias debe asumir el momento presente de la lucha. Ese “¿y-después-que?” debe consistir en un chequeo de los signos vitales de los sujetos sociales en su momento presente. En consecuencia, se debe resaltar, una vez más, la heterogeneidad. Desde sus especifidades propias, cada sujeto confluye en un gran movimiento: la vida en su totalidad esta en juego con el actual ordenamiento político y económico de Colombia. Las victimas de los desplazamientos lo son también del realinderamiento de tierras y redefinición del mapa social rural que viene como consecuencia del embate paramilitar. Mientras la prensa oficial nos embelesa con los testimonios macabros de Mancuso & Cia., la oposición revela fotos francamente inanes de caballistas departiendo entre si, y Álvaro Uribe le mienta la madre a todo el mundo por revelaciones de una diva al final de su crepúsculo, el ejecutivo y sus áulicos en el Congreso aprueban una ley de tierras que convierte al país en un terreno baldío porque ya no hay poblaciones en regiones enteras. Consecuencia de este engendro jurídico: un terreno baldío exige la inversión laboriosa del gran capital. Las selvas chocoanas se transforman en monocultivos y se avecina una nueva etapa de homogeneizaciones que ha costado la sangre de miles de colombianos y colombianas.

Dado que los sujetos sociales que resisten son heterogéneos, hoy se requiere con mayor urgencia que se mantenga una interlocución fértil entre sus distintos estamentos. Mientras las victimas del paramilitarismo mantienen su lucha, hay que dar espacio en el foro a quienes luchan por su tierra, por sus ancestros culturales, por sus opciones diversas de disfrute sexual, por la defensa de sus ahorros. Los sujetos sociales, en su diversidad, nos dicen que la totalidad de la vida esta siendo atacada desde todos los frentes, al mismo tiempo. Se le ataca con motosierra en mano, se le ataca con encuestas amañadas que pregonan las alabanzas al gobierno de Uribe Vélez, se le ataca desde estructuras financieras con el poder para transformar la inversión mas inocente -una casa- en una deuda impagable después que se ha cancelado vez tras vez, quienes hoy se llaman los viviendistas, es decir las victimas del sector financiero son millones en el país y han decidido luchar con dignidad contra las injusticias a que son sometidos y en este momento representan a la sociedad en su conjunto porque luchan por el interés de todas y todos en contra del poder de aplastamiento del gran capital, que tiene incluso un cartel de jueces que a nombre de la justicia comenten toda suerte de humillaciones a las victimas porque trabajan al servicio de una justicia enraizada en los dictámenes del mercado. Un poder que tiene incluso el poder de apoyar a quienes pueden desalojar vastas regiones a fin de no estorbar una multinacional minera con sede en Canadá, con el poder para bañar en sangre a Buenaventura, ya que las inversiones de marca mayor en el “bello puerto de mar” no dan espera. Cada una de estas agresiones aglutina a movimientos que se convierten en sujetos una vez se afirman en su identidad para nutrir un movimiento heterogéneo que lucha por defender e impulsar precisamente el bien común y no el sometimiento frente a la expropiación.

A este nivel de lucha constante se puede constatar un buen estado de salud de los movimientos de resistencia en Colombia. Aunque abundan por doquier los signos que podrían hablar de derrota: los paramilitares no solo llegaron al poder sino que redistribuyeron la tierra y redibujaron el mapa social; el capital transnacional llego para quedarse; la voz de disensión se silencia; la oposición al TLC sigue siendo costosa, incluso se paga con la vida; las elecciones siguen reeditando las viejas dinastías, narcotizadas y paramilitarizadas; y sigue la lista. Sin embargo, las resistencias son, hoy por hoy, los únicos espacios en los que Colombia puede saborear la vida en su dimensión más humana. Y no hay otra forma de saborearla. En ese sentido humanización y emancipación están ligadas porque lo que esta en juego es nada menos que la dignidad del ser humano y es esta exigencia por el derecho a la emancipación que esta detrás del baño de sangre en Colombia, porque es por esa vía que se impone el aplastamiento, la exclusión, la marginalidad, la tortura, el desprecio, la humillación, la desaparición y el asesinato.

En Colombia desde que nacemos estamos encadenados y las cadenas son la permanente negación del derecho a la dignidad, al bien común, a la libertad, a pensar críticamente, a tomar conciencia que no es otra cosa que ser consciente de lo inhumano y por eso las resistencias se tienen que situar necesariamente en el ámbito de la emancipación;  para deslegitimar todas las relaciones que quieren aplastar el sujeto que una vez emancipado lucha por la justicia y justicia en la mayoría de los movimientos sociales traduce vida digna para todas y todos es decir bien común y esta exigencia se levanta como una amenaza para el capitalismo, que usa entonces los gobiernos de turno para imponer la injusticia al conjunto de la sociedad en nombre de la paz, de la convivencia y del interés general es decir aplasta la vida de todas y todos para el beneficio de unos pocos y que a nombre del poder político y el poder económico han sido el centro de la gran destrucción de la vida en Colombia.

Para concluir quiero afirmar con José Marti que “Con los pobres de la tierra Quiero Yo Mi Suerte Echar” porque obliga a echar por tierra todas las relaciones donde el ser humano sea un ser aplastado y humillado y se compromete con la ética de la emancipación porque no hay posibilidad de sobrevivencia sin bien común.

La suerte esta echada.





[1] Ver, por ejemplo, François Houtart, “De  la resistencia a las alternativas en América Latina: un desafió para el análisis social,” texto presentado en el Congreso de ALAS (Asociación Latinoamericana de Sociología), en Guadalajara, en Agosto 2007, que añade nuevos elementos a la ponencia del 14 de abril 2007 presentada en Bruselas en la Asociación Europea de Latinoamericanistas.

[2] Esta es una caracterización que todavía esta al nivel de conversación de cafetería. Desde la constitución de las republicas latinoamericanas luego de la independencia de España ha habido tres generaciones de dictadores. La primera, es la del militar inculto, megalómano y benévolo que podía perpetuarse en el poder por varias décadas. Este dictador es el personaje central de cuatro novelas claves de la literatura latinoamericana: “El Señor Presidente" (Miguel Ángel Asturias), "El recurso del método" (Alejo Carpentier), “Yo, El Supremo” (Augusto Roa Bastos) y "El otoño del Patriarca" (Gabriel García Márquez)." Por valor histórico mas no literario se podría agregar “La fiesta del Chivo” (Mario Vargas Llosa). La segunda generación del dictador es la del vehiculo de entrada del neoliberalismo en la región, y la tercera, la que experimentamos hoy y que no es necesariamente militar, es la del pretendido poder omnímodo del gran capital que requiere el agenciamiento del Estado en cabeza de un ejecutivo dócil (i.e., Álvaro Uribe).

[3] F. Hinkelammert, "El retorno del sujeto reprimido," Bogota: Universidad Nacional de Colombia, 2003. También hay un reimpresión  el titulo "El sujeto y la ley: El retorno del sujeto reprimido” Caracas: Ministerio de Cultura, 2006.

[4] Ver su “La violencia sagrada del imperio: El asalto al poder mundial," Bogota: Proyecto Justicia y Vida, y San José, Costa Rica: DEI, 2003. Especialmente el capitulo IV, pp. 191ff.